Novena de María Auxiliadora 2015

Novena de María Auxiliadora 2015
Del 16 al 24 de mayo, tradicional Novena en Honor a nuestra Madre Auxiliadora

Bienvenidos a Piura

lunes, 23 de mayo de 2011

Madre, muéstranos a Jesús


Hacemos nuestra esta especie de letanías que nos presentan a María, la mujer de las bienaventuranzas.

Madre, muéstranos a Jesús

EN LOS QUE SON POBRES DE ESPÍRITU

Madre, muéstranos a Jesús

EN LOS QUE SON MANSOS

Madre, muéstranos a Jesús

EN LOS QUE LLORAN

Madre, muéstranos a Jesús

EN LOS QUE TIENEN HAMBRE Y SED DE JUSTICIA

Madre, muéstranos a Jesús

EN LOS QUE SON MTSERICORDIOSOS

Madre, muéstranos a Jesús

EN LOS QUE SON DE CORAZÓN LTMPTO

Madre, muéstranos a Jesús

EN LOS QUE CONSTRUYEN LA PAZ

Madre, muéstranos a Jesús

EN LOS QUE SON PERSECUTDOS POR CRTSTO

Madre, muéstranos a Jesús

EN LOS QUE ESCUCHAN LA PALABRA Y LA VIVEN

Madre, muéstranos a Jesús

EN LOS QUE NO SE ESCANDALIZAN DE JESÚS

Madre, muéstranos a Jesús

EN LOS QUE LO BUSCAN SIN SABERLO

Madre, muéstranos a Jesús

Madre, muéstranos a Jesús

CON TANTOS ROSTROS QUE BUSCAN SER RECONOCIDOS

Y EN TANTOS OTROS QUE QUIEREN SER ATENDIDOS

Madre, muéstranos a Jesús

Y ESO NOS BASTARÁ

Queremos verlo, acercarnos a él y poder tocarlo

Y SANAR LAS HERIDAS QUE HEMOS INFRINGIDO A SU CUERPO

COMO ÉL- NOS ENSEÑÓ A HACERLO.

Día 7º,8ª,9ª Días de la Novena de María Auxiliadora


Día 9º de la Novena de María Auxiliadora – Homilía del P. José Antonio Pacha SDB

Jesús fue un gran revolucionario, no en el sentido de tomar las armas de la violencia, sino porque supo romper esquemas de la cultura de su época. Desde lo alto de la montaña nos ha proclamado estas bienaventuranzas que hemos meditado durante estos días, quizás nunca en la historia se escucharon palabras tan revolucionarias como éstas. una sociedad materialista, machista y regida por la Ley mezquina del "ojo por ojo" Jesús invita a seguir la pobreza de espíritu, la paz, la misericordia, Ia limpieza de corazón, etc. Desde entonces han pasado dos mil años y sus palabras son hoy tan actuales como lo eran el día en que las proclamó.

Acogiendo su voz hemos estado subiendo durante estos días al monte espiritual de las bienaventuranzas. Si subimos no es solo por nuestro esfuerzo personal, porque bien sabemos que todo esfuerzo humano es inútil sin Dios. Primero Dios tuvo que descender misericordiosamente en la persona de su Hijo hasta lo más profundo de nuestra miserable condición pecadora, para que nosotros, una vez redimidos, podamos ascender con y hacia Él. No hay un ascenso si antes no ha habido un descenso. De manera paradójica Jesús no está solamente arriba, en la cima del monte, sino que Él hace el camino con nosotros desde abajo, acompañándonos constantemente con su gracia divina. Y en la medida en que vamos subiendo con Cristo, nos vamos haciendo más perfectos. Hemos visto que este camino de perfección nunca encuentra límites, porque solo Dios es perfecto y Él es infinito. El límite de la perfección consiste en no tener límites. Conforme subimos Jesús nos va saciando, nos lleva a plenitud, pero al mismo tiempo sigue abriendo nuestro apetito para que sigamos siendo cada vez más perfectos. No se trata de caer en el perfeccionismo, es simplemente comprender que por el camino de la virtud mañana podemos ser mejores que hoy y que estancarse en este proceso es retroceder.

Jesús invita a vivir la pobreza de espíritu, pero Él mismo es el pobre; invita a vivir la mansedumbre, pero Él mismo es el manso y estar con Él para siempre es la tierra prometida que se nos ofrece en recompensa; nos invita a asumir el llanto feliz, pero Él mismo ha sufrido por nosotros y es el consuelo de los que sufren; nos invita a tener hambre y sed de nuestra salvación, pero sólo Él sacia nuestros deseos más profundos y nos sigue abriendo el apetito; nos pide practicar Ia misericordia con los hermanos, pero en Él, Dios nos ha mostrado personalmente su misericordia; llama felices a quienes tienen el corazón puro y les promete la visión de Dios, pero Él es la imagen de Dios que resplandece en lo más íntimo de nosotros mismos; a quienes construyan la paz les ofrece la filiación divina siendo Él, el Hijo por excelencia; y a quienes son perseguidos por causa suya les ofrece el Reino, siendo Él mismo la corona de gloria que reciben los vencedores en el combate de la vida. En una palabra, Jesús mismo es el premio prometido para quienes se atreven a ascender con Él y son capaces de llegar muy arriba.

Durante estos días de novena a nuestra Madre hemos venido recorriendo juntos un camino espiritual y progresivo, grada por grada, ascendiendo hasta la cima del monte, donde Jesús nos espera con los brazos abiertos. ¿Qué nos queda ahora? Simplemente creer que esto es posible, creer que podemos subir y llegar bien arriba, y que vale la pena hacerlo. En el subir se juega nuestra auténtica felicidad y el mismo Jesús llama felices o bienaventurados a quienes suben con “Él" .Alguna vez, según un antiguo cuento, los animales se reunieron en congreso para quejarse de los atropellos y excesos cometidos por los seres humanos contra ellos. Todos confesaban ser víctimas de los robos del hombre, todos, menos el caracol, que adujo tener tiempo. Sucede que en la vida moderna nos falta tiempo para todo, pero éste es el tiempo que Dios nos da para amar, no hay otro. AI final seremos juzgados en el amor, pero quien ama de corazón trata de ser humilde, busca la mansedumbre, sufre con amor, construye Ia paz, etc. No existe otra manera. La vida hay que rumiarla para comprenderla mejor desde la fe.

María es la mujer bienaventurada porque vivió a cabalidad el espíritu de las bienaventuranzas. Ella habla poco en el evangelio, pero hace mucho, y lo último que dice a los criados es: "Hagan !o que Él (Jesús) les diga". Ése es el aguinaldo que nos deja esta novena que termina. Hagamos lo que nos dice Jesús, subamos con Él por el monte de las bienaventuranzas y de seguro encontraremos aquella felicidad que tanto buscamos.

Día 8º de la Novena “María y los perseguidos por Cristo”

En el estadio los corredores compiten por vencer, pero aunque no salgan triunfadores, poco antes de llegar a la meta hacen el último empuje. Más importante que llegar primeros o últimos es llegar y llegar con dignidad.

Dice San Pablo que en el estadio los corredores compiten por una corona que se marchita, pero nosotros debemos correr por una que no se marchita. Escuchamos hoy la última invitación de Jesús, que desde lo alto de la montaña nos grita: "Bienaventurados los que son perseguidos por causa mía, porque de ellos es el reino de los cielos". Falta poco para llegar a la cima, Jesús nos está invitando a no desanimarnos, pues es tan fácil desanimarse ante las dificultades y persecuciones.

Llama la atención que en esta grada el premio prometido es el mismo de la primera bienaventuranza: el Reino de los cielos. Sucede que Jesús es el Reino que ha llegado hasta nosotros, es decir, el premio y Ia corona de gloria que no se marchita, reservada sólo para los vencedores, es Jesús y nadie más. El Reino de Dios nos es un sueño, sino una realidad y ha llegado ya hasta nosotros con la venida del Hijo de Dios al mundo, sin embargo, este Reino no ha sido aún consumado. Todos nosotros, acogiendo este Reino como don de Dios, hemos también de ser constructores del mismo, cada quien desde su propia condición. No podemos ser indiferentes, no podemos quedarnos "mirando al cielo y con los brazos cruzados" como los apóstoles en el día de la ascensión del Señor. Jesús no es un recuerdo, es acción, es compromiso, es tarea por realizar. Y la condición ahora para acoger este Reino es ser perseguido por causa suya.

