Novena de María Auxiliadora 2015

Novena de María Auxiliadora 2015
Del 16 al 24 de mayo, tradicional Novena en Honor a nuestra Madre Auxiliadora

Bienvenidos a Piura

sábado, 21 de abril de 2012


REFLEXIÓN BÍBLICA SEMANAL
Domingo III del Tiempo Pascual - Año B – 22 de abril de 2012
Publica: Oscar Montero, SDB. (oscarmontero_68@hotmail.com)


D
esde el Sábado de la Vigilia Pascual que volvimos a cantar el Gloria y el Aleluya, la palabra “paz” no ha dejado de hacerse presente en los labios de Cristo Resucitado. Dios es fiel a sus promesas, y el primero que creyó en la palabra pronunciada por el Dios de la vida fue su mismo Hijo, Jesucristo. Nosotros, seguidores de Él, no podemos sino recorrer el mismo camino y fiarnos de su palabra.

Creer en la resurrección de los muertos –como rezamos cada domingo después de la homilía del sacerdote- tiene como fundamento creer en la resurrección de Cristo. Este acontecimiento que celebraremos durante cincuenta días no es un hecho del pasado: Cristo, en verdad, no cesa de ofrecerse por nosotros, de interceder por nosotros ante el Padre. Inmolado, ya no vuelve a morir; sacrificado, vive para siempre. Pero, ¿cómo experimentar que Él está vivo?

El Resucitado hoy ha pronunciado una palabra que hace mucho tiempo el mundo ha perdido. “Paz a ustedes” (Lc 24, 36). Las excesivas medidas de seguridad con que el mundo moderno nos ha acostumbrado a vivir, antes que darnos la paz nos la quitan. Las cámaras de seguridad y las rejas que circundan nuestras casas, los detectores de objetos peligrosos en los aeropuertos y las alarmas no avisan ni captan la presencia de Cristo y de su paz. Todo lo contrario, sólo graban nuestros miedos e inseguridades. Sólo nos alertan de cuán angustiados y ansiosos vivimos.

Pero los que hemos resucitado con Cristo y llevamos ya una vida nueva, no podemos hacer depender la verdadera y única paz de cuestiones tan materiales. Jesús, nuestro Señor, antes de partir nos dejó este testamento: “Les dejo la paz, mi paz les doy. Una paz que el mundo no les puede dar. No se inquieten ni tengan miedo” (Jn 14, 27-28).

En uno de sus hechos más maravillosos narrados por los Evangelios, Jesús camina sobre el agua y manda calmar la tormenta. Ante el miedo y el susto de sus seguidores, dijo palabras idénticas a las que escucharon los discípulos el Primer Día de la Semana: “Soy yo. No tengan miedo”.  ¿Cuáles son los grandes miedos que hacen dudar de la presencia del Resucitado? El miedo que también experimentó Jesús en la agonía del Huerto y en la soledad de la cruz es lo más humano de la existencia. Pero como Él, como Pedro –que lo niega lleno de miedo- debemos hacer el camino para llegar a la confianza. Confianza que sólo se puede apoyar en Dios. Así rezamos en el Salmo 4: “Escúchame, cuando te invoco, Dios, defensor mío; tú que en el aprieto me diste anchura”. Tal vez alguien dirá: “lo que me quita la paz es mi pecados, mis muchos pecados”. San Juan nos dijo también hoy: “si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre, a Jesucristo, el Justo” (1Jn 2, 1).

