sábado, 21 de abril de 2012


REFLEXIÓN BÍBLICA SEMANAL
Domingo III del Tiempo Pascual - Año B – 22 de abril de 2012
Publica: Oscar Montero, SDB. (oscarmontero_68@hotmail.com)


D
esde el Sábado de la Vigilia Pascual que volvimos a cantar el Gloria y el Aleluya, la palabra “paz” no ha dejado de hacerse presente en los labios de Cristo Resucitado. Dios es fiel a sus promesas, y el primero que creyó en la palabra pronunciada por el Dios de la vida fue su mismo Hijo, Jesucristo. Nosotros, seguidores de Él, no podemos sino recorrer el mismo camino y fiarnos de su palabra.

Creer en la resurrección de los muertos –como rezamos cada domingo después de la homilía del sacerdote- tiene como fundamento creer en la resurrección de Cristo. Este acontecimiento que celebraremos durante cincuenta días no es un hecho del pasado: Cristo, en verdad, no cesa de ofrecerse por nosotros, de interceder por nosotros ante el Padre. Inmolado, ya no vuelve a morir; sacrificado, vive para siempre. Pero, ¿cómo experimentar que Él está vivo?

El Resucitado hoy ha pronunciado una palabra que hace mucho tiempo el mundo ha perdido. “Paz a ustedes” (Lc 24, 36). Las excesivas medidas de seguridad con que el mundo moderno nos ha acostumbrado a vivir, antes que darnos la paz nos la quitan. Las cámaras de seguridad y las rejas que circundan nuestras casas, los detectores de objetos peligrosos en los aeropuertos y las alarmas no avisan ni captan la presencia de Cristo y de su paz. Todo lo contrario, sólo graban nuestros miedos e inseguridades. Sólo nos alertan de cuán angustiados y ansiosos vivimos.

Pero los que hemos resucitado con Cristo y llevamos ya una vida nueva, no podemos hacer depender la verdadera y única paz de cuestiones tan materiales. Jesús, nuestro Señor, antes de partir nos dejó este testamento: “Les dejo la paz, mi paz les doy. Una paz que el mundo no les puede dar. No se inquieten ni tengan miedo” (Jn 14, 27-28).

En uno de sus hechos más maravillosos narrados por los Evangelios, Jesús camina sobre el agua y manda calmar la tormenta. Ante el miedo y el susto de sus seguidores, dijo palabras idénticas a las que escucharon los discípulos el Primer Día de la Semana: “Soy yo. No tengan miedo”.  ¿Cuáles son los grandes miedos que hacen dudar de la presencia del Resucitado? El miedo que también experimentó Jesús en la agonía del Huerto y en la soledad de la cruz es lo más humano de la existencia. Pero como Él, como Pedro –que lo niega lleno de miedo- debemos hacer el camino para llegar a la confianza. Confianza que sólo se puede apoyar en Dios. Así rezamos en el Salmo 4: “Escúchame, cuando te invoco, Dios, defensor mío; tú que en el aprieto me diste anchura”. Tal vez alguien dirá: “lo que me quita la paz es mi pecados, mis muchos pecados”. San Juan nos dijo también hoy: “si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre, a Jesucristo, el Justo” (1Jn 2, 1).

Un dato curioso que han querido revelar los escritores sagrados es que en el cuerpo del Resucitado están presentes todavía las marcas de “manos y pies”. Y es que el Resucitado es el Crucificado. El Dios de la vida que resucitó a Jesús rompiendo las ataduras de la muerte, le hizo justicia al mismo que contemplamos “despreciado y rechazado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento” (Isaías, 53, 3). La vida nueva que ya hemos comenzado a vivir en Cristo sana nuestras heridas. Pero las marcas de manos y pies de Jesús nos quieren decir que el camino de la esperanza pasa siempre por el amor y el sacrificio. No olvidemos nuestras propias marcas, ellas son señales de la pasión y de los dolores de Cristo que todavía compartimos con Él; pero también son signos claros del combate del que salimos y saldremos victoriosos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario