domingo, 26 de febrero de 2012


REFLEXIÓN BÍBLICA DOMINICAL                         Oscar Montero Córdova   SDB


DOMINGO I DEL TIEMPO DE CUARESMA
Año B (26 de febrero de 2012)
“También hoy resuena con fuerza la voz del Señor que nos llama a cada uno de nosotros a hacernos cargo del otro. Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos «guardianes» de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9)”.
(Papa Benedicto XVI)
 
 

                                                                                                             

El color morado de este tiempo nos indica que estamos ya en el tiempo de Cuaresma. Pero, ¿cuál es el sentido de este tiempo litúrgico? Para conocer la finalidad principal de este tiempo fuerte es necesario acudir a la Historia de la Iglesia.

Los primeros cristianos no sabían lo que era Cuaresma. Pero sí sabían muy bien que cada año había que prepararse rigurosamente para la celebración de la fiesta más grande: la Resurrección de Jesús. Los que ya estaban bautizados, tenían que profundizar en los compromisos de su bautismo. Los bautizados que estaban en un pecado muy grave (adulterio, idolatría, homicidio; u otro del que era testigo la comunidad) hacían un camino de conversión hasta la Pascua. Y los catecúmenos hacían un largo proceso de catequesis, de oración, de caridad cristiana y de convivencia comunitaria para ser bautizados en la Gran Noche de la Vigilia Pascual. Con el tiempo, estos tres itinerarios se transformaron en lo que es nuestra Cuaresma. ¿Algo en común? Sí: el bautismo.

En la primera lectura, Dios le dice a Noé: “Yo hago un pacto con ustedes” (Gn 9, 8). Si no nos hemos enterado todavía, el bautismo es precisamente esto: la alianza o el pacto que Dios hace con nosotros. No importa la edad en que nos bautizaron –porque fuimos bautizados en la fe de la Iglesia: de nuestros padres y padrinos, del sacerdote y de todos los que compartían la misma fe que nosotros-. Sin embargo, en el sacramento de la Confirmación y en cada Pascua tuvimos y tenemos la oportunidad de renovar nuestros compromisos bautismales.

Estos compromisos, en otras palabras, son lo que nos dice san Pablo: “aquello –refiriéndose al arca de Noé y al diluvio- fue un símbolo del bautismo que actualmente los salva: que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en implorar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Jesucristo” (1 Pe 3, 21). Recuerdan la vestidura blanca del bautismo, ¿la he guardado intacta hasta ahora? ¿Me he preocupado de lavarla en el sacramento de la penitencia o confesión? ¿Cómo está la luz de la vela que recibí? ¿He dejado a apagar su llama? ¿He vuelto a encenderla con la oración y la caridad?

Sin embargo, como bien lo sabrán por experiencia, el bautismo y ningún sacramento nos eximen del combate espiritual. ¡Nos preparan para Él! Este combate fue lo que Jesús experimentó no sólo en el desierto de Judea, sino durante toda su vida.

Cuando fue bautizado por Juan en el río Jordán, la voz del Padre exclamó: “Tú eres mi Hijo Amado, en ti me complazco” (Mc 1, 11). Y toda la vida de Jesús no fue sino cumplir en todo la voluntad del Padre, ser fiel a su proyecto, complacerlo en todo; incluso en el momento de la cruz. ¡Pero esto no fue nada fácil! En el grupo de sus mismos amigos y seguidores encontrará la primera piedra de tropiezo: “¡Colócate detrás de mí, Satanás!, porque tú no piensas como Dios, sino como los hombres” (Mc 8, 33). Estas durísimas palabras son dirigidas a Pedro cuando el pescador de Galilea trató de apartarlo del proyecto de Dios, proyecto que él no comprendió en ese momento porque terminaba en la cruz. Esta tentación vuelve también sobre nosotros, una y otra vez. ¿Acaso no encontramos en la misma incoherencia, debilidad y pecado de la Iglesia –sobre todo de sus sacerdotes y religiosos- un motivo para apartarnos de la fe, del proyecto del Padre? ¿A veces la misma familia o el círculo de amigos no se vuelven un obstáculo para ser fiel a Dios?