Alguna vez dijo Jesús a sus discípulos: "lo que hagan conmigo también lo harán con ustedes". Y ocurre que Jesús fue perseguido por su proyecto de vida, por sus valores, por su testimonio del Padre. Esta fidelidad trajo consigo persecución y ésta a su vez le condujo a su muerte. Aún hoy el Señor continúa siendo perseguido por todos aquellos que ven en Dios un enemigo del hombre. Si esto ha sucedido con el Señor ¿qué nos espera a nosotros? A menudo queremos un Cristo fácil, un Cristo que no sea exigente y que no nos complique la vida con nadie, un Cristo hecho a nuestra medida, pero pretender esto es traicionar el mensaje de Jesús.

Muchos niños inocentes murieron por Cristo, aún sin saberlo, durante la persecución de Herodes. Desde los primeros tiempos lo cristianos fueron perseguidos por el simple hecho de ser cristianos: les quitaban sus bienes y les hacían morir cruelmente en el circo o en las hogueras. Son incontables los testimonios de cristianos que derramaron su sangre por Cristo y murieron felices en medio del tormento. La iglesia siempre ha considerado el martirio cruento como un don tan grande que nos abre inmediatamente las puertas del cielo. La vida religiosa, en el siglo lV, nació como una forma de martirio incruento, uno manera lenta y progresiva de ofrecer la propia vida por Cristo.

Quizás hoy no tengamos la gracia de derramar nuestra sangre en nombre de Jesús, pero existen innumerables formas de persecución en su nombre: Los que quieren hacer el bien, los que buscan ser honestos, justos y verdaderos, de continuo sufren las burlas de los demás; los que quieren seguir a Cristo en la vida sacerdotal y religiosa a veces sufren la incomprensión de sus padres (Don Bosco vio morir a un niño cuya madre se avergonzaba de que algún día llegara a ser sacerdote); los que sueñan con grandes ideales en nombre de Cristo no siempre son acogidos bien por los otros (al mismo Don Bosco quisieron internarlo en un manicomio porque hubo quienes pensaron que estaba loco).

Pero ocurre también esta situación. Quien quiere ser buen cristiano de continuo se ve perseguido por un conjunto de antivalores, de placeres desenfrenados y pasiones, que Ie proponen caminos diferentes al camino der señor. En este caso es valiente quien sabe huir, y feliz aquel que se sienta perseguido por estas cosas, pues si es perseguido significa que él no forma parte cie esta realidad.

Nuestra Madre María no estuvo exenta de sufrir la persecución por Cristo; apenas nacido su hijo tuvo que huir con Él hacia Egipto porque Herodes quería matar al niño. Por su fidelidad, porque nunca se apartó de su Hijo a pesar de las incomprensiones y persecuciones, Ella ha recibido como nadie el premio del Reino.

Acojamos una vez más esta invitación de Jesús y sintámonos felices de ser perseguidos en nombre suyo. EI premio prometido es Él mismo, cual corona inmarchitable de ros vencedores en el combate de la vida.

7º Día de la Novena: María y la paz

Jesús nos invita a no detenernos en nuestro camino de ascenso espiritual en el monte de las bienaventuranzas, escuchamos su voz que nos dice hoy: "Bienaventurados los constructores de paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios". El premio que nos promete es demasiado grande: se trata de ser hijos de Dios, obtener la filiación divina. La condición, sin embargo, pareciera ser simple: construir Ia paz.

Días atrás habíamos hablado acerca de nuestro instinto natural de agresividad y cómo éste muchas veces "nos desborda", perdemos su control y se convierte en violencia. Y debemos ser lo suficientemente honestos como para reconocer que vivimos en un mundo marcado por la cruz de la violencia. Cuánta sangre se ha derramado en las guerras, que se cuentan por millares en la historia de la humanidad; cuántas muertes de hombres, mujeres y niños inocentes; cuánta destrucción por doquier. Sólo por citar unos ejemplos: en la primera guerra mundial, en los albores del siglo pasado, murieron aproximadamente diez millones de personas, entre soldados y civiles; pasaron sólo algunos años y en la segunda guerra mundial el número se elevó a cincuenta y cinco millones de muertos. Poco después le preguntaron al gran físico Albert Einstein cómo sería la tercera guerra mundial, y él respondió más bien por la cuarta, que a su entender sería con palos, huesos y piedras, como dando a entender los efectos devastadores de una tercera guerra si llegara a producirse. Veamos otros ejemplos: Hace casi veinte años, en Ruanda, en sólo treinta días murieron un millón de personas, tras la guerra civil entre dos tribus, los hutus y los tutsis; y sin ir tan lejos, en nuestro país, aún lloramos miles de pérdidas de hermanos nuestros como consecuencia del flagelo del terrorismo. No podemos justificar la irracionalidad de la guerra, a sabiendas que detrás de todas ellas se ocultan intereses mezquinos, grandes egoísmos, odios y rivalidades. Y pensar que grandes intereses económicos alientan la carrera armamentista.

Sin embargo, la guerra no es la única forma de violencia. Nosotros mismos, de una u otra manera, somos portadores de violencia en nuestros ambientes: bastan palabras agresivas, bastan gestos amenazantes para hacernos cómplices de esta espiral. Cuántas madres sufren la violencia de sus esposos, cuántos niños sufren maltrato infantil, cuántos súbditos son víctimas del maltrato de sus patrones. La violencia se disfraza de muchas formas de las cuales no siempre somos conscientes. A menudo nuestras posturas agresivas sólo son el reflejo de situaciones conflictivas que vivimos en nuestro mundo interior, de nuestros descontentos, de nuestros traumas, y los demás no tienen la culpa de ello. Los deleites de la vida no podemos gozarlos realmente si no hay paz en nuestro interior.

La paz es una necesidad de todos los tiempos, un don grande que debemos pedir en todo momento. Cuando Cristo resucitado se apareció a sus apóstoles, el primer don que les dejó fue el de la paz. Y es que en esos discípulos no había paz interior, estaban confundidos y apesadumbrados por lo que habían vivido días atrás. Sin embargo, la paz que Jesús nos ofrece no es la paz que nos ofrece el mundo. En efecto, la paz del mundo es la paz del más fuerte, la paz que imponen las armas, la paz de los más poderosos, de los vencedores. Es una paz débil, pues a menudo se fundamenta sobre los intereses de unos pocos. Por el contrario, la paz que Jesús nos concede es la paz del amor, es la paz que brota del corazón que se siente perdonado por Dios; es una paz fuerte y duradera. Si nuestro corazón está turbado por el propio pecado, Jesús nos espera en el sacramento de la reconciliación para otorgarnos su perdón. Sólo el que se siente amado es capaz de amar, sólo el que se siente perdonado es capaz de perdonar, sólo el que tiene paz interior es capaz de comunicarla hacía fuera, pues nadie da lo que no tiene.

Grandes hombres, aún sin ser cristianos o católicos, han sido constructores de paz. Entre muchos, uno de ellos lleva por nombre Martin Luther King, otro es conocido como Mahatma Gandhi. Este último fue admirador de Cristo, pero no quiso hacerse cristiano por el anti testimonio de muchos cristianos de su tiempo, inmersos quizás en peleas y disputas. Ellos vencieron la violencia de su época con las armas de Ia paz.

Hemos escuchamos en el evangelio cómo el anciano Simeón encontró en el templo la paz que tanto buscaba aquel día glorioso de su encuentro con el niño Dios. Y es que sólo Jesús, y nadie más, nos comunica esa paz que tanto anhelamos en el corazón. También la Virgen María, en su vida diaria, fue constructora de paz, y Io hacía sin necesidad ruido, con su sola mirada, con su sonrisa, con sus gestos de amor y comprensión. En el templo el anciano Simeón le profetizó grandes pruebas y sufrimientos y Ella en medio del dolor supo mantener Ia calma y comunicarla a los demás.

