domingo, 29 de enero de 2012


REFLEXIÓN BÍBLICA DOMINICAL                         Oscar Montero Córdova   SDB

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO
Año B (29 de enero de 2012)

                                                                                                             

“Se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad” (Mc 1, 22). Jesús, nuestro único Salvador, es un hombre con autoridad. Tal vez esta palabra nos suene extraña: algunos la asocian con poder –“tiene autoridad el que tiene poder”-, otros simplemente la desprecian y dicen: “en este mundo, ya nadie tiene autoridad”.

Los discípulos no podemos ser menos que el maestro… también en cuestión de autoridad. No es novedad que la Iglesia Católica –sobre todo sus ministros: obispos y sacerdotes- haya perdido credibilidad porque perdió autoridad. Sin embargo, la Palabra de Dios nos recuerda que todos los bautizados estamos llamados a seguir a Jesús, y como seguidores suyos debemos caracterizarnos, entre otras cosas, por nuestra autoridad. Pero no sólo una autoridad moral, sino autoridad evangélica. Es decir, nuestra forma de vivir, de pensar y de hablar refleja con convicción y coherencia que somos de Cristo y le pertenecemos únicamente a Él (1Cor 6, 13s).

Como decía al comienzo, a veces asociamos autoridad con poder. ¡Y no es así! Jesús, fue un “judío marginal y errante”. Tenía un oficio –era artesano, como la profesión de su padre adoptivo, José-; pero ni siquiera tenía status o condición religiosa: no era fariseo ni levita, ni doctor ni sacerdote. Y menos intentó ingresar en las altas esferas de la política. Sin embargo, como repite dos veces el evangelista Marcos en este pasaje: “Este enseñar con autoridad es nuevo” (Mc 1, 27).

En una sociedad que basa su “autoridad” en los títulos académicos, en los rangos sociales, en los cargos, en la forma de vestir, en los lugares que frecuenta… los discípulos y misioneros de Cristo estamos llamados –hoy más que nunca- a devolver a la autoridad su verdadero sentido y a ofrecer a la sociedad una nueva visión de la vida. ¡El mundo necesita profetas!
“Un profeta, de entre los tuyos, de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor, tu Dios. A él lo escucharán…” (Dt 18, 5-6). Por el bautismo todos participamos de la misión de Cristo, el Profeta por excelencia. ¡Todos estamos llamados a ser profetas! Y el mundo sí escucha con gusto a los profetas… no a esos farsantes que andan anunciando desgracias y vaticinando calamidades. ¡No! El profeta, en la Biblia, es aquel que tiene en su boca las palabras de su Dios y habla únicamente en nombre de Él (Cfr. Dt 18, 18).

Ya el papa Pablo VI había dicho: “el mundo contemporáneo escucha con más gusto a los testigos que los maestros. Y si escucha a los maestros es porque son testigos”. Y en Jesús se cumplen ambas cosas: Él es “el Testigo fiel” (Ap 1, 5) y el “único Maestro” (Mt 23, 8). Insisto, los discípulos no podemos ser menos que nuestro Señor: el mundo necesita testigos… y también maestros. Testigos y maestros cuya vida es autoridad. Repito, no busquemos la autoridad ahí donde no está: títulos, cargos, puestos, condecoraciones, rangos… La autoridad de Jesús residió en su coherencia y en su total unidad con Dios, su Padre. Éste también tiene que ser nuestro camino: la coherencia y la comunión con Dios. No hay escándalo más grave para la sociedad que un cristiano que no vive como Cristo… “Brille su luz delante de los hombres de modo que, al ver sus buenas obras, den gloria a su Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16).

            Ahora, el camino del profeta que posee autoridad y se convierte en testigo es un recorrido de sacrificio y de virtud. Les regalo este pensamiento del cardenal John Henry Newman, protestante convertido al catolicismo: “¡No tengas miedo de que un día se acabe tu vida! Teme más bien perder la ocasión de comenzarla correctamente.


domingo, 8 de enero de 2012


CICLO B - TIEMPO ORDINARIO - DOMINGO I - BAUTISMO DEL SEÑOR
Por el Bautismos, aceptamos a Dios como Padre personal y vivir, siguiendo a Cristo Jesús, como hijos de Dios y servidores de los hermanos
Is. 55, 1-11:                "Vengan a tomar agua todos los sedientos…! Coman gratuitamente… tomen vino y leche. ¿Por qué gastan dinero en lo que no alimenta…? Háganme caso… y vengan a mí, escuchen bien y vivirán. Yo haré con Uds. una alianza eterna, obra de mi… amor a David… ¡Busquen al Señor mientras se deja encontrar…! Que el malvado abandone su camino… que vuelva al Señor y él tendrá compasión… que es generoso en perdonar. Porque los pensamientos de Uds. no son los míos… Como el cielo se alza por encima de la tierra, así sobre pasan mis caminos… a los de Uds. Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado, fecundado y hecho germinar la tierra, así sucede con la palabra que sale de mi boca… realiza todo lo que yo quiero…"
Salmo (Is. 12, 2-6):   "Sacarán agua con alegría de las fuentes de la Salvación".
1Jn. 5, 1-9:                  "El que cree que Jesús es el Cristo, ha nacido de Dios; y el que ama al Padre ama también al que ha nacido de Él. La señal de que amamos a los hijos de Dios, es que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos... y [éstos] no son una carga porque el que ha nacido de Dios vence al mundo... ¿Quién vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?... Jesucristo vino por el agua y por la sangre... Y el Espíritu da testimonio porque es el Espíritu de la Verdad... Si damos fe al testimonio de los hombres, con mayor razón tenemos que aceptar el de Dios...".
Mc. 1, 7-11:                "Juan Bautista predicaba diciendo: «Detrás de mí viene el que es más poderoso que yo… Yo los he bautizado a Uds. con agua, por él los bautizará con el Espíritu Santo» Jesús llegó desde Nazaret… y fue bautizado por Juan… Al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido…»"
Comenzamos el tiempo ordinario con la última celebración de la navidad: el bautismo de Jesús. Es la proclamación del hijo amado del Padre, al que debemos seguir y testificar como nuestro Salvador. El único modo digno de hacerlo es obedecer, como Él, al Padre; con Él, servir a los hermanos; en Él, ser dóciles al Espíritu, que nos lleva por caminos de la Santidad, y alimentarnos de Él, guiados por el mismo Espíritu que lo condujo a Él a la máxima exaltación.
Jesús entra en nuestra historia, con su abismo de necesidad y limitación dentro de su vocación de infinita grandeza, y la cambia por dentro: no se trata de conquistar, sino de aceptar; no se trata de esperar que las cosas lleguen, sino de ser dóciles al Señor que se nos llega y nos enriquece en la medida que nos abrimos a Él. No olvidemos jamás: ¡Dios no impone nada, espera!
Dios, en Cristo Jesús, baja al agua del Jordán y la santifica. Bajar es aceptar, respetar.
El agua simboliza en la Biblia el caos, el peligro, pero, por la fuerza del Espíritu de Dios, este mundo se convierte, para aquellos que, como Jesús, se ponen bajo la guía del Espíritu, en ambiente de santificación. No desaparece el caos ni el peligro, pero somos capaces de superarlo.
Dios nos alimenta con lo mejor: su propio Espíritu, que es fuente de Salvación y Vida Nueva
500 años atrás, Isaías pide, a un pueblo destruido, ir al Señor que siempre le alimentó con lo mejor y ¡gratis! Sólo debe volver, ser dócil, no dejarse engañar por otros alimentos falsos.
Creer a Dios es creer en Cristo, seguir su Palabra y construir con los hermanos la Comunidad
Por el bautismo somos hijos muy amados del Padre, socios de Jesús, dando, como Él, la vida para construir de un mundo de hermanos, más humano, en el que Dios sea el único Señor.
Es nuestra identidad y nuestra misión, lo demás es un engaño en el que no debemos caer.
En el bautismo Jesús “dice” su radical aceptación de la paternidad de Dios y su abandono a Él
El Padre presenta a Jesús, el Hijo muy amado. ¡Cuántos deseamos vivamente ser amados!
El Hijo “se mete en el agua” como acto de total justicia: para mí solo Dios es Dios.
El Bautista, con su vida, muestra el camino de grandeza y libertad: centrarnos en Jesús.
Pidamos a María sentirnos hijos muy amados del Padre y, con Jesús, vivir de este modo.

