viernes, 25 de marzo de 2011

DOMINGO 03 DE CUARESMA



REFLEXIÓN BÍBLICA DOMINICAL Oscar Montero Córdova SDB

DOMINGO 03 DE CUARESMA
Año A 2010 – 2011
Ex 17, 3-7; Rom 5, 1.2-5-8; Jn 4, 4-52

“Buscadores de pozos, sedientos de agua, adoradores que van más allá del templo”

En estos tiempos marcados por el fenómeno del “cambio climático” es impactante ver imágenes de zonas completamente resecas e inhóspitas, sobre todo por la falta de agua. Una imagen parecida es la que el evangelista Juan aplicará Jesús, quien nos ofrecerá el agua viva.

Sin embargo, quiero llamar la atención sobre cómo comienza Jesús su diálogo con la mujer samaritana. El Maestro le dice: “Dame de beber” (Jn 4, 7). Pero, ¿cómo así? El que que la da la vida eterna, el que sacia toda sed; ¿le está pidiendo de beber a una mujer, y a una mujer extranjera, enemiga de los judíos? Sí, así es. Una confesión de San Agustín y de Madre Teresa nos pueden ayudar a comprender esta extraña petición del Señor. Dice el obispo de Hipona que Jesús tenía sed de la fe de la samaritana. La santa de Calcuta afirma: “Él, el creador del universo, pedía el amor de sus criaturas. Tiene sed de nuestro amor”. ¿Nos damos cuenta de la profundidad de estas palabras? Dios, el Padre de Jesús y el Padre Nuestro, mendiga nuestro amor. Dios sufre cuando lo rechazamos, cuando nos negamos a relacionarnos con él por la fe y por el amor. Esto, sin duda, nos ayuda a entender el grito agónico de Jesús en la cruz: “Tengo sed” (Jn 19, 28). Nuestro Salvador está sediento de la fe de todos, también de los que se creen sus enemigos.

Pero Jesús, hábilmente, conduce la conversación sobre el agua -que él no puede sacar del pozo- a otro tema: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva" (Jn 4, 10). ¿De qué se trata esta agua viva de la que habla el Señor? ¿Qué tiene de especial dicha agua que conduce a la samaritana a decir: “Señor, dame de esa agua” (Jn 4, 15)? Creo que la experiencia vivida por el pueblo de Israel en su éxodo nos puede ayudar a comprender mejor el don de Dios que Cristo promete a la mujer. Nos dice unos versículos que lamentablemente la primera lectura omite: “Cuando acamparon (…) el pueblo no tenía agua para beber. Entonces acusaron a Moisés y le dijeron: “Danos agua para que podamos beber” (Ex 17, 1-2).

A nosotros nos sucede lo mismo que al pueblo en la marcha por el desierto: nos cansamos, nos fatigamos, nos quejamos. Un hermoso himno litúrgico reza así: “Hartos de todo, llenos de nada. Sedientos al brocal de tus pozos…” Pero el problema no está en tener sed. Porque en algún momento la vida se nos hace aburrida a todos. El problema estriba en dónde saciamos nuestra sed. ¿Cuál es el pozo donde mi vida busca reposo? Los judíos se hicieron un becerro de oro y lo adoraron, porque se cansaron de Dios. ¿Es mi pozo el Señor? ¿Es la Palabra de Dios, los sacramentos y la oración, la fuente que busco para satisfacer mi sed existencial? ¿O acaso prefiero los pozos de la ciencia, del dinero, del consumismo, de la fama? Escuchemos y hagamos oración estas hermosas palabras del salmista: “Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío. Tiene sed de Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?” (Salmo 42[41]).
Ahora, estemos muy alertas con olvidar que esto es un don. La carta a los Romanos, que es la segunda lectura de este domingo, dice: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos” (Rom 5, 5-6). Es el Espíritu el que nos impulsa a buscar a Dios, a buscar los pozos de la fe. ¿Acaso no fue el Espíritu el que también llevó a Jesús al desierto? No sobreestimemos nuestra condición de católicos. San Pablo nos repite: “cuando estábamos sin fuerza”. A veces le rezamos a Dios para que nos quite de encima una carga pesada y parece que el cielo calla. No desesperemos cuando estemos sedientos por Dios, pero tampoco dejemos de buscarlo. Cuando sea el tiempo señalado, Él sabrá reanimarnos, Él hará surgir el pozo.
Siguiendo con el diálogo entre Jesús y la samaritana, la humilde aceptación de su condición pecadora (simbolizada a través de los cinco maridos, que en la simbólica de los pueblos semitas alude a los baales o dioses falsos a los que se entregó Samaría) la lleva a preguntar por el verdadero lugar de adoración del único Dios. "Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén darán culto al Padre”. Jesús deja claro que el culto cristiano no es cuestión de lugar. Para adorar a Dios se parte de una actitud: Él es Padre, nosotros somos hijos. Y el hijo, que vive por el don del Espíritu, no reduce su culto y su liturgia al Templo. El hijo es hijo es cualquier lugar, pero siempre en la verdad, en la sinceridad de una vida recta. Cito estas palabras de Monseñor Romero, el santo de los pobres y excluidos de América, de quien conmemoramos 31 años de su martirio: “… la Iglesia busca adoradores de Dios en espíritu y en verdad; y esto se puede hacer bajo un árbol, en una montaña, junto al mar. Donde haya un corazón sincero que busca sinceramente a Dios, allí está la verdadera religión.”.
Creo que esto último es esencial para la renovación de la Iglesia y de la sociedad. Si el mensaje de Jesús y la práctica cristiana la seguimos encarcelando a la hora dominical de la misa, a nuestra media hora de rosario, a mi lectura privada de la Biblia, ¿dónde quedó eso de ser sal de la tierra y luz del mundo? El culto cristiano no es sólo la oración ni la evangelización, es también la caridad concreta, la caridad en acto. Que nuestra existencia toda sea una verdadera liturgia, como dice san Pablo: “ofrézcanse como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios. Éste debe ser su auténtico culto” (Rom 12, 1). ¡María, refugio de los pecadores, ruega por nosotros. Amén.

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