domingo, 19 de febrero de 2012


REFLEXIÓN BÍBLICA DOMINICAL                         Oscar Montero Córdova   SDB
DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO
Año B (19 de febrero de 2012)



Los últimos relatos del evangelio han repetido con insistencia una actitud: acudir, ir, acercarse. El objeto de todos es verbos es una única persona: Jesús de Nazaret. Creo que esta debe ser la convicción de todos nosotros, el encuentro con Cristo. Como dice Aparecida, éste es “el inicio del cristianismo: un encuentro de fe con la persona de Jesús” (Aparecida, 243). Y así nos lo ha revelado Marcos: “Acudieron tantos, que ya no había lugar ni siquiera junto a la puerta” (Mc 2, 2). Un primer examen, sin duda, puede ser: ¿A quién busco? ¿A quién acudo constantemente en mi vida? ¿Es el encuentro con Jesús, buscado con fe, una necesidad y una característica de mi vida?

Pero, como decíamos, no se trata de cualquier búsqueda. A lo largo de la historia no han faltado los científicos, los antropólogos, los historiadores y hasta los aventureros que han ido tras los rastros del Galileo. Nosotros estamos invitados –como el paralítico- a esta misma travesía, pero una travesía movida únicamente por la fe y el amor a Jesucristo: Él tiene que ver nuestra fe (Cfr. Mc 2, 5).

Y en esta fe se dan siempre dos movimientos: Dios que se revela y el hombre que responde; Dios que se acerca y el hombre que sale al encuentro. En esta oportunidad, es Jesús quien está en casa (Cfr. Mc 2, 1).Y son los hombres y mujeres los que lo buscan en casa. Pero, ¿cuál es esta casa? Los obispos latinoamericanos, haciendo suya la consigna del papa Benedicto, han gritado con él: “¡La Iglesia es nuestra casa! ¡Esta es nuestra casa! ¡Quien acepta a Cristo: Camino, Verdad y Vida, en su totalidad, tiene garantizada la paz y la felicidad, en esta y en la otra vida!” (Aparecida, 246).
           
Sin embargo, la travesía de la fe no es una expedición solitaria. “Quien quiera creer tiene que poder decir tanto «yo» como «nosotros». (…) La fe de los otros me sostiene, así como el fuego de mi fe enciende y conforta a otros” (YouCat 24). Por eso, el paralítico de evangelio, incapaz de movilizarse hasta la casa por sí solo, es traído entre cuatro. Son sus amigos – hermanos en la fe- quienes lo ayudan a acercarse a Jesús (Cfr. Mc 2, 3-4). Esos amigos-hermanos le hicieron el mejor regalo de su vida: lograron que recibiera el perdón de sus pecados: “¡Hijo, tus pecados te son perdonados!” (Mc 2, 5)

A propósito de esto, nunca olvidaré el testimonio de fe de un joven de la Casa de Acogida de Lima. Fue hacia finales de 2009, un domingo durante la eucaristía de la noche, cuando William Veramendi me dijo:
- Hermano, ¿estás contento?
- Sí, le respondí, porque he visto que hoy se han confesado varios.
- (Tocándose orgullosamente el pecho) ¡Yo les invité para que se confesaran!

Esto es lo hermoso de seguir a Jesús. Invitar a otros a que se encuentren con Él, a que experimenten a Aquél que “se compadece de nosotros y nos da el don de su perdón misericordioso, que nos hace sentir que el amor es más fuerte que el pecado cometido.” (Aparecida 254).

Finalmente, considero que la exhortación paulina merece una breve pero no por eso discreta atención. Vivimos en tiempos de relativismo, de inconstancia, compromisos vacíos y débiles… “la modernidad líquida”, “el descompromiso y el arte de la huída”; dice el sociólogo polaco Bauman. Ante jóvenes y adultos que se corren de lo duradero, del sí a alguien de para siempre… la invitación de san Pablo es clara: “Dios es testigo de que nuestras palabras no son hoy «» y mañana «no». Como tampoco Jesucristo, el Hijo de Dios ha sido un sí y un no; en él todo ha sido sí.” (2Cor 1, 18-19). El mundo necesita profetas que digan un amén a la vida, a la fidelidad, al matrimonio, al sacerdocio, a la travesía de seguir a Cristo hasta el fin.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario