Novena de María Auxiliadora 2015

Novena de María Auxiliadora 2015
Del 16 al 24 de mayo, tradicional Novena en Honor a nuestra Madre Auxiliadora

Bienvenidos a Piura

domingo, 25 de marzo de 2012


REFLEXIÓN BÍBLICA DOMINICAL                         Oscar Montero Córdova   SDB
DOMINGO V DEL TIEMPO DE CUARESMA
«Este continente, está llamado a vivir la esperanza en Dios como una convicción profunda, convirtiéndola en un compromiso concreto de caminar juntos hacia un mundo mejor”».
 (Discurso del Papa a su llegada a México). Visita la página oficial.
 
Año B (25 de marzo de 2012)


                                                                                                             

Desde el inicio de estas reflexiones cuaresmales nos propusimos orar y escuchar más la Palabra de Dios con una única finalidad: recordar nuestro bautismo, el inicio de nuestra alianza de Dios. Hoy, el profeta Jeremías, se sitúa también en esta tónica: “Vienen días en que yo estableceré con el pueblo de Israel y con el pueblo de Judá una alianza nueva.” (Jr 31, 31).

Esos días ya llegaron, porque ya llegó Jesucristo: “Llegada la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer” (Gal 4, 4). Israel y Judá somos cada uno de los hijos e hijas de la Iglesia con nuestro propio nombre. La nueva alianza es la que estableció Cristo con el testamento de su sangre y que Dios estableció con nosotros en el bautismo: “¿Ignoran acaso que todos los que fuimos bautizados con Cristo, hemos sido vinculados a su muerte? En efecto, por el bautismo hemos sido sepultados con Cristo… para que así como Cristo fue resucitado por el Padre, así también llevemos una vida nueva” (Rom 6, 3-4). A pocos días del gran Domingo, de la Pascua del Señor: ¿cómo he renovado mi vocación bautismal? ¿He olvidado la alianza que el Señor hizo conmigo? ¿Cada domingo, en la Eucaristía, cómo voy recordando este pacto?

El evangelista Juan, nos propone un camino para todos los que deseamos reavivar nuestra vocación de pueblo de la alianza (Prefacio V de Cuaresma).

La petición de los religiosos griegos que subieron a Jerusalén debe ser nuestra primera convicción: “queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21). Las personas que se aman y que se quieren buscan encontrarse. ¡Quiero verte! Esta es la petición común entre los que se aman. Y nuestra relación con Jesús, nuestro único Señor, no puede ser sino de amor. Debe haber en cada uno la pasión y anhelo del salmista: “Oigo en mi corazón, busquen mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. (Sal 27[26], 8-9). Y buscar para ver significar buscar para conocer y creer. Si yo amo a una persona, la quiero conocer más y más, y deposito en ella una confianza infinita. ¡Le creo! Con Jesús, sucede otro tanto. Querer ver a Jesús es querer conocerle y creerle. Y nuestro bautismo comenzó con una confesión de fe: “Creo”.

“Les aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto., y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará” (Jn 12, 24.26)

Pero el conocimiento de Jesús no es algo teórico, no es algo que se queda en la mente. Dicen los obispos latinoamericanos: “La persona madura constantemente en el conocimiento, amor y seguimiento de Jesús maestro, profundiza en el misterio de su persona, de su ejemplo, de su doctrina” (Aparecida, 279c). Conocer a Jesús es hacer experiencia de Él: es servirlo, es seguirlo. “El que quiera servirme, que me siga” (Jn 12, 26). Pero este seguimiento tiene una lógica, la lógica del “grano de trigo que cae en la tierra, muere y da fruto abundante” (Jn 12, 24).

“Identificarse con Cristo es también compartir su destino. El cristiano corre la misma suerte del Señor, incluso hasta la cruz” (Aparecida, 140). El 24 de marzo se ha conmemorado 32 años del martirio de monseñor Oscar Romero. Él es un vivo ejemplo del desprendimiento de la vida del que habló Jesús: “quien sepa desprenderse de su vida, la conservará para la vida eterna” (Jn 12, 25). Él ha corrido la misma suerte del Maestro por defender los derechos de los pobres y de las víctimas de la violencia de su país. Fue asesinado por los escuadrones de la muerte mientras celebra la el sacrificio eucarístico de la nueva alianza. Y creemos que como Dios glorificó a Cristo, también glorifica a los que comparten la cruz de Cristo hasta la entrega de su vida. 

domingo, 11 de marzo de 2012


REFLEXIÓN BÍBLICA DOMINICAL                         Oscar Montero Córdova   SDB
DOMINGO III DEL TIEMPO DE CUARESMA
Año B (11 de marzo de 2012)
«Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros».
(Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma)
Lee el mensaje completo haciendo clic aquí.
 