Subamos con Jesús esta nueva grada, pues el don prometido no tiene parangón alguno. Él es el Hijo y quiere que nosotros también seamos hijos. Dios reconoce como hijos suyos a los que se hacen constructores de paz.

domingo, 22 de mayo de 2011

Reflexión Dominical 22-05-2011, Domingo V de Pascua





DOMINGO V DE PASCUA


Año A (22 de mayo de 2011)


Hch 6, 1-7; Sal 32; 1P 2, 4-9; Jn 14, 1-12



REFLEXIÓN BÍBLICA DOMINICAL Oscar Montero Córdova SDB



“Enséñame, Señor, tu camino para que siga tu verdad” (Salmos 85, 11)





“No se angustie su corazón. Tengan fe en Dios y tengan fe en mí” (Jn 14, 1). Con estas profundas palabras Jesús se dirige hoy a todos nosotros. Estamos en el mes de María, Madre de Dios y Madre nuestra, y la frase que Jesús ha ofrecido a sus apóstoles se parece a la que el ángel Gabriel comunicara a María el día de la Anunciación: “No temas, María” (Lc 1, 30).



Una comprensión realista de la existencia humana –y más en tiempos de globalización, donde todo el mundo anda y corre agitado y turbado de aquí para allá- nos dice que muchas veces experimentamos la ansiedad, el estrés y hasta la depresión. Hay situaciones límites y no programadas que nos roban la paz del corazón. Jesús, verdadero hombre, ofrece su mensaje a los hombres. No nos habla un ángel, un ser espiritual ajeno a las carencias del mundo. El sentimiento de intranquilidad que ataca a los discípulos es el mismo que Jesús ha vivido ante la muerte de su amigo Lázaro (Jn 11, 33: “Jesús, al verla llorar, y a los judíos que también lloraban, se conmovió y suspiró profundamente), ante la traición de Judas (Jn 13, 21: “Jesús se sintió profundamente conmovido y exclamó: Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar”) y ante la inminencia de su destino mortal (Jn 12, 27: “Me encuentro profundamente angustiado”).



Si Jesús, el mismísimo Hijo de Dios, el hombre perfecto (Cfr. Ef 4, 13) no ha podido evitar en su interior los sentimientos encontrados, ¿vamos a pretender nosotros sacarle el cuerpo a los problemas de la vida cotidiana? ¡Imposible! Y aunque no seamos responsables de sentir miedo y angustia en el alma, sí somos responsables de la actitud qué tomemos ante dicho miedo y angustia. Jesús nos propone la actitud de fe: ¡Tengan fe en Dios y tengan fe en mí! (Jn 14, 1). Para los cristianos -discípulos de Cristo e hijos amados del Padre Dios- la vida y sus circunstancias no se comprenden sino desde la dimensión de fe. Podré buscar respuestas en la Psicología, en la Medicina y en toda Ciencia… pero las interrogantes más profundas de la existencia sólo adquieren un sentido desde la fe.



La vida de los santos, a las que a veces contemplamos con rareza y con lejanía, tiene su fundamento en la fe. Cuentan que al final de su vida, mientras presidía una eucaristía en el templo del Sacro Cuore; Don Bosco interrumpió con su llanto la celebración muchísimas veces. Cuando le interrogaron por la razón de tanto sollozo, respondió algo así: ¡Ahora comprendo toda la misión que Dios me confió! ¡Pero si hubiera tenido más fe… hubiera podido llevar a cabo obras mayores…!



Sería conveniente que hoy nos examinemos sobre la medida de nuestra fe. ¿Soy un hombre, una mujer de fe? Ante los problemas y los sufrimientos inevitables de la vida, ¿pierdo fácilmente la paz del corazón? ¿Busco en la fe en Cristo la respuesta y el sentido a mis dificultades? Sería bueno enlazar el tema de la fe con el de las obras. Jesús hoy alude mucho a las obras que realiza en nombre de Dios Padre: “… si no creen en mis palabras, crean al menos a las obras que hago” (Jn 14, 11). ¿Soy un católico creíble por mis palabras y por mis obras? ¿Son las obras expresión de mi fe sincera? ¿Acaso mis palabras van por un lado, y mis obras por otro?



Aunque las lecturas previas y el evangelio se prestan para una reflexión más extensa, quiero que terminemos reflexionando sobre dos dimensiones características de nuestro cristianismo: la verdad y la vida eterna en el cielo.



Asistimos a una profunda crisis de la verdad. Los últimos papas han insistido en su magisterio sobre el tema de la verdad ante una nueva dictadura, más solapada y discreta pero no menos dañina e inmoral: la dictadura del relativismo. Claro que Jesús, el Señor, no nos dejó un tratado sobre la verdad, mucho menos se preocupó por conceptualizarla. Él simplemente dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6). Los cristianos tenemos nuestra única referencia y nuestro único estilo de vida en Cristo. En la medida que caminamos tras Jesús experimentamos la verdad que nos hace libres (Cfr. Jn 8, 32). En la medida que caminamos tras Jesús experimentamos que la única verdad viene de la revelación de Dios Padre: “Lo que les digo no son palabras mías. Es el Padre que vive en mí, el que está realizando su obra” (Jn 14, 10). Pretender el conocimiento de la verdad sólo con fines utilitaristas es manipularla. De la pregunta por la utilidad de la verdad a la justificación de la corrupción, de la injusticia y de todo pecado sólo hay un paso.



Hace pocos días los medios citaban la declaración del científico británico Stephen Hawking: “El más allá es un cuento de hadas”. La fe cristiana no se puede tragar así no más estas palabras. El creyente, sin olvidar sus tareas en esta tierra, sabe que en “la casa del Padre hay un lugar para todos” (Jn 14, 2). Y esa casa tiene un nombre: el cielo. San Juan Bosco repetía a sus jóvenes: “Los espero en el paraíso”. Allá es nuestro destino, y no es ninguno cuento de hadas.

sábado, 21 de mayo de 2011

6º Día: MARÍA Y LA PUREZA DE CORAZÓN

Transcripción de la Homilía del P. José Antonio Pachas SDB

6º Día: MARÍA Y LA PUREZA DE CORAZÓN

¿Qué sucede con una casa, cuando ésta, por mucho tiempo, no es habitada por persona alguna? Sucede que esta casa se irá llenando de basura, se llenará de polvo, se llenará la telaraña. ¿Qué sucede cuando un camino por mucho tiempo no es transitado por la gente? Sucede que este camino, se llenará de maleza, vendrán animales feroces y rondarán por ese camino. ¿Qué sucede cuando en el corazón no se encuentra Dios? Sucede que el corazón se llena de pecado, se llena de tinieblas, de oscuridad, y entonces no podemos ver a Dios.

Esta noche Jesús nos habla por sexta vez, desde lo alto del monte espiritual de las bienaventuranzas. Jesús esta noche nos invita a no detenernos en el camino a seguir subiendo; estamos invitados a seguir perfeccionándonos; debemos estar muy atentos para acoger en el corazón lo que él, nos quiere enseñar en esta noche. Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios; el premio que Jesús nos está prometiendo, es la visión de Dios; ver a Dios. La condición que nos pide para alcanzar este premio tan grande, es tener el corazón puro. Pero allí hay una dificultad, queridos hermanos ¿y cuál es esta dificultad? Sucede que a Dios nadie lo ha visto jamás, nadie en esta vida puede contemplar el rostro de Dios. La Sagrada Escritura es clara en este aspecto. Dicen no se puede ver a Dios y seguir viviendo. Hay un pasaje en el Antiguo Testamento; Moisés, en el monte quería ver el rostro de Dios, Dios le hablaba, un día le dijo: Señor, déjame ver tu rostro; hazme este favor y dice el escritor bíblico, que Dios le habló diciéndole: Mi gloria pasará delante de ti, podrás ver mis espaldas pero mi rostro no lo verás jamás y efectivamente pasó delante de Moisés, la gloria de Dios y Moisés, apenas pudo ver su espalda. Este relato simbólico nos quiere expresar esta limitación que tenemos en nuestra vida terrenal. Toda nuestra vida ansiamos ver el rostro de Dios, como dice el salmista, tu rostro buscaré Señor, no me escondas tú rostro. Toda nuestra vida ansiamos ver el rostro de Dios, cara a cara; sin embargo, el rostro de Dios, sólo lo veremos, después de nuestra muerte; lo que los teólogos llaman visión beatifica, visión feliz; contemplar cara a cara el rostro de Dios; es algo que nos está reservado solamente después de la muerte. En esta vida es imposible. Entonces nos preguntamos que Jesús en esta bienaventuranza nos está engañando; porque nos promete ver a Dios; en esta vida no podemos ver a Dios. No será que él nos está prometiendo algo que es imposible para nosotros, queridos hermanos. Jesús no nos engaña, vamos a tratar de descubrir los misterios que están ocultos en la sexta bienaventuranza. Jesús no se refiere el ver a Dios cara a cara, no se refiere a la visión beatifica, Jesús nos está hablando de la posibilidad que tenemos todos los seres humanos de contemplar a Dios en el propio interior, de ver a Dios en el propio corazón, si es que tenemos el corazón limpio. Porque si el corazón está lleno de oscuridad no podemos encontrar a Dios en nosotros.

