sábado, 29 de diciembre de 2012



Reflexión dominical 30.12.12

LA SAGRADA FAMILIA

En nuestro comentario de hoy vamos a seguir algunas de las reflexiones de Benedicto XVI en “La infancia de Jesús”.
El Evangelio que corresponde al ciclo C nos presenta a Jesús en el templo a los doce años.
Cuenta san Lucas que “los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua”.
Esto nos indica que la “familia de Jesús era piadosa y observaba la ley”.
En efecto, la ley de Moisés (la Torá) pedía que todo israelita se presentara en el templo tres veces al año: pascua, la fiesta de las semanas  y la fiesta de las tiendas.
Para los niños la obligación comenzaba al cumplir trece años. Sin embargo, las normas pedían que se fueran acostumbrando, poco a poco a cumplir los mandamientos, lo cual explica que Jesús fuera  en peregrinación a los doce años.
Pues bien. Jesús,  al cumplir los doce años, va con sus padres pero no regresa con ellos sino que se queda en el templo durante tres días.
Esto no supone descuido por parte de sus padres sino más bien indica que dejaban al hijo decidir libremente el ir con los de su edad y sus amigos durante el camino. Por la noche, sin embargo, se juntaban con sus padres.
Este permanecer Jesús tres días en el templo lo relaciona Benedicto XVI con los tres días entre la cruz y la resurrección dejando ver cómo toda la vida de Jesucristo va en una misma dirección redentora.
Esto constituirá para María uno de los momentos de sufrimiento profetizados por el anciano Simeón, como la espada que traspasaría su alma.
Cuando María angustiada le pregunta a Jesús “hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados”, la respuesta de Jesús indica que lo que ha hecho es simplemente cumplir el plan de su Padre verdadero que es Dios.
Benedicto XVI nos presenta así la respuesta de Jesús: “estoy precisamente donde está mi puesto, con el Padre, en su casa”.
Dos aspectos resalta el Papa en esta respuesta. Jesús corrige la frase de María dejando de lado a san José y advirtiendo “yo estoy en el Padre”. Por tanto, mi padre no es José sino Dios mismo.
Por otra parte, Jesús habla de un deber al que se atiene el como hijo. El niño debe estar con el padre.
Él no está en el templo por rebeldía  para con sus padres (como pretenden algunos) sino justamente como quien obedece, con la misma obediencia que le llevará a la cruz y a la resurrección.
De esta manera tenemos en la Sagrada Familia, María, José y Jesús, grandes modelos para nuestras familias cristianas.
El padre, José, hombre serio, aceptando siempre con humildad y fe el plan que Dios le había trazado al pedirle que fuera padre adoptivo de Jesús.
La Madre, María, desahogando así su corazón pero aceptando y meditando siempre con fe.
Por dos veces en el mismo capítulo Lucas nos dice que “María guardaba estas cosas meditándolas en su corazón”.
Y Jesús, viviendo el plan que su Padre Dios  le había trazado, por una parte como Dios y Redentor, y por otra  como un niño más: “bajó con ellos  a Nazaret y siguió bajo su autoridad… y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”.
En la primera lectura de hoy la Iglesia nos habla de la familia de Ana y Elcaná que tuvieron milagrosamente un hijo, el gran profeta Samuel, y que lo presentaron al sacerdote Elí para que sirviera en el templo de Dios.
Se trata, por tanto, de una familia muy religiosa que nos sirve de modelo también en este domingo de la Sagrada Familia.
Por su parte, san Juan, en la carta primera, nos hace ver que nosotros pertenecemos también a la gran familia de los hijos de Dios. Ése es el regalo que nos ha hecho el amor del Padre para “llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”.
Que hermosos ejemplos tenemos en el día de la Sagrada Familia para vivir la verdadera piedad: el hogar de Ana, el hogar de Nazaret y el hogar trinitario en el que la misericordia de Dios nos ha hecho penetrar como verdaderos hijos.
Así podremos aprender qué grande es el hogar cristiano y cómo debemos vivir en él, hoy más que nunca, cuando la sociedad busca de tantas formas destruir no sólo la familia cristiana sino toda familia.
El martes, octava de Navidad, primer día del año, la Iglesia celebra la solemnidad de Santa María Madre de Dios.
Que Ella fortalezca nuestros hogares para que en ellos haya siempre fidelidad, amor y la felicidad por la que siempre suspiramos.
Que Ella nos  traiga también a todos, amigos lectores, un año nuevo lleno de paz, recordando el mensaje del Papa para este día: “bienaventurados los que busca la paz”.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

