sábado, 2 de abril de 2011

DOMINGO 04 DE CUARESMA

REFLEXIÓN BÍBLICA DOMINICAL Oscar Montero Córdova SDB

DOMINGO 04 DE CUARESMA

Año A (03 de abril de 2011)

1Samuel 16,1.6-7.10-13; Jn 9, 1-41

“Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz” (San Pablo)


La liturgia de este IV Domingo de Cuaresma tiene algo muy particular. Desde muy antiguo, la Iglesia llamó a este día Domingo Laetare o Domingo de la Alegría. Incluso el color penitencial morado, se atenúa hacia un tono más bien rosado (vean el encabezado). ¿Por qué? Porque el camino cuaresmal de conversión no es un fin en sí mismo, tiene como meta el gozo del Resucitado, la alegría pascual. Por eso, el símbolo utilizado por el evangelista san Juan es ya un anticipo de lo que tiene que ser la vida nueva de los hombres y mujeres resucitados en Cristo: ser luz en el Señor, hijos e hijas de la luz (Ef 5,8).

Así es. Precisamente, el pasaje bíblico de hoy es la curación por parte de Jesús de un ciego de nacimiento. La reflexión que hoy quiero ofrecerles tendrá una óptica bautismal. En el relato abundan los símbolos bautismales: el barro, el agua de la piscina, la luz, la confesión de fe, etc. Es más, la Cuaresma era el tiempo en que los primitivos candidatos al bautismo realizaban su ardua preparación al sacramento, el cual tenía lugar el Gran Sábado de Gloria de la Vigilia Pascual. De manera que nos cae muy bien, evocar nuestra propia vocación bautismal cuando apenas nos separan tres (3) semanas de la conmemoración de la Muerte y Resurrección del Señor.

En primer lugar, el bautismo que hemos recibido es una gracia, es un regalo, es una vocación que no nos hemos dado a nosotros mismos. Mientras que en otros pasajes evangélicos son los mendigos y los enfermos los que buscan la compasión del Hijo de Dios; en este relato es el Maestro quien se fija en el desvalido: “al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento” (Jn 9, 1). ¿Me he preguntado por qué soy cristiano? ¿Le agradezco al Señor mi vocación bautismal? Recordemos la primera lectura cuando Samuel es enviado a ungir al nuevo rey de Israel. El elegido de Dios no es el más corpulento y poderoso; sino el hijo menor y más débil de Jesé, el futuro rey David: “No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón” (1Samuel 16, 7). ¿Acaso antes de nacer ya teníamos méritos ante Dios? No, todos hemos venido en las mismas condiciones del ciego del evangelio: “mira que en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Salmo 51[50], 7). Privados de la gracia, en pecado original.

Segundo aspecto; el momento de la curación. Dice que Jesús “escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: ‘Ve a lavarte en la piscina de Siloé (que significa Enviado). Él fue, se lavó y volvió con vista” (Jn 9, 6-7). Si el barro del que fuimos hechos simbolizaba la primera creación (el hombre viejo); nuestro bautismo representa nuestro nuevo nacimiento, la nueva creación: el hombre nuevo. Cristo, cual alfarero de Dios, nos ha moldeado nuevamente y nos ha hecho renacer en las aguas del bautismo -¿de quién es la piscina? ¿No es del Enviado? ¿Y quién es el Enviado de Dios? ¿No es acaso Jesús, el Salvador?-. Si recordamos las imágenes de nuestro primer sacramento; ahí nuestros padres y padrinos aparecen portando en sus manos un cirio encendido. El ministro les dijo: “Reciban la luz de Cristo”. ¿Cómo he conservado hasta ahora la luz de la fe que recibí de mis padres y padrinos? O tal vez, ¿cómo he trasmitido en mi condición de padre y padrino cristiano esta luz? Dice el mismo san Juan: “En la Palabra [o sea Cristo, el Hijo de Dios] estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Ella era la luz verdadera, que con su venida al mundo ilumina a todo ser humano” (Jn 1, 4.9).

Un tercer aspecto que quiero resaltar es la crisis que provoca todo bautizado en la sociedad en que vive (Mons. Romero), incluso dentro del mismo grupo de creyentes. “« ¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?» «No es él, pero se le parece»” (Jn 9, 8-9). Pero él responde con seguridad: “Soy yo”. ¿Qué provoca en los demás mi vida y mi práctica cristiana –práctica que, insisto, supera ampliamente las paredes del templo y la misma celebración de la misa-? ¿Notan los demás que aunque sigo siendo el mismo Javier, Marcela, Enrique; no obstante hay algo que me hace distinto? ¡Ese algo es la luz de Cristo! ¡Debe ser la luz de Cristo!

La fe del ciego, que progresivamente fue confesando a Jesús como “profeta” (Jn 9, 17), como hombre religioso y que cumple la voluntad de Dios (cfr. Jn 9, 31), hasta reconocer en Él a su Dios: “‘Creo, Señor’. Y se postró ante Él” (Jn 9, 39), removió profundamente la “falsa religiosidad” de los fariseos, los supuestos guardianes de la Ley de Dios. La Escritura dice que estos “lo expulsaron” (Jn 9, 34). Pues ya existía esta amenaza sobre “quien reconociera a Jesús por Mesías” (Jn 9, 23)-. Pero, lo paradójico del cristianismo es que lo que se creen dentro son los ciegos: “¿También nosotros estamos ciegos?” (Jn 9, 40); y el excomulgado es el que está en comunión con Jesús. Nos regalamos esta frase de san Agustín “¿Cuántos de aquellos que no nos pertenecen son, sin embargo, nuestros; y cuántos de los nuestros se hallan todavía fuera?”. Atención, no vaya a ser que incluso yendo al templo y comulgando, estemos de verdad ciegos. Amén.

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