 

                                                                                                             

“Quiten esto de aquí; no conviertan en un mercado la casa de mi Padre” (Jn 2, 16). Jesús ha incursionado de manera enérgica en el Templo de Jerusalén. Él, como Hijo apasionado, no puede contemplar que la casa de su Padre se convierta en un mercado, o en una cueva de ladrones. Pero no sólo la Casa, sino también la religión. ¿Qué tiene que ver toda esa compra-venta de animales para los sacrificios y el intercambio de monedas con el solemne mandamiento: “Yo soy el Señor, tu Dios. No tendrás otros dioses fuera de mí. No te postrarás ante ellos ni les darás culto (Ex 20, 2-3.5)?

Este episodio fue denominado desde antiguo “La purificación del Templo”. Y como el Templo era el centro y la personificación de la religión, yo diría más bien que se puede llamar la purificación de la religión. Con este gesto muy provocador –y con otros- Jesús se colocó irrefutablemente en la línea de los grandes profetas de Israel. Así como aquellos profetas se encargaron de recordarle al pueblo la fidelidad a Dios y a su alianza, denunciando la idolatría, la falsa religión basada en ritos externos y la hipocresía de un culto para tapar la inmoralidad y la justicia, hoy Jesús parece decirnos lo mismo que pregonara Jeremías:

“¿Acaso piensan que pueden robar, matar, cometer adulterio, jurar en falso, incensar a Baal, correr detrás de otros dioses que no conocen, y luego venir a presentarse ante mí, en este templo consagrado a mi nombre, diciendo «Estamos seguros», para seguir cometiendo las mismas maldades? ¿Acaso toman este templo por una cueva de ladrones? (Jr 7, 9-11).

Con este gesto Jesús selló su sentencia de muerte, como la sellaron los profetas del antiguo Israel. Y yo, ¿qué religión estoy viviendo? ¿Estoy haciendo de mi fe, de mi práctica religiosa un mercado? ¿Creo que Dios es un producto más de consumo de este neoliberalismo? ¿Mi relación con Dios es una relación comercial de compra-venta para “sentirme seguro”, “para sentirme salvado”, “para aliviar mi conciencia”? Sin duda, que vivir una fe por temor dista muchísimo de lo esencial del cristianismo: ser hijo de Dios. “Consideren el amor tan grande que nos ha demostrado el Padre: hasta el punto de llamarnos hijos de Dios; y en verdad lo somos” (1Jn 3, 1). Y la relación de filiación en el cristianismo es de confianza, de amor gratuito, de esperanza. No de temor.

Pero los profetas no sólo demandaron coherencia entre fe y vida, entre culto y moral; también insistieron en una nueva noción de culto y de templo. Zacarías predijo que con la llegada del Día del Señor –y Cristo ya llegó hace dos mil años- “las ollas del templo del Señor serán tan sagradas como las copas del altar” (Zac 14, 20). ¡Somos consagrados! Por si no lo sabíamos, desde nuestro bautismo todo nuestro cuerpo y nuestra existencia quedaron consagrados a Dios. San Pablo lo dirá en estos términos: “¿No saben que sus cuerpos son miembros de Cristo? ¿O es que no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo? (1Cor 6, 15.19)

Esto remece nuestra religión y debe seguir remeciéndola. Es triste que después de dos mil años de cristianismo, sigamos pensando que sólo doy culto a Dios en el Templo… y que el resto de mi vida cotidiana puedo vivir sin pensar en Él e incluso a espaldas de Él. ¡No! Si yo soy Templo de Dios, Cuerpo de Cristo… estoy llamado a hacer de todo el arco de mi existencia: trabajo, estudio, sexualidad, vida de familia, descanso, deporte, comidas, etc. un verdadero culto. Mi maestro de novicios decía: ¡Ser cristiano no tiene horarios!