sábado, 15 de diciembre de 2012



Reflexión dominical 16.12.12

SOMOS TESTIGOS DE LA LUZ

“El Mesías ha llegado. Está en medio de ustedes. Pero no lo conocen”.
                                                                                                                                        Firmado: Juan
Posiblemente ni lo dijo así ni tenía dónde firmar. Pero ése es el mensaje de Juan en el Evangelio para el Adviento.
En el pueblo de Israel, todos esperaban al Mesías. Y, a través de los siglos, aparecieron algunos pseudomesías que desaparecían con su propio engaño.
Un día, sin embargo, apareció un hombre santo que llamaba la atención de todos.
Vestido de sacrifico y penitencia. Hablaba.
Hablaba y su voz era como un trueno que pedía penitencia. Pero también era como una luz que arrastraba a la gente hacia el Jordán, como nuestros pobres focos atraen las mariposas de noche.
Los cuatro evangelistas nos hablan de él y hoy los entrelazaremos para resaltar su presencia en Adviento.
San Juan evangelista nos lo presenta de esta manera:
“Hubo un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan. Éste venía como testigo para dar testimonio de la luz. Para que por él todos vinieran a la fe.
No era él la luz, sino testigo de la luz”.
Juan Bautista es un hombre maravilloso, gran apóstol,  ejemplo para todos los apóstoles.
La Iglesia lo presenta hoy como el gran mensajero que prepara los caminos del Señor.
Él tuvo la oportunidad de pasar como Mesías. La gente lo creía así e incluso los hombres espirituales del pueblo de Israel le enviaron mensajeros para preguntarle:
“¿Eres tú el Mesías?”
Su respuesta fue contundente: Ni el Mesías, ni Elías, ni un profeta.
Él se presenta simplemente como una voz:
“Yo soy la voz que grita en el desierto: allanad el camino del Señor”.
No hay humildad más grande que la de una voz porque necesariamente tiene que limitarse a decir las palabras exactas que le salen de la mente al que habla.
Y Juan da consejos de conversión a todos. La gente pregunta: ¿qué hacemos? Y él:
-          “Compartan lo que tengan: la túnica, la comida…”
A los publicanos:
-          “No exijan más de lo establecido”.
A los militares:
-          “No se aprovechen de nadie y conténtense con la paga…”
Y ahora nosotros nos preguntamos:
¿Por qué bautizaba Juan? Y él nos dice:
 “Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia”.
La Iglesia en la liturgia de hoy se llena de alegría pensando en el Mesías redentor:
Con Sofonías nos dice:
 “Regocíjate, hija de Sión. Grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén”.
Es la alegría de este tercer domingo. Pero aún hay algo mucho más bello:
“El Señor está en medio de ti… Él se goza y se complace por ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta”.
Repiensa, amigo: Dios se goza en ti… como en Juan, como en María, y todo lo debemos a Jesús!!
San Pablo, a su vez, en este tercer domingo de adviento en que la Iglesia resalta la alegría y quiere que todos la vivamos hoy de una manera muy especial, nos pide:
“Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres… El Señor está cerca: Nada os preocupe”.
Si Dios, Cristo, el Reino; está dentro de nosotros. Por eso repetimos con el versículo aleluyático:
“El Espíritu del Señor está sobre mí…”
Gozosos repitamos una vez más con el salmo responsorial:
“Gritad jubilosos: qué grande es en medio de ti el Santo de Israel.
El Señor es mi Dios y Salvador: confiaré y no temeré…”
Sí, entre nosotros y dentro de nosotros está Dios.
Finalmente, recuerda bien en este domingo: A ti, como a Juan, se te dice que “irás a preparar los caminos del Señor”. Pero ten siempre presente que tú, como el Precursor, debes saber que no eres la luz sino testigo de la luz.
Que a ti la luz de la fe te viene de Cristo y que es esa fe en Cristo la que tienes que transmitir sin vanidades, con valentía y generosidad.
Recuerda siempre: ¡Soy testigo gozoso de la luz!