¿Dónde buscamos a Dios? Queremos verlo, queremos alcanzarlo, lo buscamos aunque siempre es Él, el que nos encuentra. Pero donde buscamos a Dios. Sucedió que Dios dice, un cuento quería esconderse del ser humano, para que el hombre no lo encontrara, pero no sabía dónde y entonces reunió a todos sus ángeles, para que cada uno le diera un consejo, ¿dónde puedo esconderme de este hombre que descubre todo? y los Ángeles, uno a uno, comenzaron a darle su consejo. Uno le decía súbete a la montaña más elevada, donde el hombre no pueda llegar; escóndete en lo más profundo del mar allí no te encontrarán; otro le decía esconderte en la selva más enmarañada de seguro que no te van a encontrar. Y así uno a uno, le fueron dando su consejo. Por último habló el ángel más anciano le dijo: escóndete en el corazón del hombre, es el último lugar donde te van a buscar. No nos sucede a nosotros lo mismo queridos hermanos. En nuestra vida no ocurre la sabiduría que encierra este cuento. Estamos buscando a Dios por todas partes, siempre lo buscamos por fuera; nos olvidamos que ya desde nuestro bautismo Dios habita en el corazón de cada uno de nosotros y es allí donde tendríamos que buscarlo primeros.

San Agustín, ese gran santo de la Iglesia, casi al final de su vida escribió una obra muy bonita y muy famosa se llama “Confesiones”. Narra su vida, la experiencia que él tuvo de Dios, allí se encuentran unas hermosas palabras que constituyen una hermosa oración, que Agustín le eleva a Dios y más o menos le dice lo siguiente: ¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé¡ y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por de fuera te buscaba. Mis queridos hermanos nos afanamos por buscar Dios, quisiéramos encontrarlo pero siempre lo buscamos afuera; olvidamos de que Dios vive en el propio corazón.

Dios hizo el universo queridos hermanos, cada cosa creada Dios dejó la huella de su ser, de tal manera que en la creación podemos contemplar algo de Dios. Soy capaz de contemplar la hermosura de una rosa; esa hermosura me habla del hermosura infinita de Dios, porque Dios es su creador; si yo puedo contemplar la dulzura de una madre; esa dulzura maternal me habla de la dulzura infinita de Dios. Cuando creó al ser humano les puso un amor muy especial, a diferencia de los demás seres. Dios nos amó, amor de predilección, quiso dejar su huella en nosotros; hizo algo más Dios, a cada uno de nosotros nos ha creado a su imagen y semejanza; en tu corazón y en mi corazón no solamente hay huellas de Dios. Ayer decíamos que cuando somos misericordiosos, nos parecemos a Dios. quiso Dios grabar, inscribir esta imagen divina en nosotros. Dios quiso hacerlo en el propio corazón; Cuando hablo de corazón, no me refiero a ese órgano que late y bombea sangre; cuando hablo de corazón me refiero a aquel lugar que constituye lo más íntimo a uno de nosotros, el lugar donde en mi propia intimidad, Dios me habla; donde yo puedo conversar con Dios allí en lo más íntimo de mí mismo. En lo más íntimo de mí mismo, Dios ha querido grabar su propia imagen; está imagen cuando está limpia como el sol, brilla, es radiante, pero sucede en nuestra vida que conforme vamos creciendo el pecado aflora en nuestra vida; conforme crecemos nuestros pecados se hacen más grandes, más pesados. ¿Qué hace el pecado con esta imagen tan brillante que habita en el interior?, el pecado la opaca, la oscurece, hace que el corazón se llene de tinieblas. Aquella imagen que está llamada a resplandecer brillante como el sol; poco a poco se va convirtiendo en oscuridad algo parecido a lo que sucede con un bello metal. Alguna vez podemos contemplar un metal completamente limpio y bello podemos ponerlo bajo la luz del sol y el metal brilla, es mas hasta podríamos contemplar nuestro rostro en ese metal. Que sucede si de pronto ese metal se ve corroído, poco a poco se va oxidando, se va llenando de herrumbre, ese metal pierde su brillo, pierde su belleza, bajo el sol ese metal corroído, no lo puede reflejar mi rostro; debo traer una lija y comenzar a limpiar el metal tratando de sacarle esa herrumbre Y conforme voy limpiando el metal otra vez ese metal va recuperando su brillo, otra vez ese metal va recuperando su belleza, hasta que queda completamente limpio , realmente puedo reflejar mi rostro bajo la luz del sol. Si has comprendido el ejemplo aplícalo a tu propio corazón. Cuando tú corazón esté limpio de pecado como un sol que brilla mírate por dentro y podrás contemplar en ti la hermosura de Dios que anida en tu corazón y en mi corazón. Para limar mi propio corazón y para que no se vea opacada la bella imagen de Dios, Jesús te espera en el sacramento de la reconciliación no importa que haya pasado una semana que haya pasado un mes, que haya pasado una año, no importa que hayan pasado muchos años, lo que importa es que Jesús quiere perdonarte por dentro, Jesús quiere purificarte, lavarte, Pablo, había sido un recaudador de impuestos y tenía fama de ladrón, llegó a ser un gran apóstol que, dio su vida su vida por el Señor. Cuánto puede hacer en la vida de un hombre una mirada cariñosa. Que diferente sería nuestra vida queridos hermanos si aprendiéramos a mirarnos diferente y esto solamente sucede, cuando tenemos limpio el corazón.

Otro día mientras Jesús estaba en el templo enseñando se acercó una multitud alborotada ¿que estaba sucediendo? traían a una mujer arrastrando, la mujer había sido sorprendida infraganti pecando, estaba engañando su marido. La gente miraba a esa mujer que arrastraban con ojos físicos, la gente tenía sucio el corazón ¿y que veían en esa mujer? veían a una pecadora, que tenía que morir. Maestro hemos sorprendido a esta mujer engañando su esposo, según la ley, tiene que morir. ¿Tú qué dices? y Jesús que tenía limpio el corazón contempló a la mujer no con los ojos físicos, la contempló con los ojos el corazón, fue más allá de las apariencias, vio en esa mujer; si bien pecadora, vio a una hija de Dios que estaba arrepentida; que quería ser perdonada y que quería cambiar de vida. Hija nadie te ha condenado, yo tampoco te condeno, yo te perdono, andar tranquila y no peques mas, y aquel día la vida de esa mujer cambió, porque hubo un hombre que la miró con mirada limpia y ese hombre tenía limpio el corazón, Cristo Jesús, el hijo de Dios. Podríamos y preguntarnos ¿y nosotros como nos miramos, los unos a los otros? ¿Cuándo miras a tu hermano o, a tu hermana te queda solamente en las apariencias? ¿Cuándo miras a tu hermano o, a tu hermana lo haces solamente con los ojos físicos?; si corazón esté limpio puedes contemplar en ti la presencia de Dios presencia de Dios, y esa presencia de Dios que hay en ti; te permitirá contemplar a tus hermanos con los ojos del corazón, iras más allá de las apariencias y podrás descubrir que en tu hermano y en tu hermana también habita Dios.