Lancémonos a la aventura de consagrarle a Dios todo… absolutamente todo. “Él conoce lo que hay dentro de cada hombre” (Jn 2, 25).

sábado, 10 de marzo de 2012


Reflexión dominical 11.03.12

DIEZ IMPEDIMENTOS PARA SER FELIZ

Cuando el mundo anda al revés
Muchas personas piensan que las leyes del Señor son un estorbo para encontrar la felicidad en este mundo.
Creen que actuando según su capricho y haciendo todo lo que les gusta serían las personas más felices.
Por supuesto que a éstos les estorban los diez mandamientos de la ley de Dios y lo dicen.
Me imagino cuánto les haría pensar a todos ellos si de repente leyéramos los mandamientos al revés y nos dedicáramos a cumplirlos a la letra.
Bastaría empezar por estos tres o cuatro:
- Maltrata a tu padre y a tu madre.
- Mata al que se te ponga delante y te moleste.
- Peca con las esposas de tus mejores amigos y viola a toda mujer que te guste.
- Roba todo lo que te parezca que será bueno para ti…
Con esto ¿te parece que el mundo sería muy feliz?
¿No es verdad que todos nos quejamos de que hay mucha corrupción (y lamentablemente es cierto)?
Y las cosas concretas de que nos quejamos ¿no son precisamente fruto de asesinatos, violaciones, robos, familias destruidas…?
La verdad es que los diez mandamientos que dejó el Señor a Moisés en el Sinaí y que Jesús explicó y llevó a una perfección mayor en el sermón de la montaña, no son impedimento sino más bien la defensa de la verdadera libertad, de la alegría y de la paz.
Lee la primera lectura de este domingo, profundízala y admira el amor de este Dios bueno que nos pide en los tres primeros mandamientos que sea Él el primero en nuestra vida. Si cumpliéramos estos tres primeros mandamientos, el hacer lo que piden los otros siete nos harían felices a todos.


Una predicación escandalosa
San Pablo predicaba.
Predicaba un evangelio de primera mano. Se lo dio Jesús mismo.
El resumen de su predicación era “Jesucristo muerto y resucitado”.
Predicaba con su vida y no sólo con la Palabra.
Pero se daba cuenta de que su anuncio era un escándalo para los judíos y los gentiles más cultos lo rechazaban como una necedad.
A Pablo no le importaba y seguía predicando:
Ese “Jesús es fuerza de Dios y es sabiduría de Dios”. Él nos salva.
Esto es lo que nosotros debemos proclamar también, si queremos salvarnos y que llegue la salvación a otras personas que no la tienen.
Jesús es el regalo de Dios para el mundo y Él nos trae la vida eterna de parte del Dios bueno que nos amó de una manera incomprensible al entregarnos a su Hijo único.

La casa de mi Padre
Si un día entraras en la casa de tus padres y te encontraras con puertas y ventanas rotas y toda llena de basura, ¿te sentirías muy feliz?
Algo parecido debió sentir Jesús cuando vio que el templo de Dios, lugar del culto en la historia de Israel, estaba lleno de vendedores de toda clase de animales, estiércol de los mismos, cambistas ofreciendo las monedas judías o romanas según el cliente…
Hoy San Juan nos dice que Jesucristo, “haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas.
A los que vendían palomas les explicó:
- Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”.
Como en todas las cosas, las actitudes frente a Jesús fueron muy diferentes.
Sus discípulos recordaron la Escritura y se admiraron:
“El celo de tu casa me devora”.
En cambio los dirigentes judíos le preguntaron, en plan beligerante, ¿qué signos nos muestras para obrar así?
La liturgia nos va acercando, poco a poco, a la pasión y muerte de Jesús y en el Evangelio de este día se nos da ya un dato sobre una de las acusaciones que le harán:
En efecto, Jesús, hablando de su propio cuerpo, dijo: “Destruid este templo y en tres días lo levantaré”.
La respuesta, tergiversando las palabras del Señor, no se hizo esperar:
“Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?
El tiempo aclaró las cosas.
El Sanedrín encontró en este acto motivo para condenarlo y los apóstoles encontraron fortaleza en su fe porque “cuando resucitó de entre los muertos se acordaron de lo que había dicho y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús”.
Si amamos la casa de Dios donde escuchamos la explicación de sus leyes entenderemos mejor el salmo de hoy que nos dice: “la ley del Señor es perfecta y es descanso del alma”.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

domingo, 4 de marzo de 2012



REFLEXIÓN BÍBLICA DOMINICAL                         Oscar Montero Córdova   SDB
DOMINGO II DEL TIEMPO DE CUARESMA
Año B (04 de marzo de 2012)
«La atención al otro conlleva desear el bien para él o para ella en todos los aspectos: físico, moral y espiritual». Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma)
Lee el mensaje completo haciendo clic aquí.
 
