viernes, 22 de abril de 2011

VIERNES SANTO: EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

REFLEXIÓN BÍBLICA DOMINICAL Oscar Montero Córdova SDB

VIERNES SANTO: EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

Año A (22 de abril de 2011)

Tercera palabra:

«Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre».


25 Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. 26 Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». 27 Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa. (Juan (BPD) 19)

El papa Benedicto XVI, en el libro entrevista que le dirigiera el periodista Peter Seewald, dice lo siguiente: “En definitiva, son dos las figuras que han hecho creer a los hombres en América Latina: por un lado, la Madre, y, por el otro, el Dios que sufre, que sufre también en toda la violencia que ellos mismos han experimentado”.

Cuando nuestros antepasados –muiscas, taironas, aztecas, mayas e incas- tuvieron su primer encuentro violento con los conquistadores españoles; quedó marcada profundamente la religiosidad popular de América Latina. ¡No queremos un Dios de guerras, de espadas, de cañones, de abusos y de maldad! ¡Nosotros queremos un Dios que comprenda nuestros sufrimientos, que se parezca a nuestra gente! Y los primeros evangelizadores les mostraron a nuestro Señor Jesucristo en la cruz: un hombre desfigurado, un hombre de dolores, un abandonado y un explotado como ellos. Y dijeron: ¡Este Dios sí se parece a nosotros! ¡Él sufre como nosotros! Pero los misioneros les dijeron algo más: ¡El sufre con nosotros!

Este Dios, nuestro Señor Jesús, sabía también del amor de nuestra gente por la tierra: la Pacha Mama, le llaman cariñosamente las culturas andinas. Por eso, Él quiso darnos una nueva madre, una nueva señora, a quien le demos todo nuestro amor y nuestra ternura, todo nuestro cuidado y nuestra preocupación. Y los evangelizadores presentaron a nuestros antepasados la Madre de Jesús, la Virgen María. Y cuando vieron las pinturas del Dios crucificado y junto a él a una Señora apenada y llena de lágrimas, dijeron: ¡La Madre de Jesús, la Madre de Dios, y la Madre de nosotros, también sufre como nosotros; también sufre con nosotros!

¡Esta es la fe de la Iglesia! Hace más de 400 años, los latinoamericanos: colombianos, ecuatorianos, peruanos, mejicanos… nos hemos tomado al pie de la letra las palabras del evangelio de san Juan: “Y desde que aquella hora, el discípulo la recibió en su casa”. Según el papa Benedicto XVI, la traducción más literal (y también más hermosa) de este texto sería así: “Y desde esa hora la acogió entre sus propias cosas, la acogió en su más íntimo contexto de vida”.

Por amor y regalo de Dios, nuestra fe y nuestra Iglesia tienen un rostro de mujer, tienen un rostro de Madre. Llevemos a la Madre, llevemos a Santa María a nuestras cosas, a nuestra intimidad. María que estuvo en la intimidad del dolor y de la muerte de su Hijo; quiere estar también en la intimidad de nuestra familia:

¡Llevemos a María a nuestra familia!

¡Llevemos a María a nuestros hijos!

¡Llevemos a María a nuestros ancianos y enfermos!

¡Llevemos a María a nuestros niños y jóvenes!

¡Llevemos a María en la buseta, en el Transmilenio, en la volqueta!

¡Llevemos a María en la sencillez de nuestras cocinas, de nuestras ollas!

¡Llevemos a María en la fatiga de nuestros ladrillos, de nuestros libros y cuadernos, de nuestras oficinas!

¡Llevemos a María en la alegría de nuestro deporte, de nuestras fiestas y reuniones!

Nuestro pueblo quiere una Madre… pero la Madre también reclama unos hijos. Hagamos en nuestra mente, un momento, la imagen de María con su hijo muerto entre sus brazos. ¡Ya no clavemos más espadas en el corazón de la Madre! Ella es nuestro auxilio, pero también nosotros somos su consuelo: apartemos del corazón de la Madre las espadas de la violencia, de la incomprensión, del pesimismo, de la falta de diálogo, de los rencores, de la pereza, de la drogadicción y del alcoholismo, del abuso y de la infidelidad.

¡Madre, aquí estamos tus hijos!

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