Un dato curioso que han querido revelar los escritores sagrados es que en el cuerpo del Resucitado están presentes todavía las marcas de “manos y pies”. Y es que el Resucitado es el Crucificado. El Dios de la vida que resucitó a Jesús rompiendo las ataduras de la muerte, le hizo justicia al mismo que contemplamos “despreciado y rechazado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento” (Isaías, 53, 3). La vida nueva que ya hemos comenzado a vivir en Cristo sana nuestras heridas. Pero las marcas de manos y pies de Jesús nos quieren decir que el camino de la esperanza pasa siempre por el amor y el sacrificio. No olvidemos nuestras propias marcas, ellas son señales de la pasión y de los dolores de Cristo que todavía compartimos con Él; pero también son signos claros del combate del que salimos y saldremos victoriosos.

domingo, 15 de abril de 2012


TIEMPO DE PASCUA – DOMINGO II – CICLO – B
DE LA DIVINA MISERICORDIA
La resurrección, vivida sinceramente, nos transforma, haciendo de nuestras Comunidades ambientes de Paz, Perdón y solidaridad real.
Hch. 4, 32-35:  "La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios... Los apóstoles daban testimonio con mucho poder de la resurrección del Señor... Ninguno padecía necesidad, porque los que poseían tierras o casas las vendían y ponían el dinero a disposición de los apóstoles, para que se distribuyera a cada uno según sus necesidades".
Salmo 117:       "¡Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterno su Amor!"
1Jn. 5, 1-6:        "El que cree que Jesús es el Cristo, ha nacido de Dios; y el que ama al Padre, ama también al que ha nacido de Él. La señal de que amamos a los hijos de Dios es que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos... el que ha nacido de Dios vence al mundo. Y la victoria... es nuestra Fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Jesucristo vino por el agua y por la sangre... Y el Espíritu da testimonio, porque... es la verdad".
Jn. 20, 19-31:    "Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos estaban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Llegó Jesús y, poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La Paz esté con Uds.!»... les mostró sus manos y su costado... les dijo de nuevo: «La paz esté con Uds.! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a Uds.»... sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados les quedan perdonados a los que Uds. se los perdonen, y serán retenidos a los que Uds. se los retengan». Tomás... no estaba con ellos... le dijeron: «¡Hemos visto al Señor». Él respondió: «Si no veo... no creeré» Ocho días más tarde... apareció Jesús... dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo... Acerca tu mano... En adelante no seas incrédulo, sino hombre de Fe». Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «...¡Felices los que creen sin haber visto»... Éstos [signos] han sido escritos para que Uds. crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y, creyendo, tengan vida en su nombre".
Nunca será fácil convertirse, pero Dios lo hace posible. La Comunidad nacida de la resurrección de Jesús es fruto de la transformación que Dios obra en los que se fían de Él.
Las decisiones de la persona nacen del corazón e implican toda el alma, es decir, todas sus energías. Las palabras ‘corazón’ y ‘alma’ que aparecen en el primer texto de hoy tienen significado simbólico, no físico ni moral.
Dios actúa en el Amor, y quien le recibe en la Fe –que es el único modo de aceptar a Dios– vive en esta dinámica, esencialmente solidaria. El primer bien que debo dar a mi hermano es obedecer lo que Dios me pide y compartir los bienes recibidos del Dios de Salvación.

Después de la resurrección, el único cuerpo de Cristo que se puede ver es su Comunidad de Fe

Los pecados que llevan a la destrucción de la sociedad son la codicia y la soberbia, que son correlativas, se corresponden, marcándose más o menos una de las dos tendencias. La Comunidad de los discípulos de Jesús da testimonio de Él superando, constantemente, ambas con su solidaridad y su servicio al bien y a la verdad, como Jesús le enseñó con su vida.
Signo de la resurrección es atender las urgencias del bien verdadero de los hermanos.