La Virgen María, tenía limpio el corazón, si Dios la amó desde la eternidad, no fue pos su dinero, María no lo tenía, si Dios amó a la Virgen desde la eternidad no fue por su condición social, era una mujer pobre, tampoco fue por sus estudios, no los tenía, quizás ni siquiera sabía leer ni escribir, si Dios amó María desde la eternidad, la amó porque tenía limpio el corazón. Nunca en el corazón de María hubo la, más mínima mancha de pecado. Hemos escuchado el saludo del Ángel. El Ángel le dice: alégrate llena de gracia, la que tiene el corazón puro, la que nunca ha tenido pecado y nunca lo tendrá. En griego se dice “Quejaritomene”, es la única vez que este texto aparece en toda la Biblia y solamente se aplica a la Virgen María, la llena de gracia la de corazón puro.

Pidámosle pues queridos hermanos en este sexto día en la Novena, a esta Virgen querida, limpio corazón pidámosle que por su intersección obtengamos de Dios la gracia de purificar nuestro propio corazón. Esta vida podemos contemplar lo allí en nuestro propio corazón, después de la muerte podremos contemplarlo cara a casa, tal como Él es, y así con un corazón limpio, no solamente contemplemos a Dios, sino también aprendamos a contemplarlo presente en cada uno de nuestros hermanos, porque en el corazón de cada hermano habita Dios de una manera misteriosa. Que el Seño nos bendiga, nos acompañe y nos ayude a hacer realidad en nuestra vida esta hermosa bienaventuranza que un día Jesús proclamó desde lo alto de la montaña Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios.

Francisco Rosas Castillo

Salesiano Cooperador

Transcripción de la Homilía del P. José Antonio Pachas SDB

6º Día de la Novena: MARÍA Y LA PUREZA DE CORAZÓN


¿Qué sucede con una casa, cuando ésta, por mucho tiempo, no es habitada por persona alguna? Sucede que esta casa se irá llenando de basura, se llenará de polvo, se llenará la telaraña. ¿Qué sucede cuando un camino por mucho tiempo no es transitado por la gente? Sucede que este camino, se llenará de maleza, vendrán animales feroces y rondarán por ese camino. ¿Qué sucede cuando en el corazón no se encuentra Dios? Sucede que el corazón se llena de pecado, se llena de tinieblas, de oscuridad, y entonces no podemos ver a Dios.


Esta noche Jesús nos habla por sexta vez, desde lo alto del monte espiritual de las bienaventuranzas. Jesús esta noche nos invita a no detenernos en el camino a seguir subiendo; estamos invitados a seguir perfeccionándonos; debemos estar muy atentos para acoger en el corazón lo que él, nos quiere enseñar en esta noche. Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios; el premio que Jesús nos está prometiendo, es la visión de Dios; ver a Dios. La condición que nos pide para alcanzar este premio tan grande, es tener el corazón puro. Pero allí hay una dificultad, queridos hermanos ¿y cuál es esta dificultad? Sucede que a Dios nadie lo ha visto jamás, nadie en esta vida puede contemplar el rostro de Dios. La Sagrada Escritura es clara en este aspecto. Dicen no se puede ver a Dios y seguir viviendo. Hay un pasaje en el Antiguo Testamento; Moisés, en el monte quería ver el rostro de Dios, Dios le hablaba, un día le dijo: Señor, déjame ver tu rostro; hazme este favor y dice el escritor bíblico, que Dios le habló diciéndole: Mi gloria pasará delante de ti, podrás ver mis espaldas pero mi rostro no lo verás jamás y efectivamente pasó delante de Moisés, la gloria de Dios y Moisés, apenas pudo ver su espalda. Este relato simbólico nos quiere expresar esta limitación que tenemos en nuestra vida terrenal. Toda nuestra vida ansiamos ver el rostro de Dios, como dice el salmista, tu rostro buscaré Señor, no me escondas tú rostro. Toda nuestra vida ansiamos ver el rostro de Dios, cara a cara; sin embargo, el rostro de Dios, sólo lo veremos, después de nuestra muerte; lo que los teólogos llaman visión beatifica, visión feliz; contemplar cara a cara el rostro de Dios; es algo que nos está reservado solamente después de la muerte. En esta vida es imposible. Entonces nos preguntamos que Jesús en esta bienaventuranza nos está engañando; porque nos promete ver a Dios; en esta vida no podemos ver a Dios. No será que él nos está prometiendo algo que es imposible para nosotros, queridos hermanos. Jesús no nos engaña, vamos a tratar de descubrir los misterios que están ocultos en la sexta bienaventuranza. Jesús no se refiere el ver a Dios cara a cara, no se refiere a la visión beatifica, Jesús nos está hablando de la posibilidad que tenemos todos los seres humanos de contemplar a Dios en el propio interior, de ver a Dios en el propio corazón, si es que tenemos el corazón limpio. Porque si el corazón está lleno de oscuridad no podemos encontrar a Dios en nosotros.


¿Dónde buscamos a Dios? Queremos verlo, queremos alcanzarlo, lo buscamos aunque siempre es Él, el que nos encuentra. Pero donde buscamos a Dios. Sucedió que Dios dice, un cuento quería esconderse del ser humano, para que el hombre no lo encontrara, pero no sabía dónde y entonces reunió a todos sus ángeles, para que cada uno le diera un consejo, ¿dónde puedo esconderme de este hombre que descubre todo? y los Ángeles, uno a uno, comenzaron a darle su consejo. Uno le decía súbete a la montaña más elevada, donde el hombre no pueda llegar; escóndete en lo más profundo del mar allí no te encontrarán; otro le decía esconderte en la selva más enmarañada de seguro que no te van a encontrar. Y así uno a uno, le fueron dando su consejo. Por último habló el ángel más anciano le dijo: escóndete en el corazón del hombre, es el último lugar donde te van a buscar. No nos sucede a nosotros lo mismo queridos hermanos. En nuestra vida no ocurre la sabiduría que encierra este cuento. Estamos buscando a Dios por todas partes, siempre lo buscamos por fuera; nos olvidamos que ya desde nuestro bautismo Dios habita en el corazón de cada uno de nosotros y es allí donde tendríamos que buscarlo primeros.


San Agustín, ese gran santo de la Iglesia, casi al final de su vida escribió una obra muy bonita y muy famosa se llama “Confesiones”. Narra su vida, la experiencia que él tuvo de Dios, allí se encuentran unas hermosas palabras que constituyen una hermosa oración, que Agustín le eleva a Dios y más o menos le dice lo siguiente: ¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé¡ y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por de fuera te buscaba. Mis queridos hermanos nos afanamos por buscar Dios, quisiéramos encontrarlo pero siempre lo buscamos afuera; olvidamos de que Dios vive en el propio corazón.


Dios hizo el universo queridos hermanos, cada cosa creada Dios dejó la huella de su ser, de tal manera que en la creación podemos contemplar algo de Dios. Soy capaz de contemplar la hermosura de una rosa; esa hermosura me habla del hermosura infinita de Dios, porque Dios es su creador; si yo puedo contemplar la dulzura de una madre; esa dulzura maternal me habla de la dulzura infinita de Dios. Cuando creó al ser humano les puso un amor muy especial, a diferencia de los demás seres. Dios nos amó, amor de predilección, quiso dejar su huella en nosotros; hizo algo más Dios, a cada uno de nosotros nos ha creado a su imagen y semejanza; en tu corazón y en mi corazón no solamente hay huellas de Dios. Ayer decíamos que cuando somos misericordiosos, nos parecemos a Dios. quiso Dios grabar, inscribir esta imagen divina en nosotros. Dios quiso hacerlo en el propio corazón; Cuando hablo de corazón, no me refiero a ese órgano que late y bombea sangre; cuando hablo de corazón me refiero a aquel lugar que constituye lo más íntimo a uno de nosotros, el lugar donde en mi propia intimidad, Dios me habla; donde yo puedo conversar con Dios allí en lo más íntimo de mí mismo. En lo más íntimo de mí mismo, Dios ha querido grabar su propia imagen; está imagen cuando está limpia como el sol, brilla, es radiante, pero sucede en nuestra vida que conforme vamos creciendo el pecado aflora en nuestra vida; conforme crecemos nuestros pecados se hacen más grandes, más pesados. ¿Qué hace el pecado con esta imagen tan brillante que habita en el interior?, el pecado la opaca, la oscurece, hace que el corazón se llene de tinieblas. Aquella imagen que está llamada a resplandecer brillante como el sol; poco a poco se va convirtiendo en oscuridad algo parecido a lo que sucede con un bello metal. Alguna vez podemos contemplar un metal completamente limpio y bello podemos ponerlo bajo la luz del sol y el metal brilla, es mas hasta podríamos contemplar nuestro rostro en ese metal. Que sucede si de pronto ese metal se ve corroído, poco a poco se va oxidando, se va llenando de herrumbre, ese metal pierde su brillo, pierde su belleza, bajo el sol ese metal corroído, no lo puede reflejar mi rostro; debo traer una lija y comenzar a limpiar el metal tratando de sacarle esa herrumbre Y conforme voy limpiando el metal otra vez ese metal va recuperando su brillo, otra vez ese metal va recuperando su belleza, hasta que queda completamente limpio , realmente puedo reflejar mi rostro bajo la luz del sol. Si has comprendido el ejemplo aplícalo a tu propio corazón. Cuando tú corazón esté limpio de pecado como un sol que brilla mírate por dentro y podrás contemplar en ti la hermosura de Dios que anida en tu corazón y en mi corazón. Para limar mi propio corazón y para que no se vea opacada la bella imagen de Dios, Jesús te espera en el sacramento de la reconciliación no importa que haya pasado una semana que haya pasado un mes, que haya pasado una año, no importa que hayan pasado muchos años, lo que importa es que Jesús quiere perdonarte por dentro, Jesús quiere purificarte, lavarte, Pablo, había sido un recaudador de impuestos y tenía fama de ladrón, llegó a ser un gran apóstol que, dio su vida su vida por el Señor. Cuánto puede hacer en la vida de un hombre una mirada cariñosa. Que diferente sería nuestra vida queridos hermanos si aprendiéramos a mirarnos diferente y esto solamente sucede, cuando tenemos limpio el corazón.