José Ignacio Alemany Grau, obispo

miércoles, 12 de diciembre de 2012



Nuestra Madre María de Guadalupe guarda en su imagen un sinnúmero de secretos
  • Estudios oftalmológicos realizados a los Ojos de la Virgen de Guadalupe  han detectado que al acercarles luz, la retina se contrae y al retirar la luz, se vuelve a dilatar, exactamente como ocurre en un ojo vivo
  • En 1929, Alfonso Marcué, quien era el fotógrafo oficial de la antigua Basílica de Guadalupe en la ciudad de México, descubrió lo que parecía una clara imagen de un hombre con barba reflejada en el ojo derecho de la Virgen?  Al principio no podía dar crédito a lo que estaba viendo: cómo podía ser?, Un hombre con barba dentro de los ojos de la Virgen de Guadalupe?. Pero luego de varias inspecciones de sus fotografías en blanco y negro de la imagen ya no tuvo más dudas y decidió que era tiempo de informar a las autoridades de la Basílica. Así lo hizo, y le fue indicado por estas que se guardara completo silencio sobre el descubrimiento, lo que Marcué cumplió al pie de la letra
  • 20 años después, el 29 de mayo de 1951, el dibujante mexicano José Carlos Salinas Chávez, luego de examinar una buena fotografía de la cara de la imagen de la Virgen de Guadalupe, redescubre la imagen de lo que parece ser un busto humano reflejado en el ojo derecho de la Virgen, y luego también en el ojo izquierdo. Inclusive parece aún reflejar en sus ojos lo que tenía frente a ella en 1531
  • El mensaje universal de compasión y amor, y su promesa de ayuda y protección para toda la humanidad, se encuentra relatado en el "Nican Mopohua", documento escrito en el siglo 16 en el lenguaje nativo, Náhuatl.
  • Hay razones para creer que en el cerro Tepeyac María vino en su cuerpo glorificado, siendo sus manos físicas las que acomodaron las rosas en la tilma de Juan Diego, lo que hace a esta aparición muy especial
  • Una increíble lista de milagros, curas e intervenciones se le atribuyen a la Virgen de Guadalupe. Se estima que cada año más de 14 millones visitan su Basílica, haciendo de su casa en la ciudad de México el Santuario Mariano más popular, al igual que el santuario católico más visitado del mundo
  • En total 25 Papas han honrado en alguna forma oficial a Nuestra Señora de Guadalupe. Su Santidad Juan Pablo II visitó su Basílica en cuatro oportunidades: en su primer viaje al extranjero como Papa en 1979 y nuevamente en 1990, 1999 y 2002
  • En 1999, su santidad Juan Pablo II, en su homilía durante la Misa Solemne en la Basílica de Guadalupe durante su tercera visita al santuario, declaró la fecha del 12 de Diciembre con el rango litúrgico de Fiesta para todo el continente de las Américas
  • Durante la misma visita el Papa Juan Pablo II confió la causa de la vida a su protección, y encomendó a su cuidado maternal las vidas inocentes de los niños, especialmente aquellos que se encuentran en peligro de no nacer

