domingo, 25 de marzo de 2012


REFLEXIÓN BÍBLICA DOMINICAL                         Oscar Montero Córdova   SDB
DOMINGO V DEL TIEMPO DE CUARESMA
«Este continente, está llamado a vivir la esperanza en Dios como una convicción profunda, convirtiéndola en un compromiso concreto de caminar juntos hacia un mundo mejor”».
 (Discurso del Papa a su llegada a México). Visita la página oficial.
 
Año B (25 de marzo de 2012)


                                                                                                             

Desde el inicio de estas reflexiones cuaresmales nos propusimos orar y escuchar más la Palabra de Dios con una única finalidad: recordar nuestro bautismo, el inicio de nuestra alianza de Dios. Hoy, el profeta Jeremías, se sitúa también en esta tónica: “Vienen días en que yo estableceré con el pueblo de Israel y con el pueblo de Judá una alianza nueva.” (Jr 31, 31).

Esos días ya llegaron, porque ya llegó Jesucristo: “Llegada la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer” (Gal 4, 4). Israel y Judá somos cada uno de los hijos e hijas de la Iglesia con nuestro propio nombre. La nueva alianza es la que estableció Cristo con el testamento de su sangre y que Dios estableció con nosotros en el bautismo: “¿Ignoran acaso que todos los que fuimos bautizados con Cristo, hemos sido vinculados a su muerte? En efecto, por el bautismo hemos sido sepultados con Cristo… para que así como Cristo fue resucitado por el Padre, así también llevemos una vida nueva” (Rom 6, 3-4). A pocos días del gran Domingo, de la Pascua del Señor: ¿cómo he renovado mi vocación bautismal? ¿He olvidado la alianza que el Señor hizo conmigo? ¿Cada domingo, en la Eucaristía, cómo voy recordando este pacto?

El evangelista Juan, nos propone un camino para todos los que deseamos reavivar nuestra vocación de pueblo de la alianza (Prefacio V de Cuaresma).

La petición de los religiosos griegos que subieron a Jerusalén debe ser nuestra primera convicción: “queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21). Las personas que se aman y que se quieren buscan encontrarse. ¡Quiero verte! Esta es la petición común entre los que se aman. Y nuestra relación con Jesús, nuestro único Señor, no puede ser sino de amor. Debe haber en cada uno la pasión y anhelo del salmista: “Oigo en mi corazón, busquen mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. (Sal 27[26], 8-9). Y buscar para ver significar buscar para conocer y creer. Si yo amo a una persona, la quiero conocer más y más, y deposito en ella una confianza infinita. ¡Le creo! Con Jesús, sucede otro tanto. Querer ver a Jesús es querer conocerle y creerle. Y nuestro bautismo comenzó con una confesión de fe: “Creo”.

“Les aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto., y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará” (Jn 12, 24.26)

Pero el conocimiento de Jesús no es algo teórico, no es algo que se queda en la mente. Dicen los obispos latinoamericanos: “La persona madura constantemente en el conocimiento, amor y seguimiento de Jesús maestro, profundiza en el misterio de su persona, de su ejemplo, de su doctrina” (Aparecida, 279c). Conocer a Jesús es hacer experiencia de Él: es servirlo, es seguirlo. “El que quiera servirme, que me siga” (Jn 12, 26). Pero este seguimiento tiene una lógica, la lógica del “grano de trigo que cae en la tierra, muere y da fruto abundante” (Jn 12, 24).

“Identificarse con Cristo es también compartir su destino. El cristiano corre la misma suerte del Señor, incluso hasta la cruz” (Aparecida, 140). El 24 de marzo se ha conmemorado 32 años del martirio de monseñor Oscar Romero. Él es un vivo ejemplo del desprendimiento de la vida del que habló Jesús: “quien sepa desprenderse de su vida, la conservará para la vida eterna” (Jn 12, 25). Él ha corrido la misma suerte del Maestro por defender los derechos de los pobres y de las víctimas de la violencia de su país. Fue asesinado por los escuadrones de la muerte mientras celebra la el sacrificio eucarístico de la nueva alianza. Y creemos que como Dios glorificó a Cristo, también glorifica a los que comparten la cruz de Cristo hasta la entrega de su vida. 

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