Otro día mientras Jesús estaba en el templo enseñando se acercó una multitud alborotada ¿que estaba sucediendo? traían a una mujer arrastrando, la mujer había sido sorprendida infraganti pecando, estaba engañando su marido. La gente miraba a esa mujer que arrastraban con ojos físicos, la gente tenía sucio el corazón ¿y que veían en esa mujer? veían a una pecadora, que tenía que morir. Maestro hemos sorprendido a esta mujer engañando su esposo, según la ley, tiene que morir. ¿Tú qué dices? y Jesús que tenía limpio el corazón contempló a la mujer no con los ojos físicos, la contempló con los ojos el corazón, fue más allá de las apariencias, vio en esa mujer; si bien pecadora, vio a una hija de Dios que estaba arrepentida; que quería ser perdonada y que quería cambiar de vida. Hija nadie te ha condenado, yo tampoco te condeno, yo te perdono, andar tranquila y no peques mas, y aquel día la vida de esa mujer cambió, porque hubo un hombre que la miró con mirada limpia y ese hombre tenía limpio el corazón, Cristo Jesús, el hijo de Dios. Podríamos y preguntarnos ¿y nosotros como nos miramos, los unos a los otros? ¿Cuándo miras a tu hermano o, a tu hermana te queda solamente en las apariencias? ¿Cuándo miras a tu hermano o, a tu hermana lo haces solamente con los ojos físicos?; si corazón esté limpio puedes contemplar en ti la presencia de Dios presencia de Dios, y esa presencia de Dios que hay en ti; te permitirá contemplar a tus hermanos con los ojos del corazón, iras más allá de las apariencias y podrás descubrir que en tu hermano y en tu hermana también habita Dios.


La Virgen María, tenía limpio el corazón, si Dios la amó desde la eternidad, no fue pos su dinero, María no lo tenía, si Dios amó a la Virgen desde la eternidad no fue por su condición social, era una mujer pobre, tampoco fue por sus estudios, no los tenía, quizás ni siquiera sabía leer ni escribir, si Dios amó María desde la eternidad, la amó porque tenía limpio el corazón. Nunca en el corazón de María hubo la, más mínima mancha de pecado. Hemos escuchado el saludo del Ángel. El Ángel le dice: alégrate llena de gracia, la que tiene el corazón puro, la que nunca ha tenido pecado y nunca lo tendrá. En griego se dice “Quejaritomene”, es la única vez que este texto aparece en toda la Biblia y solamente se aplica a la Virgen María, la llena de gracia la de corazón puro.


Pidámosle pues queridos hermanos en este sexto día en la Novena, a esta Virgen querida, limpio corazón pidámosle que por su intersección obtengamos de Dios la gracia de purificar nuestro propio corazón. Esta vida podemos contemplar lo allí en nuestro propio corazón, después de la muerte podremos contemplarlo cara a casa, tal como Él es, y así con un corazón limpio, no solamente contemplemos a Dios, sino también aprendamos a contemplarlo presente en cada uno de nuestros hermanos, porque en el corazón de cada hermano habita Dios de una manera misteriosa. Que el Seño nos bendiga, nos acompañe y nos ayude a hacer realidad en nuestra vida esta hermosa bienaventuranza que un día Jesús proclamó desde lo alto de la montaña Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios.



Francisco Rosas Castillo


Salesiano Cooperador

viernes, 20 de mayo de 2011

Resumen de la Homilía del P. José Antonio Pachas SDB

Resumen de la Homilía del P. José Antonio Pachas SDB

Quinto día de la Novena

“Bienaventurados los misericordioso porque ellos alcanzarán misericordia”,

Hemos emprendido junto con Jesús y María, durante estos días de la Novena una gran aventura; estamos siguiendo un camino de ascenso en nuestra vida cristiana a través del monte espiritual de las bienaventuranzas. Ese ascenso lo estamos realizando de manera progresiva, grada por grada; no podemos detenernos en este camino y nunca debemos retroceder. Jesús nos invita a subir y subir bien arriba; cuanto más alto subamos, más felices y más perfectos seremos. Nos acercaremos más a Dios, conforme subamos; nos iremos perfeccionando y este camino de ascenso en realidad no termina nunca porque la perfección no tiene límites. El límite de la perfección consiste en no tener límites. Esta noche Jesús nos invita a seguir subiendo una quinta grada, en este camino de ascenso; debemos abrir bien los oídos para escuchar lo que Jesús nos dice esta noche y debemos pedir la gracia de Dios para hacer lo que Jesús nos dice, tal como María nos enseñaba.

Desde lo alto de la montaña Jesús nos: “Bienaventurados los misericordioso porque ellos alcanzarán misericordia”, el premio que Jesús nos promete es alcanzar la misericordia y la condición que nos pone: “Ser misericordioso”; algo curioso sucede en esta bienaventuranza, porque es la única donde el premio coincide con la condición. Se trata de ser misericordioso, para alcanzar misericordia. Jesús nos está diciendo que la virtud que más nos hace parecernos a Él; es la virtud de la misericordia. Nunca el hombre se parece tanto a Dios como cuando es misericordioso con sus propios hermanos. Si hay algo que realmente nos hace asemejarnos a Dios ese algo, es la misericordia cuando la ponemos en práctica. Pero no nos dejemos confundir, no nos engañemos porque no siempre somos misericordioso, muchas veces en nuestra vida y en nuestro corazón surge solamente un sentimiento de lástima, frente al hermano que sufre; pero la lástima no es lo mismo que la misericordia. Es como él circulo que se parece a la esfera aparentemente, pero en la realidad es muy diferente. Así también la lástima aparentemente se parece a la misericordia pero es muy diferente. La lástima es un simple sentimiento de pena frente al hermano que sufre. Siento pena, pero me quedo con los brazos cruzados, no hago nada para ayudarlo. La lástima es estéril no produce frutos, no les sirve de nada al hermano que sufre, el no pide lástima, pide misericordia, que es algo muy diferente y entonces nos preguntamos ¿Qué es la misericordia y porque es diferente de la lástima la misericordia? La misericordia es algo mucho más profundo, mucho más noble, mucho más radical, tener misericordia frente al hermano que sufre; significa solidarizarse con el sufrimiento de mi hermano, compartir, tomar parte de su sufrimiento, significa que frente al hermano que sufre yo no me quedo con los brazos cruzados; todo lo contrario le doy mi mano y lo ayudo. Eso es tener misericordia; tener misericordia frente al hermano equivocado, frente al hermano que cometió un error; frente al hermano que peca, que no significa, hacer leña del árbol caído, como tantas veces hacemos con nuestras críticas o con nuestros chismes o con nuestras calumnias, frente al hermano que se equivocó. Tener misericordia significa, no justificar su pecado, pero si, comprenderlo; comprender que errar es humano y significa darle una mano, ayudarle para salir del hoyo en se encuentra; significa darle una nueva oportunidad para que siga creciendo. Tener misericordia frente al hermano que me ha ofendido significa perdonarle de corazón, de tal manera que mi hermano pueda resurgir.

