domingo, 17 de junio de 2012


                          El Reino desde lo humilde y silencioso
                                      Publica: Oscar Montero, SDB. (oscarmontero_68@hotmail.com)


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on la llegada de Jesús a la tierra, comenzó un tiempo nuevo, un tiempo de salvación y de gracia; se inauguró también una nueva jerarquía de valores en la sociedad y una nueva lógica en el trato con Dios y con los demás. Dios será desde entonces, “Padre nuestro”; y los demás serán “hermanos”. Al poder, al abuso, a la violencia, a la riqueza… Jesús opondrá el servicio, la solidaridad, la paz, la generosidad y una vida sencilla y confiada en Dios. En una palabra con Jesús vino el Reino de Dios. Así nos lo hacía saber Marcos al inicio de su evangelio: “El tiempo se ha cumplido. El Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1, 15)

            Entonces, “¿con qué podremos comparar el reino de Dios?” Y dice el Señor: “El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola…” (Mc 4, 26-27) Amigos y amigas, analizando el panorama local y mundial es fácil que seamos escépticos ante este grandioso Reino de Dios, cuando en realidad pareciera el reinado del Maligno. Sin embargo, los discípulos y misioneros de Jesús sin dejar de pisar de tierra, no somos hombres que viven “sin esperanza y sin Dios” (Ef 2, 12). Todo lo contrario, porque tenemos fe en Dios, tenemos esperanza.

Éste es el gran mensaje de la comparación puesta por Jesús. El Reino de Dios y la Palabra de Jesús –que es la semilla, la verdadera y única semilla en la que confluyen nuestros valores, nuestros esfuerzos, nuestra rectitud y sacrificio por un mundo más humano- poseen una fuerza misteriosa y oculta pero tan fecunda que sin que nos percatemos va actuando en el mundo. A nuestros ojos, desde nuestra percepción, son más palpables –sin duda- las noticias de los medios de comunicación que nos inundan con casos de corrupción, de violencia, de crímenes pasionales, de desunión familiar y de crisis financiera en España, de matanzas horrendas en Siria, etc. Pero, esta realidad –aunque sea la más comentada y la más visible- no es la única. Dice un proverbio africano: “Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece”.

            El Reino de Dios nos impone una lógica distinta. La del trabajo humilde y silencioso. Ciertamente, Dios pone su gracia… pero también demanda de nosotros nuestro granito de arena, nuestra respuesta de fe, esperanza y caridad. Cristo, el sembrador, no puede esparcir su semilla (su Palabra) si no es a través de nosotros. ¡Nosotros contamos con Dios! ¡Dios cuenta con nosotros!

            Como en tiempos del profeta Ezequiel, vemos que los “altos cedros, los árboles altos y vigorosos” están cayendo por tierra. Con la Primavera Árabe hemos visto la caída de dictadores y regímenes poderosos; el capitalismo se desmorona junto con sólidas economías europeas… y es que, insiste Jesús, no es la lógica del poder y de la fuerza humana la que termina imponiéndose. ¿Acaso no vivió esto también la Iglesia cuando se hizo tan rica y poderosa en lo político y económico que terminó olvidando el Evangelio?

            Hoy, Dios nos llama a ser esa semilla diminuta, ese grano de mostaza pequeñito pero lleno de una fecundidad porque lleva en su interior el amor de Dios, la fuerza de la Pascua de Jesús y la novedad del Espíritu. “En la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso, para proclamar que el Señor es justo, que en mi Roca no existe la maldad” (Sal 91, 15-16).