domingo, 9 de diciembre de 2012


Reflexión dominical 09.12.12

LOS CONSEJOS DE TRES MISIONEROS

Se acerca la Navidad y la Iglesia nos va preparando para que tomemos, con la debida profundidad, el misterio de la encarnación y no nos quedemos en la superficialidad de nuestra sociedad que vive de espaldas a la fe.
Con este fin nos presenta tres grandes misioneros que fueron apóstoles de su tiempo.
El primero es Isaías.
Se trata del profeta preferido en la liturgia.
Sabemos que bajo este nombre escriben tres personajes distintos: el primer Isaías (capítulos 1-39); el segundo (del  40-55); y tercero (del 56 al 66).
El que nos habla hoy es el segundo o deutero Isaías.
Él consuela a su pueblo y le asegura que vendrá el Señor.
Con bellísimas palabras pide que preparen el camino al Señor que viene:
“Preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios… que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor”.
Pide a continuación que se grite a todos los pueblos:
“Aquí está vuestro Dios”, y presenta a Dios con podertrayendo la recompensaviene también como un dulce pastor “que reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho; él mismo cuida a las ovejas que crían”.
El segundo gran misionero es Pedro, apóstol y  mártir, que nos recuerda una vez más “que el día del Señor llegará como ladrón”, pero nos advierte que Dios tiene paciencia por nuestro bien y nos da a todos tiempo para la conversión.
Una vez más enseña que habrá grandes pruebas en la línea apocalíptica que hemos visto en los últimos días, pero nos advierte que nuestra esperanza consiste en que “esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva”.
De esta manera Pedro también nos invita a convertirnos antes de que llegue el Señor.
San Marcos, en el Evangelio, nos habla de que ya se ha cumplido el tiempo que profetizaron los profetas y es el momento para que llegue el Mesías.
Él nos presenta a Juan Bautista, que es el tercer misionero que hoy nos invita a preparar los caminos del Señor.
Marcos atribuye a Isaías dos textos que en realidad no es uno sino dos textos de dos profetas distintos.
El primero es de Malaquías (3,1) que dice: “Voy a enviar a mi mensajero para que prepare el camino delante de mí”.
Podemos decir que a este mensajero se refiere Isaías cuando dice: “la voz que grita en el desierto”.
A continuación viene el que es propiamente texto de Isaías (40,6) y en el que leemos: “preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”.
La preparación que pide Juan es la conversión: “predicaba que se convirtieran y se bautizaran para que se les perdonen los pecados”.
La gente que venía, se encontraba con este gran misionero y modelo de todos los apóstoles, que predicaba la penitencia y era él mismo un gran penitente, “vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre”.
La esencia de su proclamación era que el pueblo se preparara a recibir al Mesías “que os bautizará con el Espíritu Santo”.
De la enseñanza de estos tres misioneros debemos sacar nuestras propias conclusiones.
Ante todo hacer penitencia, porque viene Jesús a bautizarnos con el Espíritu Santo. Con Él viene la salvación definitiva.
A su vez el salmo aleluyático nos pide “preparar los caminos del Señor, allanar sus senderos”.
Por nuestra parte, con el salmo responsorial repetiremos: “muéstranos, Señor, tu misericordia y danos la salvación”.
Sabemos muy bien que la salvación nos la trae Jesucristo.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

sábado, 8 de diciembre de 2012


FELIZ DÍA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN
Con la Inmaculada Concepción de María comenzó la gran obra de la Redención, que tuvo lugar con la Pascua de Cristo. “En Él toda persona está llamada a realizarse a plenitud hasta la perfección de la santidad”. (SS. Juan Pablo II)
El dogma de la Inmaculada Concepción, también conocido como la Purísima Concepción, se refiere a que  la madre de Jesús, a diferencia de todos los demás seres humanos, no fue alcanzada por el pecado original , sino que, desde el primer instante de su concepción, estuvo libre de todo pecado . Jesús fue concebido sin intervención de varón y María permaneció virgen virgen antes, durante y después del embarazo. Cada 08 de diciembre celebramos a la Inmaculada Concepción de la Virgen María.
Hoy también es un día muy especial para miles de niños que aguardan con ansias recibir su primera Comunión, el día del encuentro con Cristo Eucaristía

