Novena de María Auxiliadora 2015

Novena de María Auxiliadora 2015
Del 16 al 24 de mayo, tradicional Novena en Honor a nuestra Madre Auxiliadora

Bienvenidos a Piura

domingo, 26 de febrero de 2012


REFLEXIÓN BÍBLICA DOMINICAL                         Oscar Montero Córdova   SDB


DOMINGO I DEL TIEMPO DE CUARESMA
Año B (26 de febrero de 2012)
“También hoy resuena con fuerza la voz del Señor que nos llama a cada uno de nosotros a hacernos cargo del otro. Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos «guardianes» de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9)”.
(Papa Benedicto XVI)
 
 

                                                                                                             

El color morado de este tiempo nos indica que estamos ya en el tiempo de Cuaresma. Pero, ¿cuál es el sentido de este tiempo litúrgico? Para conocer la finalidad principal de este tiempo fuerte es necesario acudir a la Historia de la Iglesia.

Los primeros cristianos no sabían lo que era Cuaresma. Pero sí sabían muy bien que cada año había que prepararse rigurosamente para la celebración de la fiesta más grande: la Resurrección de Jesús. Los que ya estaban bautizados, tenían que profundizar en los compromisos de su bautismo. Los bautizados que estaban en un pecado muy grave (adulterio, idolatría, homicidio; u otro del que era testigo la comunidad) hacían un camino de conversión hasta la Pascua. Y los catecúmenos hacían un largo proceso de catequesis, de oración, de caridad cristiana y de convivencia comunitaria para ser bautizados en la Gran Noche de la Vigilia Pascual. Con el tiempo, estos tres itinerarios se transformaron en lo que es nuestra Cuaresma. ¿Algo en común? Sí: el bautismo.

En la primera lectura, Dios le dice a Noé: “Yo hago un pacto con ustedes” (Gn 9, 8). Si no nos hemos enterado todavía, el bautismo es precisamente esto: la alianza o el pacto que Dios hace con nosotros. No importa la edad en que nos bautizaron –porque fuimos bautizados en la fe de la Iglesia: de nuestros padres y padrinos, del sacerdote y de todos los que compartían la misma fe que nosotros-. Sin embargo, en el sacramento de la Confirmación y en cada Pascua tuvimos y tenemos la oportunidad de renovar nuestros compromisos bautismales.

Estos compromisos, en otras palabras, son lo que nos dice san Pablo: “aquello –refiriéndose al arca de Noé y al diluvio- fue un símbolo del bautismo que actualmente los salva: que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en implorar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Jesucristo” (1 Pe 3, 21). Recuerdan la vestidura blanca del bautismo, ¿la he guardado intacta hasta ahora? ¿Me he preocupado de lavarla en el sacramento de la penitencia o confesión? ¿Cómo está la luz de la vela que recibí? ¿He dejado a apagar su llama? ¿He vuelto a encenderla con la oración y la caridad?

Sin embargo, como bien lo sabrán por experiencia, el bautismo y ningún sacramento nos eximen del combate espiritual. ¡Nos preparan para Él! Este combate fue lo que Jesús experimentó no sólo en el desierto de Judea, sino durante toda su vida.

Cuando fue bautizado por Juan en el río Jordán, la voz del Padre exclamó: “Tú eres mi Hijo Amado, en ti me complazco” (Mc 1, 11). Y toda la vida de Jesús no fue sino cumplir en todo la voluntad del Padre, ser fiel a su proyecto, complacerlo en todo; incluso en el momento de la cruz. ¡Pero esto no fue nada fácil! En el grupo de sus mismos amigos y seguidores encontrará la primera piedra de tropiezo: “¡Colócate detrás de mí, Satanás!, porque tú no piensas como Dios, sino como los hombres” (Mc 8, 33). Estas durísimas palabras son dirigidas a Pedro cuando el pescador de Galilea trató de apartarlo del proyecto de Dios, proyecto que él no comprendió en ese momento porque terminaba en la cruz. Esta tentación vuelve también sobre nosotros, una y otra vez. ¿Acaso no encontramos en la misma incoherencia, debilidad y pecado de la Iglesia –sobre todo de sus sacerdotes y religiosos- un motivo para apartarnos de la fe, del proyecto del Padre? ¿A veces la misma familia o el círculo de amigos no se vuelven un obstáculo para ser fiel a Dios?

Pero la tentación también puede venir de nuestros propios miedos e inseguridades. La angustiante oración de Jesús, postrado en tierra en el huerto de Los Olivos revela bien esto: “¡Abba, Padre! Todo te es posible. Aparta de mí este cáliz de amargura. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú” (Mc 14, 36). Sus agónicas palabras en el madero: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34) también confirman el temor de su alma de hombre.  

La vida cristiana es un combate, toda una prolongada cuaresma. Pero enfrentémoslo con confianza y humildad. “Todo lo puedo en Cristo que me da la fuerza” (Filipenses 4, 13).

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