domingo, 13 de marzo de 2011

DOMINGO 01 DE CUARESMA

REFLEXIÓN BÍBLICA DOMINICAL Oscar Montero Córdova SDB

DOMINGO 01 DE CUARESMA

Año A 2010 – 2011

Gn 2, 7-9; 3, 1-7; Rom 5, 12-19; Mt 4, 1-11

“Nadie es tentado más allá de sus fuerzas” (San Pablo)

El mejor sociólogo del momento, el polaco Zygmunt Bauman, ha descrito la cultura El miércoles, con la imposición de las cenizas sobre nuestra frente, se nos dio la clave para vivir con intensidad este tiempo litúrgico de la Cuaresma: “Conviértete y cree en el Evangelio”. (Mc 1, 15). Este camino de conversión, camino que recuerda la dolorosa peregrinación de Israel a través del desierto durante cuarenta años, tendrá que dejarnos listos para ingresar con gozo y limpios de pecado a la gran Semana Santa que tendrá en la solemne Resurrección del Señor su culmen.

Las lecturas de este domingo giran en torno a las tentaciones del Señor en el desierto, el pecado de Adán y Eva, y la gracia del don de Dios y de su Palabra que serán nuestras armas para el combate cristiano contra las mentiras del diablo.

El evangelista nos dice que “Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu Santo para ser tentado por el diablo” (Mt 4, 1). En este caso el desierto no es imagen de sequedad o de soledad. El desierto es el lugar del encuentro con Dios. Pero de nosotros depende que los compromisos de cada día –ya que ha Dios no hay que buscarlo fuera de nuestra vida cotidiana- se conviertan en oportunidad de encuentro con Dios o de queja contra Él. Como el resto fiel del pueblo de Israel, ¿confieso que Dios siempre me ha conducido por mi desierto; que mis ropas y mis sandalias no se gastaron a pesar de lo duro del camino; que aunque no tenía para comer ni beber, mi Señor me alimentó y así me di cuenta que Él era mi único Dios (Cfr. Dt 29, 4)? ¿O estoy de la otra parte del pueblo? De esos que durante los cuarenta años no hicieron más que hablar mal de Dios, de dudar de su presencia y de preguntarse ¿está o no está el Señor con nosotros? (Cfr. Ex 17, 7). Si el Espíritu del Señor es el que me conduce cada día podré encontrar en lo cotidiano alegría y paz; si yo mismo soy el que cargo mi espíritu de mediocridad, aburrimiento y pesimismo, ¿por qué voy a culpar a Dios?

El tentador se le acercó y le dijo: "Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes." (Mt 4, 3). Todos, a cierta etapa del camino de la vida –nuestro gran desierto-, experimentamos hambre o sed. O sea, surge una necesidad de tipo material o espiritual (dependiendo de nuestra condición). Jesús, al responderle al diablo que "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4, 4) nos está diciendo qué tanto confiamos en su Palabra para resolver nuestras grandes interrogantes y cuestiones del día a día. Nadie duda que los hombres y las mujeres del siglo XXI tengan poder para transformar muchas cosas. Sí, la tentación de la serpiente susurra con más insistencia en nuestros oídos en esta época de auge tecnológico: "No morirán. Bien sabe Dios que cuando coman de él se les abrirán los ojos y serán como Dios en el conocimiento del bien y del mal." (Gn 3, 4-5) Pero, ¿es acaso la ciencia y esa codicia por dominar el mundo la fuente de la verdadera felicidad, el camino para solucionar todos los problemas? ¿No nos damos cuenta que hay misterios en la vida que sólo Jesucristo, el Hijo de Dios, el hombre verdadero, puede iluminar? ¿No nos damos cuenta de que hay hambres que sólo Cristo, pan vivo y verdadero, puede saciar?

La segunda tentación es: "Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: ‘Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras.’" (Mt 4, 6). No les parece que Jesús volvió a experimentarla en el momento de la pasión: “Si es rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios; que lo libere ahora, si es que lo quiere, ya que decía: ‘Soy Hijo de Dios’” (Mt 27, 42-43). La gente no tiene que creer en nosotros por lo espectacular de nuestra vida. El triunfalismo no debe ser el camino de la Iglesia (aunque en la historia a veces hayamos optado por él). Con esto no negamos que tienen que haber obras –ser luz del mundo (Cfr. Mt 5, 14)-; pero no pretendamos que nuestra vida convenza a todo el mundo. El cristiano espera recompensa sólo de su Padre, que ve en lo secreto y lo escondido (Cfr. Mt 6, 4.6.18). Y no pensemos que por ir a misa, comulgar, confesarnos, orar, etc. estaremos libres de tentaciones. ¿Acaso Jesús no acababa de ser bautizado? (Cfr. Mt 3, 13-17). No le creamos al tentador, nosotros ya sabemos que Dios nos quiere. Pero no condicionemos nuestra confianza en Dios a sus ‘milagros’. Si sabemos que nos ama y se complace por nosotros, no le pidamos pruebas; antes bien, démosle pruebas que somos sus hijos haciendo lo que él quiere, no lo que le gusta a la gente.

En la última tentación (la última de este pasaje, mas no de la vida), el diablo le ofrece a Jesús todos los reinos del mundo. ¡Maldito poder, maldito dinero! Bien maldecido por Jesús. No nos hagamos ilusiones. Hace dos domingos lo dejó bien claro el Maestro: “No se puede servir a Dios y a Mamón (el dios de las riquezas)” (Mt 6, 24). Que nuestra autoridad no sea autoritarismo; que nuestra administración sobre los bienes sea fiel y sin “cerrarnos a nuestros semejantes” (Cfr. Is 58, 7). Que el ocupar cargos sea servicio y no autoservicio (Cfr. Mc 10, 45).

¿Cómo poder con todo esto? No desconfiemos, porque el combate cristiano es un combate desigual, pero a favor de nosotros. Porque “no hay proporción entre la gracia que Dios concede y las consecuencias del pecado” (Rom 5, 16). “Hasta ahora, ustedes no tuvieron tentaciones que superen sus fuerzas humanas. Dios es fiel, y él no permitirá que sean tentados más allá de sus fuerzas” (1Cor 10, 13). No olvidemos el final de la oración del Padre Nuestro: “Padre Nuestro… no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”. Amén.

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