Muchas veces, nos quedamos en la lástima pero no llegamos a la misericordia; nunca nos parecemos tanto a Dios, como cuando somos misericordiosos con nuestros hermanos. Cuando pecamos caemos en una triste situación, solamente encontramos pobreza, encontramos soledad, encontramos vacío existencial; cuando pecamos nos hacemos esclavos del mismo pecado y nos hacemos esclavos de la muerte y encontramos la infelicidad.

Las páginas del Evangelio están llenas de ejemplos, donde Jesús con sus palabras, con sus acciones, con sus gestos se muestra lleno de misericordia hacia nosotros. Como nos lo dice el evangelista: Jesús contempló a la multitud; la gente estaba agobiada, estaba cansada, Jesús al mirar a esa gente, no sintió lástima, sintió compasión; porque vio que esa gente estaba extraviada, como ovejas que no tenían pastor y la compasión le llevó, a no quedarse con los brazos cruzados, hizo algo por esa gente, y se puso a enseñarles.

Un día Jesús se encontró con un leproso; la lepra, era una enfermedad terrible; la carne se caía a pedazos. El leproso veía como poco a poco, su cuerpo se iba mutilando, como si fuera un muerto viviente. En ese tiempo la lepra era una enfermedad muy común y muy contagiosa; pero más triste era la actitud de la sociedad. El leproso moría desde el punto de vista religioso porque lo consideraban un impuro, un pecador; la lepra era consecuencia de su pecado pensaban; el leproso moría económicamente, porque no podía valerse por sí mismo, no podía trabajar dependía de la caridad de los demás; el leproso moría socialmente, porque lo condenaban a dejar su familia, alejarse de su pueblo, a vivir en el desierto y le colocaban una campaña en el cuello para que no se le acercaran y por último el leproso terminaba encontrando la muerte física. Al encontrarse el leproso con Jesús le dijo: si tú quieres puedes limpiarme. Jesús no sintió asco por él, Jesús no tuvo miedo de contagiarse, todo lo contrario lo tocó, aún cuando el tocarlo significaba quedar impuro. Lo tocó con cariño, lo miró con ojos de compasión y no con lástima: Al quedar limpio el leproso volvió con su familia, se reintegró a la sociedad, seguramente encontró un trabajo, su vida cambió radicalmente porque Jesús lo amó con un amor de misericordia.

Pedro tenía muchos nobles rasgos, pero era también impulsivo, un tanto arrebatado; quería mucho Jesús y sin embargo en el momento de la prueba Pedro, fue débil y le falló, lo negó, lo traiciono, tal como el Jesús lo había dicho. Pedro en aquel momento, seguramente sintió ser el hombre más infeliz del mundo, había traicionado aquel a quien más quería. Dice el evangelista que mientras Jesús era procesado iba de un lugar a otro y la multitud le seguía, Pedro también seguía a Jesús y por un momento los dos se cruzaron y se miraron cara a cara. ¿Qué vio Pedro en la mirada de Jesús?, él pensaría que Jesús lo miraría con cólera, con desprecio con desazón y no fue así. Jesús lo miró con cariño, Jesús lo miro con compasión; la habría dicho: “Pedro, me fallaste, pero no te preocupes, yo te sigo queriendo”. Pedro, no pudo resistir esa mirada y salió corriendo arrepentido a llorar, porque aquel a quien tanto quería, lo miro con ojos diferentes, lo miro con compasión. Diferente fue el destino de Judas que había sido amigo de Jesús; lo traicionó, lo vendió por dinero, también Judas se dio cuenta de su pecado; se sintió el hombre más infeliz del mundo también Judas hubiera querido cambiar su suerte, cambiar su destino, pero él a diferencia de Pedro, nos se encontró con Jesús, no tuvo la gracia de encontrarse con ésa mirada cariñosa. Judas no se arrepintió, se desesperó y corriendo se ahorcó.

Cuentan que la Madre Teresa de Calcuta, cierta vez fue entrevistada por una periodista. Madre Teresa respondía con mucha sinceridad a cada una de las preguntas. Esta periodista le hizo esta pregunta; le dijo: madre Teresa cuando usted lava las heridas de un leproso, nos siente asco; yo no lo haría ni por un millón de dólares y la madre Teresa de Calcuta, mirándola con esos ojos santos que tenía, respondió que tampoco lo haría ella por dinero porque es mi hermano leproso y siento compasión.

Que diferente sería nuestra vida queridos hermanos, si comprendiéramos que mi hermana o mi hermana está esperando de mi un gesto misericordioso, si solamente comprendiéramos que en el corazón de cada uno de nosotros de una manera misteriosa habita el mismo Jesús.

San Juan miró a los jóvenes de su época con ojos de compasión, contemplaba a diario, como muchos jóvenes llegaban a la ciudad a trabajar en las fábricas a forjarse un futuro mejor y contemplaba, como esos jóvenes andaban descarriados, la mayoría de ellos eran explotados en la ciudad, muchos caían víctimas de las drogas, el alcohol y él pensaba; los jóvenes no son malos, ningún jóvenes es malo; más aún siendo un joven sacerdote visitaba las cárceles de Turín y tenía tal afinidad con los jóvenes que se hacía amigo de los jóvenes que estaban en prisión, de esos jóvenes mal vestidos, sucios, mal hablados y cuentan que se hizo muy amigo de uno de ellos, llegó a tenerle mucho cariño; pero un día se le resquebrajo al corazón, cuando ese jovencito a quien tanto quería murió en la horca víctimas de sus pecados, de sus fechorías. Don Bosco pensó: “ningún jóvenes es malo. Es como aquel cuento donde la niña le dice a su madre; cuéntame otra es el cuento del lobo malo y la madre le responde: no hay lobos malos, hay lobos que han equivocado el camino; lo mismo decía don Bosco de los jóvenes: “no hay jóvenes malos, hay jóvenes que han equivocado el camino”, solo necesitan de una mano amiga, una mano misericordiosa, que les guíe, que les muestre el camino correcto, esos jóvenes no terminarían así. Yo quiero ser, esa mano, se dijo don Bosco para asimismo; hasta mi último aliento será para mis queridos jóvenes y así fue; por sus jóvenes lo dio todo, lo entregó todo.

Aquella noche del 31 de enero del año 1888, cuando don Bosco estaba en su lecho de dolor, el médico que lo atendía dijo a los Salesianos: “no muere de enfermedad, muere de cansancio, lo ha entregado todo por sus queridos jóvenes. Si hoy existe la congregación Salesiana, que tanto queremos, es porque un día un hombre miró a los jóvenes, con ojos de compasión y no solamente con ojos de lástima.

La Virgen María, cuya Novena estamos celebrando, nos ama con amor de misericordia; también ella nos da hermosos ejemplos de misericordia. Apenas había recibido el anuncio del Ángel de que sería la madre de su Señor, la Virgen, no se llenó de soberbia, no se ufanó, no se creyó más que todas las demás mujeres; todo lo contrario, sabiendo que su prima Isabel, estaba esperando un hijo sintió la suprema necesita de ayudarla, fue aprisa a la montaña donde vivía y se puso a su servicio y se quedó meses con ella atendiéndola misericordiosamente.

Hemos visto en el Evangelio la desazón para eso recién casados, cuando se acabó el vino, si se acababa el vino se terminaba la fiesta; que pena para ellos, qué vergüenza para ellos, pero Dios es tan grande que permitió que en aquella fiesta hubiera una mujer misericordiosa como María, quien sintió compasión de ellos, fue donde su hijo y se hizo el milagro de la conversión.

