domingo, 28 de marzo de 2010

SÍ A LOS RAMOS por Monseñor José Alemani Grau



Lo recordamos cada año.
Parece que Jesús tenía ganas de fiesta.
Lo que sentiría en su corazón, no lo sabemos.
Sí sabemos que las cosas estaban demasiados tensas para pensar que le quedaba mucho tiempo de vida.
Pero Jesús quería cumplir los planes del Padre.
Y es Él mismo quien prepara la fiesta.
“Vayan a la aldea… verán un borrico al que todavía no ha montado nadie… y si alguien les pregunta por qué lo desatáis, le responderéis esto: Porque el Señor lo necesita”.
Y comienza la fiesta y los gritos.
“¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel!”
Y las palmas y ramas de olivo se unen a las aclamaciones y los mantos en el suelo…
Tampoco han de faltar los enemigos de cada día que espían y protestan:
- “¡Maestro, reprende a tus discípulos!”
- “¡Ya veis que no adelantáis nada; mirad cómo todo el mundo se ha ido tras él!”.
A Jesús no le importa. Todo está claro.
Los fariseos lo quieren matar, por envidia, por temor a la represión romana… ¿qué más le da?
Más allá de todo eso está la voluntad del Padre y su disposición personal: Daré la vida…
“Nadie me la quita…
“Podría tener miles de ángeles…”
“Llegó la hora”.
¡Mi hora!
Con los ramos empieza la pasión en la liturgia de hoy.
En la Misa, terminados los ramos de olivos, palmas, gritos y mantos escuchamos la lectura de la pasión.
El escenario cambia: gritos de muera, crucifícalo, calle de amargura, cruz, calvario, muerte…
Las pasiones de los hombres y la misericordia de Dios transformaron el futuro de la humanidad y la muerte se hizo vida y lo que parecía vida se hizo muerte.
De la fiesta de los ramos aparecen dos cosas muy claras. Es lo que siempre sucede frente a Dios:
- Los de la luz con Cristo.
- Los de las tinieblas, contra Cristo.
La historia se repite a lo largo de los siglos.
Los tiempos en que la humanidad se ha creído feliz porque pensaba que estaba en la cumbre de la libertad, han sido los años de las persecuciones más fuertes para Jesús y su Iglesia.
Lo único que cambia, con el tiempo, es la manera más o menos sofisticada de la persecución.
En nuestro tiempo de la exaltación de la libertad, se acalla la voz de Cristo y de la Iglesia de una forma más radical y satánica:
Silenciar a Cristo y a los suyos, sobre todo en los grandes medios de comunicación social y calumniar para conseguir el desprecio y la marginación.
Echan basura sobre quienes representan más a la Iglesia de Jesús, como se hace últimamente con Benedicto XVI.
Sacar el crucifijo de locales públicos (les pasa como a los fariseos: los ciega la Luz).
Pero al mismo tiempo que se actúa así en nombre de la libertad, existe otra contradicción: muerte a sacerdotes y misioneros, asesinatos y destierro contra los cristianos, represión contra los que llevan signos cristianos…
Todo esto tiene un trasfondo más inconfesable: los negocios sucios a costa de la vida.
Si la Iglesia aceptara el aborto, la eutanasia, los gravísimos errores que destruyen la vida y rebajan el don maravilloso de la sexualidad, se la perseguiría menos.
Por eso, es preciso que hoy levantemos los ramos más altos que nunca, para gritar: ¡No al odio! ¡No a la muerte! ¡No al pecado!, ¡no al aborto!
¡Sí a la vida!, ¡sí al amor! ¡Sí a la dignidad humana!
¡Sí a la felicidad! ¡Sí a Dios!

José Ignacio Alemany Grau, Obispo

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