Pero la tentación también puede venir de nuestros propios miedos e inseguridades. La angustiante oración de Jesús, postrado en tierra en el huerto de Los Olivos revela bien esto: “¡Abba, Padre! Todo te es posible. Aparta de mí este cáliz de amargura. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú” (Mc 14, 36). Sus agónicas palabras en el madero: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34) también confirman el temor de su alma de hombre.  

La vida cristiana es un combate, toda una prolongada cuaresma. Pero enfrentémoslo con confianza y humildad. “Todo lo puedo en Cristo que me da la fuerza” (Filipenses 4, 13).

domingo, 19 de febrero de 2012


REFLEXIÓN BÍBLICA DOMINICAL                         Oscar Montero Córdova   SDB
DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO
Año B (19 de febrero de 2012)



Los últimos relatos del evangelio han repetido con insistencia una actitud: acudir, ir, acercarse. El objeto de todos es verbos es una única persona: Jesús de Nazaret. Creo que esta debe ser la convicción de todos nosotros, el encuentro con Cristo. Como dice Aparecida, éste es “el inicio del cristianismo: un encuentro de fe con la persona de Jesús” (Aparecida, 243). Y así nos lo ha revelado Marcos: “Acudieron tantos, que ya no había lugar ni siquiera junto a la puerta” (Mc 2, 2). Un primer examen, sin duda, puede ser: ¿A quién busco? ¿A quién acudo constantemente en mi vida? ¿Es el encuentro con Jesús, buscado con fe, una necesidad y una característica de mi vida?

Pero, como decíamos, no se trata de cualquier búsqueda. A lo largo de la historia no han faltado los científicos, los antropólogos, los historiadores y hasta los aventureros que han ido tras los rastros del Galileo. Nosotros estamos invitados –como el paralítico- a esta misma travesía, pero una travesía movida únicamente por la fe y el amor a Jesucristo: Él tiene que ver nuestra fe (Cfr. Mc 2, 5).

Y en esta fe se dan siempre dos movimientos: Dios que se revela y el hombre que responde; Dios que se acerca y el hombre que sale al encuentro. En esta oportunidad, es Jesús quien está en casa (Cfr. Mc 2, 1).Y son los hombres y mujeres los que lo buscan en casa. Pero, ¿cuál es esta casa? Los obispos latinoamericanos, haciendo suya la consigna del papa Benedicto, han gritado con él: “¡La Iglesia es nuestra casa! ¡Esta es nuestra casa! ¡Quien acepta a Cristo: Camino, Verdad y Vida, en su totalidad, tiene garantizada la paz y la felicidad, en esta y en la otra vida!” (Aparecida, 246).
           
Sin embargo, la travesía de la fe no es una expedición solitaria. “Quien quiera creer tiene que poder decir tanto «yo» como «nosotros». (…) La fe de los otros me sostiene, así como el fuego de mi fe enciende y conforta a otros” (YouCat 24). Por eso, el paralítico de evangelio, incapaz de movilizarse hasta la casa por sí solo, es traído entre cuatro. Son sus amigos – hermanos en la fe- quienes lo ayudan a acercarse a Jesús (Cfr. Mc 2, 3-4). Esos amigos-hermanos le hicieron el mejor regalo de su vida: lograron que recibiera el perdón de sus pecados: “¡Hijo, tus pecados te son perdonados!” (Mc 2, 5)

A propósito de esto, nunca olvidaré el testimonio de fe de un joven de la Casa de Acogida de Lima. Fue hacia finales de 2009, un domingo durante la eucaristía de la noche, cuando William Veramendi me dijo:
- Hermano, ¿estás contento?
- Sí, le respondí, porque he visto que hoy se han confesado varios.
- (Tocándose orgullosamente el pecho) ¡Yo les invité para que se confesaran!

Esto es lo hermoso de seguir a Jesús. Invitar a otros a que se encuentren con Él, a que experimenten a Aquél que “se compadece de nosotros y nos da el don de su perdón misericordioso, que nos hace sentir que el amor es más fuerte que el pecado cometido.” (Aparecida 254).