sábado, 13 de octubre de 2012

Reflexión dominical 02.12.12



Reflexión dominical 02.12.12 

MARÍA, PUERTA DE LA FE Y ESTRELLA DE LA EVANGELIZACIÓN 

Éste es uno de los últimos lemas de Radio María:
“María, puerta de la fe y estrella de la evangelización”.
Y es que “al principio estaba la madre”.
Así dicen muchos, y creo que en el principio del Adviento es bueno pensar en la Madre que cuidó a Jesús y como lo hizo tan bien, Dios nos la dio por Madre a todos sus hijos.
Muchas veces, hablando del Adviento, hemos pensado que María está, en realidad, al comienzo del Adviento por muchos motivos. 
La fiesta de la Inmaculada, con todo el cariño de las primeras comuniones, de miles de niños y niñas que reciben por primera vez a Jesús en su corazón. 
La fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, con la multitud de milagros que Dios ha derrochado en la tilma de Juan Diego que se conserva en el cuadro original de México. 
También el Adviento nos lleva al paraíso donde la mujer humilló al diablo. 
Dios quiso que fuera una mujer la que aplastara la cabeza orgullosa de satanás. Y todos nos sentimos felices por ello. 
Por lo demás, si nos preparamos a celebrar una Navidad, es decir, un nacimiento, lógicamente podemos repetir: “Al principio estaba la madre”. 
En todo nacimiento, primero es la madre que traerá al hijo en sus entrañas. 
Con Jesús sucedió esto mismo aunque no fue por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. 
Finalmente, cuando a una familia le llega un gran acontecimiento, ahí está la madre ayudando, preparando detalles y, sobre todo, adiestrando a los pequeños para que sean felices, haciendo felices a los demás. 
El acontecimiento del que tratamos ahora es la redención, la evangelización, que dará a conocer a todos la esperanza ya cercana del Dios que viene. 
Si María es puerta, también es estrella. 
Es una bella comparación que nos viene de Pablo VI el cual presentó a María como estrella de la evangelización. Es decir, el lucero de la mañana que asegura la luz definitiva. 
Hoy, pues, con María, entremos en el nuevo año litúrgico. Que nos guíe nuestra Santa Madre. 
La Iglesia, a través de lecturas y oraciones, nos invita a tomar en serio este inicio de un año nuevo, que es otro tiempo sin retorno, por el que nos preparamos al encuentro con Dios. 
Jesús nos va a repetir en este día que vigilemos. 
Que no creamos a los agoreros que cada poco dicen que viene el fin del mundo para hacer su propio negocio. 
Por eso, una vez más, Jesús advierte: “vigilad porque no sabéis cuándo es el momento”. 
Lo más importante y está bien claro es que Dios quiere nuestro bien y nos invita a imitar a los criados de aquel señor “que se fue de viaje y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que vigilara”. 
El mismo Jesús nos ayuda a sacer la conclusión: 
“Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: vigilad”. 
Si hay fe y corazón limpio no hay porqué temer. 
El juez es nuestro amigo, que dio la vida por nosotros, para justificarnos y salvarnos. 
Si por el contrario, vivimos mal, aprovechemos para empezar de nuevo, ya que mientras vivimos en este mundo, siempre hay tiempo para la conversión. 
Gocemos hoy meditando las palabras de esperanza de Isaías que, como gran profeta, nos invita a la conversión porque tenemos motivos para confiar en el perdón: 
“Tú, Señor, eres nuestro Padre, tu nombre de siempre es nuestro Redentor”… a pesar de todas nuestras miserias porque “todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento”. 
Y de nuevo nos repite el profeta, en el mismo párrafo: 
“Sin embargo, Señor, tú eres nuestro Padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: todos somos obra de tu mano”. 
Que en este Adviento brille sobre nosotros la esperanza del Redentor. 
Repitamos con el salmo responsorial: 
“Oh, Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”. 
Y con el verso aleluyático: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”. 
José Ignacio Alemany Grau, obispo 

domingo, 17 de junio de 2012


                          El Reino desde lo humilde y silencioso
                                      Publica: Oscar Montero, SDB. (oscarmontero_68@hotmail.com)


“C

on la llegada de Jesús a la tierra, comenzó un tiempo nuevo, un tiempo de salvación y de gracia; se inauguró también una nueva jerarquía de valores en la sociedad y una nueva lógica en el trato con Dios y con los demás. Dios será desde entonces, “Padre nuestro”; y los demás serán “hermanos”. Al poder, al abuso, a la violencia, a la riqueza… Jesús opondrá el servicio, la solidaridad, la paz, la generosidad y una vida sencilla y confiada en Dios. En una palabra con Jesús vino el Reino de Dios. Así nos lo hacía saber Marcos al inicio de su evangelio: “El tiempo se ha cumplido. El Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1, 15)

            Entonces, “¿con qué podremos comparar el reino de Dios?” Y dice el Señor: “El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola…” (Mc 4, 26-27) Amigos y amigas, analizando el panorama local y mundial es fácil que seamos escépticos ante este grandioso Reino de Dios, cuando en realidad pareciera el reinado del Maligno. Sin embargo, los discípulos y misioneros de Jesús sin dejar de pisar de tierra, no somos hombres que viven “sin esperanza y sin Dios” (Ef 2, 12). Todo lo contrario, porque tenemos fe en Dios, tenemos esperanza.

Éste es el gran mensaje de la comparación puesta por Jesús. El Reino de Dios y la Palabra de Jesús –que es la semilla, la verdadera y única semilla en la que confluyen nuestros valores, nuestros esfuerzos, nuestra rectitud y sacrificio por un mundo más humano- poseen una fuerza misteriosa y oculta pero tan fecunda que sin que nos percatemos va actuando en el mundo. A nuestros ojos, desde nuestra percepción, son más palpables –sin duda- las noticias de los medios de comunicación que nos inundan con casos de corrupción, de violencia, de crímenes pasionales, de desunión familiar y de crisis financiera en España, de matanzas horrendas en Siria, etc. Pero, esta realidad –aunque sea la más comentada y la más visible- no es la única. Dice un proverbio africano: “Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece”.

