lunes, 14 de junio de 2010

SACERDOTES EN EL CORAZÓN DE CRISTO (Mons. José Alemani Grau)



Normalmente todos somos poco agradecidos.


Me encantaba el obispo Juan de Chulucanas que siempre daba gracias a todos, especialmente a los sacerdotes, hasta por las cosas más pequeñas.


Creo que una de las cosas que más debemos agradecer siempre a Dios es habernos dejado a los sacerdotes.


Por eso quiero transcribir las palabras con que el cardenal Cañizares terminaba su reflexión con los sacerdotes, para que las hagamos nuestras:


Después de agradecer a los que “me han ayudado a ser lo que soy y que de ningún modo merezco ser: un sacerdote, sencilla y gozosamente un sacerdote”, añadía:


“Doy las gracias, por ejemplo, a ese gran sacerdote de mi pueblo, durante 45 años, que entre las numerosas manifestaciones de su caridad de buen pastor, fue capaz de dejar su casa a los apestados y cargó a espaldas a los muertos para darles digna sepultura.


Doy las gracias al sacerdote ejemplar y apostólico que me llevó al seminario y me orientó a través de ese camino que ha llenado de alegría mi vida.


Quiero dar las gracias a tantos sacerdotes que están dedicando toda su vida a las misiones, a los países más pobres y al servicio de los más pobres, de los que nadie se preocupa… los numerosos sacerdotes que trabajan en el anonimato de las ciudades, que tienen que afrontar dificultades generadas por una corriente de secularización fortísima y cambios de mentalidad, debidos a una nueva cultura…”


Yo también quisiera que todos nosotros tomáramos conciencia de lo que es para cada uno de nosotros, para la Iglesia y aun para la humanidad el regalo que Jesús nos dejó: los sacerdotes.


Sabemos muy bien que últimamente han salido al aire las debilidades de algunos hermanos sacerdotes. ¡Es la pobreza que cargamos!


Quizá, incluso, puede ser que para algunos esto mismo les haya hecho entrar en crisis de fe si no han sido capaces de mirar más allá de la prensa y pensar que detrás de estas debilidades de un grupo pequeño se encuentra un ejército de cuatrocientos mil sacerdotes valientes, comprometidos y fieles al celibato que le ofrecieron a Jesús como una prueba de su amor.


Ellos son la gran riqueza de la Iglesia de Jesús que, en el fondo, tantos envidian.


Es importante que frente a esa difamación surja entre nosotros una conciencia clara de lo que significa el tesoro que nos ha dejado el Buen Pastor, cuya fiesta celebramos hoy.


Benedicto XVI nos explica así que Jesús apacienta a su grey a través de los pastores de la Iglesia: “Es Jesús mismo quien la guía, la protege, la corrige porque la ama profundamente. Pero el Señor, pastor supremo de nuestras almas, ha querido que el colegio apostólico, hoy los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, y los sacerdotes, sus más preciosos colaboradores, participaran en esta misión suya”.


Es bello considerar que Jesús mismo es quien actúa en los sacerdotes. En efecto, mediante ellos nos devuelve la paz, en el confesonario, nos alimenta en la Eucaristía y nos enseña en las Escrituras.


“Los presbíteros son presencia sacramental de Cristo, sacerdote y Buen Pastor de nuestra vida…. Son de por sí un don de Dios a los hombres… ofrecen a Cristo en persona, que es el Camino, la Verdad y la Vida, Luz que ilumina nuestros pasos, Amor que no tiene límites y que ama hasta el final…”.


Estas son palabras del cardenal Cañizares que añade algo muy importante:


“Los sacerdotes no son solo algo conveniente para que la Iglesia funcione bien; más bien hay que reconocer que los sacerdotes son necesarios para que la Iglesia exista”.


A algunos les pueden parecer una exageración estas palabras pero será bueno recordar lo que se nos repitió en el Simposio Teológico del Congreso Eucarístico y Mariano de Lima: “el sacerdote realiza la Eucaristía; es decir, hace presente a Jesús entre nosotros. Por eso sin la Eucaristía no habría presencia de Jesús y por tanto no habría Iglesia”.


Les invito no sólo a agradecer el sacerdocio de la Iglesia sino a aprovecharse bien de los sacerdotes con lo cual Ustedes se enriquecen y nos ayudan a nosotros.


El cardenal Meisner dice a este propósito: “cuando fieles cristianos me preguntan: ¿cómo podemos ayudar a nuestros sacerdotes?, yo siempre respondo: Id a confesaros con ellos”.


Esto quiere decir que cuando le pedimos al sacerdote aquello que corresponde a su ministerio le ayudamos a ser más sacerdote.


Aunque se me acaba el espacio y siento la sensación de no haber dicho nada de lo que pensaba escribir, quiero terminar animando a mis hermanos sacerdotes con estas palabras del cardenal Cañizares: “no os echéis para atrás ante el duro trabajo del Evangelio. Nuestra vida sacerdotal vale la pena; somos necesarios. ¡Ánimo! ¡Adelante!


¡Amad vuestro sacerdocio! ¡Sed fieles hasta el final!


Sabed ver en él ese tesoro evangélico por el que vale la pena darlo todo”.


Después a los demás asistentes a su conferencia les dijo: “Y a todos los demás pido reconocimiento, ayuda, comprensión colaboración y oración por los sacerdotes”.



José Ignacio Alemany Grau, Obispo

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