María fue una mujer misericordiosa, ojalá también nosotros en nuestra vida, de cada día, por gracia de Dios y de nuestra Madre del Cielo aprendamos a mirar con los ojos de misericordia y así cuando el hermano necesite de ayuda, le miremos con misericordia, para que siga creciendo y así también, cuando nosotros nos encontremos en grave necesidad, que sean otros también, los que nos miren con ojos de misericordia. Nunca se parece tanto el hombre a Dios, como cuando es misericordioso con su prójimo. Que sea la gracia de Dios quien nos ayude a poner en práctica la misericordia.

Francisco Rosas Castillo

Salesiano Cooperador

jueves, 19 de mayo de 2011

Resumen de la Homilía - Cuarto día de la Novena

Resumen de la Homilía - Cuarto día de la Novena

MARÍA Y EL HAMBRE Y SED DE JUSTICIA

¿Quien en su vida no ha tenido alguna vez hambre y sed? Todos alguna vez hemos tenido sed por el calor y hambre. No son sensaciones gratas, son situaciones que incomodan. Hay una hambre y sed, que podemos llamar bienaventuranzas, que nos otorga algo que Dios quiere para nosotros, para descubrirlo hemos de estar muy atentos a la palabra de Jesús, no sólo para escucharlo sino sobre todo para ponerlo en obra.

Escuchemos lo que Jesús nos quiere decir, hablándonos al corazón esta noche. El Señor desde lo alto de la montaña vuelve a levantar la voz, para invitarnos a subir una cuarta grata en este camino espiritual de ascenso por el monte de las bienaventuranzas.

Esta noche nos dice: “bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados”. El premio que Jesús nos promete es la saciedad y la condición que nos pone es tener hambre y sed. ¿A qué hambre se refiere Jesús?

Un día Jesús había hablado a la muchedumbre; eran más de 5000 personas. La gente lo había escuchado con cariño; había soportado el polvo, la arena, el sol inclemente. Cuando Jesús se dio cuenta que esa gente estaba hambrienta y sedienta, no teniendo un lugar donde comprar alimentos, le presentaron unos panes y unos peces, que un niño le trajo a regalar y Jesús multiplicó los panes y los peces y los repartieron. El evangelista nos dice, que todos comieron hasta saciarse y hasta pudieron recoger las sobras en 12 canastos; porque Dios es así, Dios nos sacia y cuando Dios da, da en abundancia; Dios no es mezquino, Dios no es medido, Dios nos da a manos llenas.

Un día en el desierto Jesús tuvo hambre; había pasado 40 días ayunando, haciendo oración, preparándose para iniciar su vida pública y sintió hambre. Sataná quiso tentarlo, pero la respuesta de Jesús fue tajante: “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Otro día estando junto al pozo, había estado hablando con la samaritana; hacía mucho calor; sus discípulos le compraron alimentos; pero la respuesta de Jesús fue: “mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre”

La justicia de Dios consiste, en que es siempre fiel a sus promesas; nunca falla y todo lo que Dios ha prometido cumple. Felices los que tienen hambre y sed de su propia salvación. Nos corresponde acogerlo gratuitamente, por que Dios nos ama. Ojalá tengamos siempre hambre y sed de Dios, ya que solamente Dios puede saciar esa sed.

La madre Teresa de Calcuta, se encontraba en México y en una esquina de un barranco encontró a una mujer que buscaba cosas para llevar a su casa, conmovida, la madre Teresa le dijo que iba a reunirse con el presidente de la república y le preguntó que querría, que ella le dijera al presidente y la mujer contestó: “Dígale que tenemos hambre de Dios”. Algo parecido pasó con el Papa Juan Pablo II, en 1985, en Villa El Salvador. Los pobladores le dijeron al Papa que tenían hambre de Dios.

Todos queremos ser felices. Dios ha puesto ese deseo en el corazón de cada uno de nosotros, no es ningún pecado; es una cosa noble y santa. Dios nos ha hecho para que seamos felices, pero a veces sucede que queremos saciar ese deseo buscando la felicidad donde no la encontramos; en las cosas materiales que envejecen junto con nosotros; es verdad que nos brindan momento de felicidad, pero nunca nos dan la felicidad total que reclama nuestro corazón.

El placer es lo opuesto a la virtud, mientras la virtud nos hace caminar hacia arriba, el placer hace todo lo contrario.

Leonardo da Vinci, tardó muchos años en pintar uno de sus famosos cuadros. Él había pintado a todos los apóstoles, menos a Judas. Una vez encontró a un joven cuyo rostro reflejaba, dulzura angelical y bondad y lo contrató, y con su rostro pintó el rostro de Jesús. Pasaron muchos años y encontró a un hombre envejecido cuyo rostro desfigurado reflejaba el pecado, lo contrató y con él, pintó el rostro de Judas. El hombre le dijo, ¿no se acuerda de mi?; hace muchos años usted me contrató y con mí rostro, pinto el rostro de Cristo. El hombre le contó que se había dejado llevar por una vida desordenada, una vida de vicios y de placer, una vida de pecado. Esto es lo que hace con nosotros la vida de pecado, nuestra vida termina estrellándose contra el suelo. Queremos ser felices y terminamos alejándonos más de Dios. Sólo en Dios encontramos la verdadera felicidad.

Don Bosco quiso hacerles un regalo a sus chicos, les pidió que escribiera aquello que mas deseaban. Don Bosco pasó muchas horas leyendo los pedidos, de pronto encontró el pedido de un joven que le decía: “ayúdeme, tengo hambre y sed de alcanzar la santidad”. Se trataba de Domingo Savio, él había descubierto que su felicidad era estar cerca de Dios. Hoy lo veneramos como uno de los santos más jóvenes de la Iglesia.

Jesús tuvo hambre y sed de nuestra salvación. Todo lo que el Señor enseñó fue para nuestra salvación, todo los prodigios que hizo fue para nuestra salvación. Si realizó signos maravillosos, los hizo por nosotros para que creamos, para nuestra salvación; que si derramó su sangre, lo hizo por nosotros, para nuestra salvación. Siempre y en todo momento no tuvo hambre de otra cosa que no fuera nuestra propia salvación; porque esa es la voluntad de su Padre, que todos nosotros algún día nos encontremos reunidos en la casa paterna para una vida que no tendrá fin; una vida donde todo será felicidad:

En la Cruz el buen ladrón, aquel hombre que toda su vida había estado en el camino del mal, en el momento inminente de la muerte hizo su último robo, en presencia de Jesús sintió hambre y sed de su propia salvación. “Señor acuérdate de mi cuando estés en tu reino y Jesús, que es tan bueno con nosotros, que no mira nuestros pecados, sino que mira nuestros buenos deseos, le respondió con mucho cariño: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Ojalá queridos hermanos que cuando llega el momento de nuestra muerte podamos oír resonar en lo más íntimo de nuestro corazón, las palabras de Jesús: hoy mismo estrás conmigo en el paraíso; por qué en tu vida tuviste hambre y sed de salvación.

La virgen María, nos da ejemplo, ella que siempre estuvo unida su hijo, que nunca lo abandonó; siempre en su vida tuvo hambre y sed de Jesús, nunca se separó de Él. Qué hermoso es el episodio de las bodas de Caná. En aquella fiesta, mientras la gente estaba preocupada por bailar, por comer, por beber, por pásala bien; María, en cambio, estaba preocupada; porque andaba mirando en que podía ayudar, en que podía servir y atenta a eso, descubrió que se les terminó vino; que esos novios pasarían un mal momento y humilde fue a rogar a su hijo la realización de un prodigio que les hablara de Dios y sabemos que esa agua, Jesús la convirtió en vino, porque hubo una mujer que tuvo hambre y sed de hacer el bien. Ojalá que este ejemplo anide también en nuestro corazón y que nuestra vida movidos por el ejemplo del María y por la gracia de Dios también nosotros tengamos siempre hambre y sed de hacer el bien a los demás y tengamos hambre y sed de acoger esta invitación del Señor de subir con Él, esta cuarta grada de nuestro camino espiritual y que despierte en nuestro corazón esa hambre y esa sed de Dios y que sea el mismo quien vaya colmando ese deseo tan grato que debe nacer en el corazón de cada uno de los queridos hermanos. Que el Señor nos siga llenando de bendiciones.

Francisco Rosas Castillo

Salesiano Cooperador