 

                                                                                                             

El prefacio V de Cuaresma, nos dice: “Padre rico en misericordia (….) Tú abres a la Iglesia el camino de un nuevo éxodo a través del desierto cuaresmal, para que, llegados a la montaña santa, con el corazón contrito y humillado, reavivemos nuestra vocación de pueblo de la alianza”. Quiero que centremos nuestra atención en la montaña. Marcos nos dice que “Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta” (Mc 9, 1).

¿Qué significa subir a la montaña? ¿Qué sentido puede tener este “ascenso” en mi vida cristiana? La experiencia de los dos personajes –Elías y Moisés- que aparecen conversando con Jesús (Cfr. Mc 9, 4) nos puede ayudar. Les propongo la experiencia de Moisés. Él ha recibido la siguiente instrucción de parte de Dios: “Sube al encuentro del Señor con Aarón, Nadab, Abiú y setenta ancianos de Israel. Y cuando todavía estén lejos se postrarán. (…) Moisés vino y comunicó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todas sus leyes [los Diez Mandamientos]. Y todo el pueblo respondió a una: Cumpliremos todo lo que ha dicho el Señor” (Ex 24, 1-3).

Como vemos, el ascenso a la montaña ha sido para Moisés una experiencia de encuentro con Dios con un fin bien determinado: la alianza. Todo el pueblo de Israel ha ratificado su pacto con Dios: “Cumpliremos y obedeceremos todo lo que ha dicho el Señor” (Ex 2, 7).

Esta alianza, este pacto se ha hecho nuevo y definitivo en Cristo, el nuevo Moisés. Los mandamientos y preceptos del monte Sinaí alcanzan su plenitud en el nuevo mandamiento del amor que Jesús ratificó con su sangre en el monte Calvario: “Les doy un mandamiento nuevo: Ámense los unos a los otros. Como yo los he amado, así también ámense los unos a los otros” (Jn 13, 34). Vivir esta nueva alianza, vivir el nuevo mandamiento del amor… es el compromiso que asumimos el día de nuestro bautismo, ratificamos el día de nuestra confirmación y renovaremos el Gran Sábado de la Vigilia Pascual.

Pero, hay algo importantísimo que no podemos olvidar. Es algo que está antes del compromiso. Así como Israel ratificó la alianza después de escuchar los mandamientos; así la Iglesia –yo soy la Iglesia tú eres la Iglesia, nosotros somos la Iglesia- primero debe entregarse intensamente a oír la Palabra de Dios para luego comprometerse con esa misma Palabra. Y la Palabra definitiva de Dios es su Hijo, Jesucristo: “Éste es mi Hijo amado, escúchenlo” (Mc 9, 7).

Amigos y amigas, vivamos esta lógica del “ascenso a la montaña”. Cada Eucaristía, cada confesión, cada rosario, cada oración íntima en la soledad de la habitación, cada visita a un templo, cada lectura y meditación de la Biblia es un nuevo ascenso a la montaña. Pero con un único fin: reavivar mi vocación bautismal, reafirmar la alianza que Dios ha sellado conmigo en el bautismo. ¿Tengo ascensos continuos a la montaña? Y si subo a la montaña al encuentro con Dios, ¿es para renovar mi vocación bautismal y mi voluntad de conversión, o es para reafirmar mi dejadez, mi indiferencia, mi pereza espiritual cristiana?

Finalmente, a la lógica del “ascenso” le corresponde una lógica del “descenso”: bajar de la montaña. Cuando Moisés bajó del monte se chocó otra vez con la fragilidad del pueblo: se fabricaron un becerro de oro y lo adoraron como a su Dios (Cfr. Ex 32). Cuando Jesús y los tres bajaron de la montaña, también se encontraron con su propia fragilidad… que terminará en los dolorosos e incomprensibles eventos del Viernes Santo: la cruz y la muerte. Bajemos también nosotros, que el combate cristiano es permanente; pero nos alienta el saber que “si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rom 8, 31).