viernes, 4 de noviembre de 2011

REFLEXIÓN BÍBLICA DOMINICAL XXXII

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO

REFLEXIÓN BÍBLICA DOMINICAL Oscar Montero Córdova SDB

Año A (06 de noviembre de 2011)

Sabiduría 6, 12-16; Sal 63(62); Mateo 25, 1-13

“También las lámparas que llevan en las manos son las buenas obras; pues escrito está en San Mateo: brillen vuestras obras delante de los hombres (Mt 5,16)” (San Agustín).


La parábola de las vírgenes prudentes y necias de entrada ya puede recordarnos algunos de los valores en los que flaqueamos en la vida ordinaria: la precaución y la puntualidad. Y a más de uno le puede arrancar una sonrisa nuestra capacidad para “improvisar” las cosas y nuestra poca puntualidad. Sin embargo, el mensaje de nuestro Señor va más allá, aunque acercándose más a la virtud de la prevención, algo de lo que adolecen nuestros pueblos latinoamericanos. ¡Basta ver la relación entre obras de prevención y desastres naturales!

“¡Que llega el novio, salgan a recibirlo!” (Mt 25, 6). Pero antes, salieron a esperarlo (Cfr. Mt 25, 1). Los seres humanos vivimos de esperanzas –grandes o pequeñas. Esperamos con ansias el fin de semana, esperamos con alegría la visita a los seres queridos. Los estudiantes esperan con anhelo la llegada del período vacacional. Los que compiten en un torneo esperan ganar el primer lugar, etc. Y sin embargo, vivimos sumidos en una crisis de esperanza. Esperamos mucho y, al mismo tiempo, muy poco o nada. Y es que a pesar de que vivimos en un estado permanente de esperanza, éstas no nos llenan, no nos satisfacen por completo. Es más, mundialmente cunde en varios sectores una desesperanza a gran escala. Es triste escucharlo, pero muchos –y muchos jóvenes- no esperan fidelidad ni perseverancia de los casados ni de los sacerdotes o consagrados. No esperan honestidad de las autoridades ni coherencia de los que se propugnan como maestros.

Pero, ¿puede ser el pesimismo la característica de los discípulos de Jesucristo? Yo entiendo que hay situaciones de frustración y de gran dolor que no podemos cambiar, sobre todo cuando no dependen de nosotros. Sin embargo, por encima de nuestras desilusiones -¡Amargas desilusiones!, decía Juan Pablo II- tenemos que subir la calidad de nuestra espera. ¿Quién espera a Dios? ¿Quién tiene puesta su esperanza en Jesucristo, salvador de la humanidad y del cosmos?

No podemos caer en las equivocaciones de los cristianos del primer siglo, que comenzaron a abandonar su trabajo y sus actividades cotidianas para esperar pasivamente la venida de Jesús. Pero sí podemos proveernos del aceite que incendiaba su corazón y les hacía clamar: ¡Ven, Señor Jesús! ¿No es ésta la aclamación que pronunciamos en la Misa después de la consagración? “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”.

Cuando sabemos que por encima de todas nuestras relaciones humanas (matrimonio, noviazgo, amistad, trabajo, estudio) está la relación con el único novio, Jesucristo, la alegría nos invade: “¿Es que pueden estar tristes los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?” (Mt 9, 15). Cuando hay aceite de amor y de pasión por Dios, cuando nuestro ser se estremece por el único Esposo de la Iglesia, Jesucristo (Cfr. Ap 22, 17) renace una nueva esperanza que nos hace madrugar para buscar a Dios: “Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo”. “Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío” (Sal 63[62]; Sab 6, 14).

Cuando hay suficiente aceite en nuestras lámparas (Cfr. Mt 25, 9) podemos dormir tranquilos: “Mis ojos se retiran, la voz deja su canto. Pero el amor enciende su lámpara velando” (Himno litúrgico para la oración de la noche). Cuando hay suficiente aceite en nuestras lámparas somos del grupo de los prudentes que edifican su casa sobre la roca y se mantiene en pie en medio de los ventarrones y de las sacudidas (Cfr. Mt 7, 24-26). Cuando hay suficiente aceite en nuestras lámparas brillamos con la luz de Cristo delante de los hombres – no obstante las cruces interiores- y todos pueden ver nuestras buenas obras (Cfr. Mt 5, 16).

No sabemos el día ni la hora, pero cuando hay suficiente aceite en nuestras lámparas… la sorpresa –incluso de la muerte- es alegría y confianza, no miedo ni pesar.

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