Reflexión dominical 08.01.12

LA MANIFESTACIÓN DE DIOS

“Veneremos este día santo honrado con tres prodigios:
Hoy la estrella condujo  a los magos al pesebre. Hoy el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná. Hoy Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán para salvarnos”.
Esta es la antífona de las segundas vísperas de la Epifanía del Señor.
La palabra “teofanía” se emplea frecuentemente en la Sagrada Escritura para hablarnos de las “manifestaciones de Dios”. Epifanía es una palabra similar ya que etimológicamente significa “manifestación de arriba” y por tanto también manifestación del Señor.
Esta fiesta llamada por la liturgia “Epifanía del Señor” incluye pues las tres manifestaciones de Dios en Cristo.
Hablemos de ellas.
La primera es la del día en que los magos de oriente, iluminados por una estrella especial, llegaron a Jerusalén buscando al Mesías recién nacido.
Sabemos que se fueron a la capital, Jerusalén, pensando que allí estaría el Mesías recién nacido.
Aquél fue el momento que Dios escogió para hacer que los grandes de Israel se enteraran del misterio que los pastores habían conocido la misma noche del nacimiento de Jesús y ahora lo proclamaban los magos de oriente.  Éstos vienen movidos por el Espíritu Santo, que quiso acercar a los gentiles hasta el Salvador del mundo, para que se supiera que Jesús venía no sólo para Israel sino también para todos los seres humanos.
El Evangelio los llama magos y no reyes y no dice cuántos eran.
La tradición, sin embargo, pone tres personajes, seguramente que por el número de dones que ofrecieron a Jesús, oro, incienso y mirra. Incluso se les llegó a dar el nombre de Melchor, Gaspar y Baltasar.
Por lo demás el Evangelio siempre es escueto y también en este relato. Lo más importante es:
“Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre y, cayendo de rodillas lo adoraron”.
La segunda epifanía que recordamos en estos días, según la antífona que meditamos, es la de las bodas de Caná.
Jesús responde a la petición de María, su Madre, convirtiendo el agua que contienen las grandes tinajas, en vino generoso y así “en Caná de Galilea, Jesús comenzó sus milagros, manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en Él”.
Esta es, pues, la segunda epifanía que va precedida de la palabra “hoy”.
La tercera se da en el río Jordán después que Juan bautizó a Jesús, no con un sacramento sino con un bautismo de penitencia y conversión.
El Evangelio del día nos lo cuenta así:
Juan proclama a la multitud “detrás de mí viene el que puede más que yo y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo he bautizado con agua pero él os bautizará con Espíritu Santo.
Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán.
A penas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo:
“Tú eres mi hijo amado, mi predilecto”:
Esta tercera epifanía es una manifestación de la Trinidad Santa en el momento en que Jesús comienza su vida pública:
El Padre habla, el Hijo en el río y el Espíritu Santo bajo el signo de una paloma.
Estos son los misterios que celebramos en estos últimos días del tiempo de Navidad.
Unas fiestas movibles que este año para nosotros se han repartido así:
La fiesta de los magos, el día 8 de enero, el bautismo de Jesús al día siguiente y el relato de las bodas de Caná lo presentará la liturgia más adelante, durante el tiempo ordinario.
Lo importante en estas manifestaciones de Dios es que Dios cumple sus promesas de salvar la humanidad.
Se repite hoy porque para Dios todo es un presente, un hoy de misericordia infinita que nos trae la salvación a los hombres de todos los tiempos.
Aprovechemos estas manifestaciones de Dios para agradecerle y repetir gozosamente: Dios ha visitado a su pueblo y hemos visto su gloria.

José Ignacio Alemany Grau, Obispo