            El Reino de Dios nos impone una lógica distinta. La del trabajo humilde y silencioso. Ciertamente, Dios pone su gracia… pero también demanda de nosotros nuestro granito de arena, nuestra respuesta de fe, esperanza y caridad. Cristo, el sembrador, no puede esparcir su semilla (su Palabra) si no es a través de nosotros. ¡Nosotros contamos con Dios! ¡Dios cuenta con nosotros!

            Como en tiempos del profeta Ezequiel, vemos que los “altos cedros, los árboles altos y vigorosos” están cayendo por tierra. Con la Primavera Árabe hemos visto la caída de dictadores y regímenes poderosos; el capitalismo se desmorona junto con sólidas economías europeas… y es que, insiste Jesús, no es la lógica del poder y de la fuerza humana la que termina imponiéndose. ¿Acaso no vivió esto también la Iglesia cuando se hizo tan rica y poderosa en lo político y económico que terminó olvidando el Evangelio?

            Hoy, Dios nos llama a ser esa semilla diminuta, ese grano de mostaza pequeñito pero lleno de una fecundidad porque lleva en su interior el amor de Dios, la fuerza de la Pascua de Jesús y la novedad del Espíritu. “En la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso, para proclamar que el Señor es justo, que en mi Roca no existe la maldad” (Sal 91, 15-16).  

sábado, 21 de abril de 2012


REFLEXIÓN BÍBLICA SEMANAL
Domingo III del Tiempo Pascual - Año B – 22 de abril de 2012
Publica: Oscar Montero, SDB. (oscarmontero_68@hotmail.com)


D
esde el Sábado de la Vigilia Pascual que volvimos a cantar el Gloria y el Aleluya, la palabra “paz” no ha dejado de hacerse presente en los labios de Cristo Resucitado. Dios es fiel a sus promesas, y el primero que creyó en la palabra pronunciada por el Dios de la vida fue su mismo Hijo, Jesucristo. Nosotros, seguidores de Él, no podemos sino recorrer el mismo camino y fiarnos de su palabra.

Creer en la resurrección de los muertos –como rezamos cada domingo después de la homilía del sacerdote- tiene como fundamento creer en la resurrección de Cristo. Este acontecimiento que celebraremos durante cincuenta días no es un hecho del pasado: Cristo, en verdad, no cesa de ofrecerse por nosotros, de interceder por nosotros ante el Padre. Inmolado, ya no vuelve a morir; sacrificado, vive para siempre. Pero, ¿cómo experimentar que Él está vivo?

El Resucitado hoy ha pronunciado una palabra que hace mucho tiempo el mundo ha perdido. “Paz a ustedes” (Lc 24, 36). Las excesivas medidas de seguridad con que el mundo moderno nos ha acostumbrado a vivir, antes que darnos la paz nos la quitan. Las cámaras de seguridad y las rejas que circundan nuestras casas, los detectores de objetos peligrosos en los aeropuertos y las alarmas no avisan ni captan la presencia de Cristo y de su paz. Todo lo contrario, sólo graban nuestros miedos e inseguridades. Sólo nos alertan de cuán angustiados y ansiosos vivimos.

Pero los que hemos resucitado con Cristo y llevamos ya una vida nueva, no podemos hacer depender la verdadera y única paz de cuestiones tan materiales. Jesús, nuestro Señor, antes de partir nos dejó este testamento: “Les dejo la paz, mi paz les doy. Una paz que el mundo no les puede dar. No se inquieten ni tengan miedo” (Jn 14, 27-28).

En uno de sus hechos más maravillosos narrados por los Evangelios, Jesús camina sobre el agua y manda calmar la tormenta. Ante el miedo y el susto de sus seguidores, dijo palabras idénticas a las que escucharon los discípulos el Primer Día de la Semana: “Soy yo. No tengan miedo”.  ¿Cuáles son los grandes miedos que hacen dudar de la presencia del Resucitado? El miedo que también experimentó Jesús en la agonía del Huerto y en la soledad de la cruz es lo más humano de la existencia. Pero como Él, como Pedro –que lo niega lleno de miedo- debemos hacer el camino para llegar a la confianza. Confianza que sólo se puede apoyar en Dios. Así rezamos en el Salmo 4: “Escúchame, cuando te invoco, Dios, defensor mío; tú que en el aprieto me diste anchura”. Tal vez alguien dirá: “lo que me quita la paz es mi pecados, mis muchos pecados”. San Juan nos dijo también hoy: “si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre, a Jesucristo, el Justo” (1Jn 2, 1).