Finalmente, considero que la exhortación paulina merece una breve pero no por eso discreta atención. Vivimos en tiempos de relativismo, de inconstancia, compromisos vacíos y débiles… “la modernidad líquida”, “el descompromiso y el arte de la huída”; dice el sociólogo polaco Bauman. Ante jóvenes y adultos que se corren de lo duradero, del sí a alguien de para siempre… la invitación de san Pablo es clara: “Dios es testigo de que nuestras palabras no son hoy «» y mañana «no». Como tampoco Jesucristo, el Hijo de Dios ha sido un sí y un no; en él todo ha sido sí.” (2Cor 1, 18-19). El mundo necesita profetas que digan un amén a la vida, a la fidelidad, al matrimonio, al sacerdocio, a la travesía de seguir a Cristo hasta el fin.  

domingo, 12 de febrero de 2012


REFLEXIÓN BÍBLICA DOMINICAL                         Oscar Montero Córdova   SDB
DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO
Año B (11 de febrero de 2012)
Como nos narraba el libro del Levítico, la lepra condenaba al infectado a una maldición completa: era impuro –ante Dios y ante los hombres- y, además, se veía privado de la dimensión social de su existencia: “Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento” (Lv 13, 46).

Hoy no hace falta ser leproso para padecer ser tildado de “impuro” o ser marginado de los grupos humanos e incluso de la misma  Iglesia. Miremos no más los padecimientos de tantos connacionales que viven excluidos y perseguidos por la xenofobia. Sin ir muy lejos, pensemos en el drama de los infectados por el VIH y los homosexuales. Tenemos que reconocer que nos cuesta poner en práctica la tolerancia y acogida que nos piden el Evangelio y el Catecismo: “La Iglesia acoge sin condiciones a las personas que presentan tendencias homosexuales. No deberían ser discriminadas por ello” (YouCat, 415). Y qué decir de los pobres y de los indigentes, y de las distinciones que establecemos por nuestros rasgos raciales y culturales en el mismo país… ¡Ha surgido una nueva lepra y peor que la anterior!

Jesús quien es ya el Reinado del amor de Dios en medio de nosotros, nos quiere decir hoy que en su corazón –y también en el corazón de todos sus seguidores- hay espacio y brazos abiertos para todos. Recordando este pasaje en el que Jesús se compadece, extiende la mano y toca al leproso (Cfr. Mc 1, 41), un obispo decía: “Uno toca a quien ama”. Yo diría más: “Uno se relaciona con quien ama”. Un país, una sociedad que se confiesa en su mayoría “creyente” –discípula y misionera de Jesucristo- no puede tener como lacra social el drama de la exclusión, de la discriminación y del racismo.

Pero esta Buena Noticia de Jesús también tiene una dimensión personal. El texto se abre y se cierra con los verbos acercar y acudir. “Se acercó a Jesús un leproso… acudían a él de todas partes” (Mc 1, 40.45). Yo creo que la vida cristiana se mantiene viva cuando hay esta actitud de búsqueda. Buscar a Jesús, acercarse a Jesús, acudir hacia Jesús. ¡Él es el centro del cristianismo!

San Jerónimo, un santo padre de la Iglesia que profundizó muchísimo en las Escrituras dijo: “En sentido místico, nuestra lepra es el pecado del primer hombre”. Sin duda que el primer pecado fue borrado por el bautismo, pero sería de presumidos negar que nuestra naturaleza humana esté aún herida.  Dios nos regalado un segunda tabla de salvación para ir curando los nuevos brotes de lepra espiritual que nos aquejan: el sacramento de la Reconciliación que comúnmente llamamos confesión. Hagamos la experiencia del salmista: “Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: ‘Confesaré al Señor mi culpa’, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado” (Sal 31). ¡Sí!, acerquémonos y acudamos con confianza de hermanos a Jesús, “médico carnal y espiritual” (Ignacio de Antioquía). Porque “no necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mc 2, 17).

