domingo, 4 de marzo de 2012



REFLEXIÓN BÍBLICA DOMINICAL                         Oscar Montero Córdova   SDB
DOMINGO II DEL TIEMPO DE CUARESMA
Año B (04 de marzo de 2012)
«La atención al otro conlleva desear el bien para él o para ella en todos los aspectos: físico, moral y espiritual». Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma)
Lee el mensaje completo haciendo clic aquí.
 
 

                                                                                                             

El prefacio V de Cuaresma, nos dice: “Padre rico en misericordia (….) Tú abres a la Iglesia el camino de un nuevo éxodo a través del desierto cuaresmal, para que, llegados a la montaña santa, con el corazón contrito y humillado, reavivemos nuestra vocación de pueblo de la alianza”. Quiero que centremos nuestra atención en la montaña. Marcos nos dice que “Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta” (Mc 9, 1).

¿Qué significa subir a la montaña? ¿Qué sentido puede tener este “ascenso” en mi vida cristiana? La experiencia de los dos personajes –Elías y Moisés- que aparecen conversando con Jesús (Cfr. Mc 9, 4) nos puede ayudar. Les propongo la experiencia de Moisés. Él ha recibido la siguiente instrucción de parte de Dios: “Sube al encuentro del Señor con Aarón, Nadab, Abiú y setenta ancianos de Israel. Y cuando todavía estén lejos se postrarán. (…) Moisés vino y comunicó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todas sus leyes [los Diez Mandamientos]. Y todo el pueblo respondió a una: Cumpliremos todo lo que ha dicho el Señor” (Ex 24, 1-3).

Como vemos, el ascenso a la montaña ha sido para Moisés una experiencia de encuentro con Dios con un fin bien determinado: la alianza. Todo el pueblo de Israel ha ratificado su pacto con Dios: “Cumpliremos y obedeceremos todo lo que ha dicho el Señor” (Ex 2, 7).

Esta alianza, este pacto se ha hecho nuevo y definitivo en Cristo, el nuevo Moisés. Los mandamientos y preceptos del monte Sinaí alcanzan su plenitud en el nuevo mandamiento del amor que Jesús ratificó con su sangre en el monte Calvario: “Les doy un mandamiento nuevo: Ámense los unos a los otros. Como yo los he amado, así también ámense los unos a los otros” (Jn 13, 34). Vivir esta nueva alianza, vivir el nuevo mandamiento del amor… es el compromiso que asumimos el día de nuestro bautismo, ratificamos el día de nuestra confirmación y renovaremos el Gran Sábado de la Vigilia Pascual.

Pero, hay algo importantísimo que no podemos olvidar. Es algo que está antes del compromiso. Así como Israel ratificó la alianza después de escuchar los mandamientos; así la Iglesia –yo soy la Iglesia tú eres la Iglesia, nosotros somos la Iglesia- primero debe entregarse intensamente a oír la Palabra de Dios para luego comprometerse con esa misma Palabra. Y la Palabra definitiva de Dios es su Hijo, Jesucristo: “Éste es mi Hijo amado, escúchenlo” (Mc 9, 7).

Amigos y amigas, vivamos esta lógica del “ascenso a la montaña”. Cada Eucaristía, cada confesión, cada rosario, cada oración íntima en la soledad de la habitación, cada visita a un templo, cada lectura y meditación de la Biblia es un nuevo ascenso a la montaña. Pero con un único fin: reavivar mi vocación bautismal, reafirmar la alianza que Dios ha sellado conmigo en el bautismo. ¿Tengo ascensos continuos a la montaña? Y si subo a la montaña al encuentro con Dios, ¿es para renovar mi vocación bautismal y mi voluntad de conversión, o es para reafirmar mi dejadez, mi indiferencia, mi pereza espiritual cristiana?

Finalmente, a la lógica del “ascenso” le corresponde una lógica del “descenso”: bajar de la montaña. Cuando Moisés bajó del monte se chocó otra vez con la fragilidad del pueblo: se fabricaron un becerro de oro y lo adoraron como a su Dios (Cfr. Ex 32). Cuando Jesús y los tres bajaron de la montaña, también se encontraron con su propia fragilidad… que terminará en los dolorosos e incomprensibles eventos del Viernes Santo: la cruz y la muerte. Bajemos también nosotros, que el combate cristiano es permanente; pero nos alienta el saber que “si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rom 8, 31). 

No hay comentarios:

Publicar un comentario