En la Comunidad sólo la Fe en el Señor Jesús resucitado lleva al testimonio del Amor al otro

No siempre es fácil ver cuál es el bien real de los hermanos: para guiarnos están los mandamientos y la Palabra de Dios, ellos nos orientan y aclaran los criterios de una vida de Fe.
Confesar a Jesús supone seguir sus criterios y éstos nos llevan a vivir como hijos de Dios.
El Espíritu de Jesús nos anima a construir en su Amor una Comunidad abierta y servicial.
Jesús resucitado se aparece a los apóstoles y les da los dones de la Pascua: la Paz y el Espíritu
La Fe es un don que Dios entrega a todos los que quieren ‘ver’ como Jesús, pero hay que pedirlo, pues ello significa reconocer nuestra necesidad y nuestra pobreza. Tomás se abrió.
Con la Fe podemos recibir la Paz del Resucitado y su Espíritu que nos lleva al perdón.
Por la Fe aceptamos vivir la Misión de ser testigos, como Jesús, del Amor del Dios-Vida.
En la Fe somos capaces de ver a Jesús en todos los necesitados que siempre nos rodean.
Pidamos a María creer como ella y construir nuestra Comunidad alimentando nuestra Fe.

domingo, 8 de abril de 2012


Reflexión dominical (08.04.12)

NUESTRA ALEGRÍA PASCUAL: JESÚS RESUCITADO

Vamos a darnos un paseo a través de la liturgia de la Vigilia y del primer domingo de Pascua:
“Concédenos, Señor, que la celebración de estas fiestas pascuales encienda en nosotros deseos tan santos que podamos llegar con corazón limpio a las fiestas de la luz eterna”.
Con una vela encendida, signo de la fe que tú tienes, has escuchado este pregón:
“Exulten por fin los coros de los ángeles por la victoria de Rey tan poderoso.
Goce también la tierra, inundada de tanta claridad y que, radiante con el fulgor del Rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero.
Alégrese también nuestra Madre la Iglesia revestida de luz tan brillante”.
¿Cuál fue el motivo de tanto gozo, antes de amanecer el primer día de la semana que desde la resurrección de Jesús se llamó “domingo”, es decir, “día del Señor”?
“Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana  al salir el sol, fueron al sepulcro pensando ¿quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?
Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida, a pesar de que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco.
Les dijo: “No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron”.
María Magdalena se escapó corriendo para dar la noticia a los apóstoles: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.
Juan y Pedro, salieron, corriendo también, al sepulcro y encontraron las vendas en el suelo y el sudario, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.
Juan llegó, entró, vio y creyó. Fue el primero en dar el sí a la resurrección de Cristo, aún antes de verlo resucitado.
San Pablo nos pide a quienes creemos que la resurrección de Jesús es la certeza de nuestra propia resurrección, una actitud comprometida:
“Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”.
Hemos de trabajar en este mundo cumpliendo el deber que Dios nos ha dejado: completar la obra de la creación, glorificando con ello a Dios. El don de Dios en el Resucitado es maravilloso. Es una invitación a la esperanza del cielo, pero debemos vivir aquí hasta que Él nos llame, con el corazón en el cielo donde está Cristo, nuestro Señor y Redentor, recordando que  “hemos muerto y nuestra vida está con Cristo escondida en Dios”.
“Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también nosotros apareceremos, juntamente con Él, en gloria”.
Nuestra Madre, la Iglesia, en estos solemnes días de Pascua nos invita, de diversas formas, a glorificar y agradecer al Señor, que no sólo dio la vida por nosotros, sino que además resucitó y su resurrección es la certeza de nuestra propia glorificación y la seguridad de que un día estaremos con Él para siempre:
“Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la víctima propicia de la Pascua”.
Sí. Ofrezcamos lo mejor de nosotros mismos y pidamos:  
“Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa”.
Esta Pascua en que revivimos con fe y con alegría la resurrección, no sólo el domingo sino toda una semana, vivámosla como nos enseña San Pablo:
“Celebremos la pascua no con levadura vieja de corrupción y pecado sino con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad”.
Esto dará un rumbo nuevo a nuestra vida y nos ayudará a parecernos a Cristo, que ha resucitado para darnos vida eterna.
Repitamos con nuestro salmo responsorial:
“¡Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo!”
Por eso no nos queda más que cantar con el gozo de la liturgia:
“Demos gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia: No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor”.
La obra del Padre es maravillosa. “Es un milagro patente: la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”.
¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

José Ignacio Alemany Grau, obispo