domingo, 12 de febrero de 2012


REFLEXIÓN BÍBLICA DOMINICAL                         Oscar Montero Córdova   SDB
DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO
Año B (11 de febrero de 2012)
Como nos narraba el libro del Levítico, la lepra condenaba al infectado a una maldición completa: era impuro –ante Dios y ante los hombres- y, además, se veía privado de la dimensión social de su existencia: “Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento” (Lv 13, 46).

Hoy no hace falta ser leproso para padecer ser tildado de “impuro” o ser marginado de los grupos humanos e incluso de la misma  Iglesia. Miremos no más los padecimientos de tantos connacionales que viven excluidos y perseguidos por la xenofobia. Sin ir muy lejos, pensemos en el drama de los infectados por el VIH y los homosexuales. Tenemos que reconocer que nos cuesta poner en práctica la tolerancia y acogida que nos piden el Evangelio y el Catecismo: “La Iglesia acoge sin condiciones a las personas que presentan tendencias homosexuales. No deberían ser discriminadas por ello” (YouCat, 415). Y qué decir de los pobres y de los indigentes, y de las distinciones que establecemos por nuestros rasgos raciales y culturales en el mismo país… ¡Ha surgido una nueva lepra y peor que la anterior!

Jesús quien es ya el Reinado del amor de Dios en medio de nosotros, nos quiere decir hoy que en su corazón –y también en el corazón de todos sus seguidores- hay espacio y brazos abiertos para todos. Recordando este pasaje en el que Jesús se compadece, extiende la mano y toca al leproso (Cfr. Mc 1, 41), un obispo decía: “Uno toca a quien ama”. Yo diría más: “Uno se relaciona con quien ama”. Un país, una sociedad que se confiesa en su mayoría “creyente” –discípula y misionera de Jesucristo- no puede tener como lacra social el drama de la exclusión, de la discriminación y del racismo.

Pero esta Buena Noticia de Jesús también tiene una dimensión personal. El texto se abre y se cierra con los verbos acercar y acudir. “Se acercó a Jesús un leproso… acudían a él de todas partes” (Mc 1, 40.45). Yo creo que la vida cristiana se mantiene viva cuando hay esta actitud de búsqueda. Buscar a Jesús, acercarse a Jesús, acudir hacia Jesús. ¡Él es el centro del cristianismo!

San Jerónimo, un santo padre de la Iglesia que profundizó muchísimo en las Escrituras dijo: “En sentido místico, nuestra lepra es el pecado del primer hombre”. Sin duda que el primer pecado fue borrado por el bautismo, pero sería de presumidos negar que nuestra naturaleza humana esté aún herida.  Dios nos regalado un segunda tabla de salvación para ir curando los nuevos brotes de lepra espiritual que nos aquejan: el sacramento de la Reconciliación que comúnmente llamamos confesión. Hagamos la experiencia del salmista: “Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: ‘Confesaré al Señor mi culpa’, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado” (Sal 31). ¡Sí!, acerquémonos y acudamos con confianza de hermanos a Jesús, “médico carnal y espiritual” (Ignacio de Antioquía). Porque “no necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mc 2, 17).

Finalmente, no puedo pasar por alto la enseñanza paulina de hoy: “Cuando coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios” (1Cor 10, 31). Yo les insisto en esto: la vida cristiana es más que comulgar y confesarse. Sin duda que ir a los sacramentos, es ir a la fuente del corazón mismo de Cristo… pero, por favor, no olvidemos que la “vida nueva de Jesucristo toca al ser humano entero (…) la vida en Cristo incluye la alegría de comer juntos, el entusiasmo por progresar, el gusto de trabajar, el gozo de servir, el placer de una sexualidad vivida según el Evangelio. Podemos encontrar al Señor en medio de las alegrías de nuestra limitada existencia” (Aparecida, 356).

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