Finalmente, no puedo pasar por alto la enseñanza paulina de hoy: “Cuando coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios” (1Cor 10, 31). Yo les insisto en esto: la vida cristiana es más que comulgar y confesarse. Sin duda que ir a los sacramentos, es ir a la fuente del corazón mismo de Cristo… pero, por favor, no olvidemos que la “vida nueva de Jesucristo toca al ser humano entero (…) la vida en Cristo incluye la alegría de comer juntos, el entusiasmo por progresar, el gusto de trabajar, el gozo de servir, el placer de una sexualidad vivida según el Evangelio. Podemos encontrar al Señor en medio de las alegrías de nuestra limitada existencia” (Aparecida, 356).

domingo, 5 de febrero de 2012


REFLEXIÓN BÍBLICA DOMINICAL                         Oscar Montero Córdova   SDB
DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO
Año B (05 de febrero de 2012)

                                                                                                             

Una vez, un profesor de teología se vio interpelado por el reclamo de su esposa, la cual, desgarrada de dolor por la muerte de su padre le gritaba entre lágrimas: “A ver, ¿qué tienes que decir a todo esto?”. El profesor, lleno de conmoción, le escribió a un sacerdote que le asesoraba en su tesis doctoral. Cuando esperaba un discurso bien elaborado, sólo obtuvo por respuesta: “No le digas nada. ¡Basta con que sepa que estás a su lado!

El misterio del dolor y de la finitud humana no es algo ajeno a la Escritura. Pero Dios no envío a su Hijo para quitarnos de encima los males que nos afligen. Dos mil años después de su acontecimiento salvador la muerte sigue enlutando a muchos; y el dolor y la depresión siguen postrando a millares de chicos y grandes sin ganas de vivir.

Tal vez, es lógico que después del evangelio nos interroguemos: ¿Por qué Jesús, nuestro único Salvador, no se acerca a estas personas -como hizo con la suegra de Pedro-  y los incorpora, los levanta de esa situación de postración y de dolor? (Mc 1, 30-31). ¡Nadie puede responder esto!

Podemos haber vivido –o estar viviendo- la amarga desilusión de Job: “… me asignan noches de fatiga; al acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré? Se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba. Mis días se consumen sin esperanza. Recuerda que mi vida es un soplo, y que mis ojos no verán más la dicha”. (Job 7, 1-7). Es más, podemos hasta asumir la resignación de Job. Pero depende de nosotros, hombres y mujeres de esperanza –porque nuestro Dios es un Dios vivo y su Hijo es el Resucitado que vive para siempre- qué actitud asumimos ante el dolor. O hago del dolor y del sufrimiento un lugar de aprendizaje para la esperanza o simplemente me llevan a la desesperación, a la muerte infeliz y hasta al suicidio.

Pues bien, creo que estas palabras del papa Benedicto pueden aclarar más la situación: “Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito”(Spe Salvi, 37). 

¿Y qué decir de la oración? Pareciera como si ésta estuviera ligada a situaciones límite como la enfermedad y la angustia. ¡No! Si Marcos nos dice que Jesús “muy de madrugada, antes del amanecer, se levantó, salió, se fue a un lugar solitario y allí comenzó a orar” es porque para Él la relación con su Padre era algo fundamental. Jesús estuvo en unión íntima con su Padre Dios toda la vida. Si bien su oración se hizo más intensa en los días de su agonía y pasión, era común verlo orar. Y se ve que oraba con pasión y con alegría. No se acuerdan cuando sus discípulos le pidieron: “Señor, enséñanos a orar… Cuando oren, digan: Padre…” (Lc 11, 1-2).

Oración y enfermedad. ¡Sí! Debemos irnos quitando esa religiosidad interesada de comunicarnos con Dios cuando estamos en apuros… pero si un apuro permanente –como puede ser una enfermedad o un problema grave y que no se va a solucionar pronto- se convierte en una escuela de oración y de esperanza… ¡Bendito sea Dios! Miren estas nuevas hermosas palabras del Papa: “Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios (Spe Salvi, 32). 

Nosotros quizás estemos bien de salud y sin tantos agobios. Hagamos como Jesús y  acerquémonos a nuestros hermanos que sufren. Porque “aceptar al otro que sufre significa asumir de alguna manera su sufrimiento… y el sufrimiento compartido queda traspasado por la luz del amor” (Spe Salvi, 38).