domingo, 20 de febrero de 2011

DOMINGO 07 DEL TIEMPO ORDINARIO

REFLEXIÓN BIBLICA DOMINICAL Oscar Montero SDB

DOMINGO 07 DEL TIEMPO ORDINARIO

Año A 2010 – 2011

Lv 19, 1-2.17-18; 1Cor 3, 16-18; Mt 5, 38-48.

“La locura de amar como Jesús:

el secreto de la santidad cristiana”.

El cristianismo es de gente loca, como lo afirma San Pablo en la segunda lectura de hoy: “Si alguno de ustedes se cree sabio en este mundo, que se haga necio” (1Cor 3, 18). (La palabra griega morós se tradujo por necio, pero literalmente significa loco)”. Y es que el mensaje de Jesús no se entiende fuera de lo más ilógico del mundo: la muerte de Dios en la cruz. Si no, ¿cómo perdonar al padre que viola a su bebé? ¿Cómo pedirle a una familia que perdonen al guerrillero o al paramilitar que secuestró y asesinó brutalmente a su hijo? ¿Cómo decirle al indefenso que perdone a quien le robó sus pocas pertenencias en acto abusivo de injusticia? Para cumplir todo esto, ciertamente, se necesita estar muy enfermo; pero enfermo de una locura que se llama Cristo, Evangelio, cruz.

“Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo no hagan frente al que les hace mal…” (Mt 5, 38-39). La famosa Ley del Talión, que se practicaba en el Antiguo Testamento, no era una forma de venganza. Antes bien, era una manera de controlarla y de poner en práctica un sistema de justicia conmutativa (de individuo a individuo) y reparativa. Si me robaste 100, me tienes que devolver 100; si me afectaste en 20; me tienes que reparar en 20. Rompiendo los esquemas mentales y la lógica de su sociedad –y la de la nuestra, ¿por qué no?- Jesús nos invita a superar la justicia con la caridad. En moral social es común una frase tanto para la una como para la otra. “Justica es dar al otro lo suyo”. “Caridad es dar al otro de lo mío”. Jesús nos propone como ley el precepto del amor, obviamente, una vez que hayamos cumplido con dar a cada uno lo que en justicia se merece: sueldo, salud, alimentación, educación, respeto, etc.

No nos engañemos, en verdad “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?” (Juan 6, 60). Así le dijeron a Jesús en el Evangelio un grupo de discípulos que lo abandonó. En los colegios ni en las universidades, y menos en la calle, se aprende esto. ¡La intolerancia y la violencia, la reacción impulsiva parecen dominar nuestros patrones de conducta! Tal vez, el mejor ejemplo de amor gratuito que supera la justicia conmutativa y reparativa sea el amor puro y oblativo de nuestros papás. Son ellos quienes no esperan nada a cambio: los que nos prestan sin esperar devolución; los que nos perdonan las más peores faltas; los que no sólo hacen lo que les pedimos; sino hasta demás… y sólo lo hacen por amor.

“Por tanto, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto”. (Mt 5, 48). La santidad, nos lo recordó hoy la primera lectura, era ya voluntad de Dios desde antiguo: “Serán santos, porque yo, el Señor, su Dios, soy santo” (Lv 19, 2). Y es que la santidad y perfección exigidas por la Palabra de Dios están en contextos de actos de amor: “no odiarás de corazón a tu hermano… no te vengarás ni guardarás rencor (Lv 19, 17-18). Nuestro catolicismo tal vez nos insistió en que los milagros y las oraciones constituían la santidad. Jesús nos lo aclaró hoy: la perfección, la santidad tiene como esencia el amor. ¡Fuera de la locura del amor, de ese amor clavado en cruz, no hay otra santidad!

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