Un dato curioso que han querido revelar los escritores sagrados es que en el cuerpo del Resucitado están presentes todavía las marcas de “manos y pies”. Y es que el Resucitado es el Crucificado. El Dios de la vida que resucitó a Jesús rompiendo las ataduras de la muerte, le hizo justicia al mismo que contemplamos “despreciado y rechazado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento” (Isaías, 53, 3). La vida nueva que ya hemos comenzado a vivir en Cristo sana nuestras heridas. Pero las marcas de manos y pies de Jesús nos quieren decir que el camino de la esperanza pasa siempre por el amor y el sacrificio. No olvidemos nuestras propias marcas, ellas son señales de la pasión y de los dolores de Cristo que todavía compartimos con Él; pero también son signos claros del combate del que salimos y saldremos victoriosos.

domingo, 15 de abril de 2012


TIEMPO DE PASCUA – DOMINGO II – CICLO – B
DE LA DIVINA MISERICORDIA
La resurrección, vivida sinceramente, nos transforma, haciendo de nuestras Comunidades ambientes de Paz, Perdón y solidaridad real.
Hch. 4, 32-35:  "La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios... Los apóstoles daban testimonio con mucho poder de la resurrección del Señor... Ninguno padecía necesidad, porque los que poseían tierras o casas las vendían y ponían el dinero a disposición de los apóstoles, para que se distribuyera a cada uno según sus necesidades".
Salmo 117:       "¡Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterno su Amor!"
1Jn. 5, 1-6:        "El que cree que Jesús es el Cristo, ha nacido de Dios; y el que ama al Padre, ama también al que ha nacido de Él. La señal de que amamos a los hijos de Dios es que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos... el que ha nacido de Dios vence al mundo. Y la victoria... es nuestra Fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Jesucristo vino por el agua y por la sangre... Y el Espíritu da testimonio, porque... es la verdad".
Jn. 20, 19-31:    "Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos estaban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Llegó Jesús y, poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La Paz esté con Uds.!»... les mostró sus manos y su costado... les dijo de nuevo: «La paz esté con Uds.! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a Uds.»... sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados les quedan perdonados a los que Uds. se los perdonen, y serán retenidos a los que Uds. se los retengan». Tomás... no estaba con ellos... le dijeron: «¡Hemos visto al Señor». Él respondió: «Si no veo... no creeré» Ocho días más tarde... apareció Jesús... dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo... Acerca tu mano... En adelante no seas incrédulo, sino hombre de Fe». Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «...¡Felices los que creen sin haber visto»... Éstos [signos] han sido escritos para que Uds. crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y, creyendo, tengan vida en su nombre".
Nunca será fácil convertirse, pero Dios lo hace posible. La Comunidad nacida de la resurrección de Jesús es fruto de la transformación que Dios obra en los que se fían de Él.
Las decisiones de la persona nacen del corazón e implican toda el alma, es decir, todas sus energías. Las palabras ‘corazón’ y ‘alma’ que aparecen en el primer texto de hoy tienen significado simbólico, no físico ni moral.
Dios actúa en el Amor, y quien le recibe en la Fe –que es el único modo de aceptar a Dios– vive en esta dinámica, esencialmente solidaria. El primer bien que debo dar a mi hermano es obedecer lo que Dios me pide y compartir los bienes recibidos del Dios de Salvación.

Después de la resurrección, el único cuerpo de Cristo que se puede ver es su Comunidad de Fe

Los pecados que llevan a la destrucción de la sociedad son la codicia y la soberbia, que son correlativas, se corresponden, marcándose más o menos una de las dos tendencias. La Comunidad de los discípulos de Jesús da testimonio de Él superando, constantemente, ambas con su solidaridad y su servicio al bien y a la verdad, como Jesús le enseñó con su vida.
Signo de la resurrección es atender las urgencias del bien verdadero de los hermanos.

En la Comunidad sólo la Fe en el Señor Jesús resucitado lleva al testimonio del Amor al otro

No siempre es fácil ver cuál es el bien real de los hermanos: para guiarnos están los mandamientos y la Palabra de Dios, ellos nos orientan y aclaran los criterios de una vida de Fe.
Confesar a Jesús supone seguir sus criterios y éstos nos llevan a vivir como hijos de Dios.
El Espíritu de Jesús nos anima a construir en su Amor una Comunidad abierta y servicial.
Jesús resucitado se aparece a los apóstoles y les da los dones de la Pascua: la Paz y el Espíritu
La Fe es un don que Dios entrega a todos los que quieren ‘ver’ como Jesús, pero hay que pedirlo, pues ello significa reconocer nuestra necesidad y nuestra pobreza. Tomás se abrió.
Con la Fe podemos recibir la Paz del Resucitado y su Espíritu que nos lleva al perdón.
Por la Fe aceptamos vivir la Misión de ser testigos, como Jesús, del Amor del Dios-Vida.
En la Fe somos capaces de ver a Jesús en todos los necesitados que siempre nos rodean.
Pidamos a María creer como ella y construir nuestra Comunidad alimentando nuestra Fe.

domingo, 8 de abril de 2012


Reflexión dominical (08.04.12)

NUESTRA ALEGRÍA PASCUAL: JESÚS RESUCITADO

Vamos a darnos un paseo a través de la liturgia de la Vigilia y del primer domingo de Pascua:
“Concédenos, Señor, que la celebración de estas fiestas pascuales encienda en nosotros deseos tan santos que podamos llegar con corazón limpio a las fiestas de la luz eterna”.
Con una vela encendida, signo de la fe que tú tienes, has escuchado este pregón:
“Exulten por fin los coros de los ángeles por la victoria de Rey tan poderoso.
Goce también la tierra, inundada de tanta claridad y que, radiante con el fulgor del Rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero.
Alégrese también nuestra Madre la Iglesia revestida de luz tan brillante”.
¿Cuál fue el motivo de tanto gozo, antes de amanecer el primer día de la semana que desde la resurrección de Jesús se llamó “domingo”, es decir, “día del Señor”?
“Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana  al salir el sol, fueron al sepulcro pensando ¿quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?
Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida, a pesar de que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco.
Les dijo: “No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron”.
María Magdalena se escapó corriendo para dar la noticia a los apóstoles: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.
Juan y Pedro, salieron, corriendo también, al sepulcro y encontraron las vendas en el suelo y el sudario, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.
Juan llegó, entró, vio y creyó. Fue el primero en dar el sí a la resurrección de Cristo, aún antes de verlo resucitado.
San Pablo nos pide a quienes creemos que la resurrección de Jesús es la certeza de nuestra propia resurrección, una actitud comprometida:
“Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”.
Hemos de trabajar en este mundo cumpliendo el deber que Dios nos ha dejado: completar la obra de la creación, glorificando con ello a Dios. El don de Dios en el Resucitado es maravilloso. Es una invitación a la esperanza del cielo, pero debemos vivir aquí hasta que Él nos llame, con el corazón en el cielo donde está Cristo, nuestro Señor y Redentor, recordando que  “hemos muerto y nuestra vida está con Cristo escondida en Dios”.
“Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también nosotros apareceremos, juntamente con Él, en gloria”.
Nuestra Madre, la Iglesia, en estos solemnes días de Pascua nos invita, de diversas formas, a glorificar y agradecer al Señor, que no sólo dio la vida por nosotros, sino que además resucitó y su resurrección es la certeza de nuestra propia glorificación y la seguridad de que un día estaremos con Él para siempre:
“Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la víctima propicia de la Pascua”.
Sí. Ofrezcamos lo mejor de nosotros mismos y pidamos:  
“Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa”.
Esta Pascua en que revivimos con fe y con alegría la resurrección, no sólo el domingo sino toda una semana, vivámosla como nos enseña San Pablo:
“Celebremos la pascua no con levadura vieja de corrupción y pecado sino con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad”.
Esto dará un rumbo nuevo a nuestra vida y nos ayudará a parecernos a Cristo, que ha resucitado para darnos vida eterna.
Repitamos con nuestro salmo responsorial:
“¡Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo!”
Por eso no nos queda más que cantar con el gozo de la liturgia:
“Demos gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia: No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor”.
La obra del Padre es maravillosa. “Es un milagro patente: la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”.
¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

José Ignacio Alemany Grau, obispo